La historia de Hermigua evoca hoy un valle verde, pacífico y de tierras generosas. Sin embargo, tras el paisaje de terrazas y palmeras se esconde un pasado de supervivencia extrema. Durante el siglo XVIII, la combinación de un aislamiento geográfico severo, plagas devastadoras y la implacable presión fiscal del Condado de La Gomera convirtieron al municipio en el escenario de una de las crisis humanitarias y sociales más agudas de Canarias.
Para sus habitantes, la delgada línea entre la vida y la muerte se dividió entre dos alternativas desesperadas: alimentarse de las raíces del monte o levantarse en armas contra el régimen señorial.
El drama del desabastecimiento y el pan de la miseria
A pesar de su fertilidad, Hermigua padecía una debilidad estructural: su economía dependía del monocultivo del vino de malvasía y la seda, destinando sus mejores tierras a la exportación. Esto obligaba a la población a importar el trigo y la cebada de islas vecinas como Tenerife o Lanzarote. Cuando las sequías prolongadas y las plagas de langosta africana azotaban el archipiélago, las rutas comerciales se cortaban, sumiendo al valle en la hambruna de forma inmediata.
Con los graneros vacíos y los precios del grano por las nubes, los campesinos se vieron obligados a buscar refugio en las cumbres de lo que hoy es el Parque Nacional de Garajonay. Allí recolectaban el rizoma del helecho común (Pteridium aquilinum). El proceso para transformarlo en alimento era un monumento a la desesperación: las raíces se lavaban, se secaban al sol, se tostaban y se molían en piedras de mano para obtener una harina oscura y amarga conocida como el «pan de helecho».
Aunque este recurso evitaba la muerte inmediata por inanición, el helecho esconde una alta toxicidad gástrica. Los registros parroquiales de la época camuflaban las bajas bajo el nombre de «fiebres» o «flujos de vientre»; en realidad, eran muertes provocadas por un sistema inmunológico destruido por el hambre y los efectos secundarios de una dieta de emergencia.
1762: El estallido de la indignación
Mientras las familias se intoxicaban en los montes para subsistir, los administradores señoriales no daban tregua, exigiendo el cobro riguroso de los quintos y diezmos. La tensión social acumulada estalló definitivamente en el verano de 1762, en el marco de la Guerra de los Siete Años.
El Teniente Coronel de las Milicias, Pablo Fernández de la Reguera, ejecutor de las órdenes del Conde, impuso un estado de movilización permanente. Los campesinos de Hermigua fueron obligados a abandonar sus cultivos para realizar guardias y trabajos forzados en fortificaciones. En un año de pésima cosecha, impedir que los agricultores trabajaran la tierra equivalía a una sentencia de muerte por inanición para sus familias. Aquellos que protestaban sufrían el embargo de sus pocos bienes.
Hartos de elegir entre la muerte por hambre o la sumisión, el pueblo de Hermigua dijo basta. Armados con aperos de labranza, palos y viejas escopetas de caza, los campesinos del valle se organizaron junto a los vecinos de Agulo y Vallehermoso, marchando en masa hacia San Sebastián de La Gomera. La marea humana cercó la residencia del tiránico Reguera, forzando a las autoridades locales a ceder a sus demandas para evitar una masacre.
Aunque meses más tarde las tropas reales enviadas desde Tenerife sofocaron la revuelta y castigaron a los cabecillas, la Rebelión Gomera de 1762 dejó una lección inestimable en la memoria colectiva del valle: la dignidad de un pueblo que prefirió el fuego de la batalla antes que la lenta agonía del hambre.

