Hay capítulos de la geografía canaria que parecen haber sido sepultados por el paso del tiempo y el olvido institucional. Si hoy preguntamos a cualquier visitante —e incluso a muchos residentes— por los municipios de La Gomera, la respuesta será automática: seis. San Sebastián, Hermigua, Agulo, Vallehermoso, Valle Gran Rey y Alajeró. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, la isla colombina contó con una séptima frontera civil que hoy es apenas un susurro entre barrancos: el efímero municipio de Jerduñe.
Hoy en día, Jerduñe es un caserío semiabandonado que apenas dibuja unas cuantas paredes de piedra seca en el paisaje del sur gomero. Pero hubo un tiempo, concretamente entre 1837 y 1850, en que este enclave ostentó el rango de ayuntamiento independiente, plantándole cara a la centralización de la capital y gestionando los destinos de toda la comarca sur y sureste de la isla.
El nacimiento de una frontera
La historia de este «municipio fantasma» se remonta a los albores de la organización territorial moderna en España. Aunque ya desde finales del siglo XVIII la zona contaba con alcaldías pedáneas debido a su aislamiento, el verdadero hito administrativo llegó el 27 de abril de 1837. En esa fecha, al amparo de las reformas liberales que cruzaban el país, la Diputación Provincial ordenó restablecer el Ayuntamiento de Jerduñe.
No era un término municipal menor. Aunque no existan mapas oficiales que detallen su extensión exacta en kilómetros cuadrados, las crónicas de la época demuestran que Jerduñe controlaba una vasta franja de tierra que hoy se considerarían estratégicas. Su jurisdicción nacía en las cumbres, en el entorno de la Degollada de Peraza, descendía por el pago de Vegaipala y englobaba caseríos históricos de fuerte arraigo agrícola y ganadero como Mequesegüe o Tacalcuse, para morir finalmente en la costa, abarcando lo que hoy conocemos como la comarca de Playa Santiago.
Durante sus 13 años de vida independiente, Jerduñe fue el corazón de una comunidad de medianías y costa, habitada por pastores y agricultores de secano que defendían con orgullo su autonomía frente al poder señorial de San Sebastián.
El fin del sueño
La aventura municipal de Jerduñe fue tan intensa como breve. Las dificultades económicas crónicas, la escasez de recursos para mantener una estructura pública y la presión de un Estado que buscaba simplificar la administración territorial terminaron por asfixiar al joven ayuntamiento.
En 1850, el Gobierno dictó su sentencia de muerte administrativa: el municipio de Jerduñe fue oficialmente suprimido y anexionado en su totalidad a San Sebastián de La Gomera. Sus tierras, sus padrones y su historia pasaron a engrosar los archivos de la capital, difuminando unos límites territoriales que costó décadas volver a definir (especialmente cuando Alajeró comenzó a ganar peso en la comarca colindante).
Un paisaje que aún habla
Pasear hoy por las rutas que atraviesan el antiguo dominio de Jerduñe es hacer un viaje al pasado. Las eras abandonadas, los senderos empedrados y las ruinas de las antiguas viviendas de piedra rinden mudo homenaje a los gomeros que alguna vez formaron parte de aquel séptimo municipio.
Jerduñe ya no emite actas de pleno, ni cobra tributos, ni elige alcaldes. Sin embargo, su breve existencia de 13 años sigue siendo un recordatorio fascinante de cómo la geografía y la política de La Gomera estuvieron, en su momento, profundamente vivas, cambiantes y dispuestas a desafiar las distancias de una isla indomable.

