¿Fiesta de la Hispanidad?: III. Semantización del “Día de la Raza” en Abya Yala. El indígena como salvaje

Francisco Javier Gonzalez

Durante toda la etapa colonial española en América  el 12 de octubre se tomaba, simplemente, como recordatorio de la fecha del “Descubrimiento de América”, pero ¿quién descubrió a quién? ¿los españoles a los pueblos indígenas de Abya Yala o fueron estos los que descubrieron la existencia de los españoles? Esa semantización como “descubrimiento del Nuevo Mundo” del hecho de la llegada a América de las tres naos al mando de Colón  falseando la realidad, era suficiente para el grupo colonial dominante que se apropiaba de lo “descubierto” y de su supuesto derecho a su explotación arrebatándolo al indio “salvaje”. Ese concepto del Nuevo Mundo descubierto estaba hecho a su medida.

La invasión napoleónica y la subsiguiente ocupación del trono español por el “Pepe Botella” en 1808 fue el motor de la creación de las Junta Patrióticas para enfrentarse a la ocupación francesa  tanto en España como en sus colonias, salvo las caribeñas y Filipinas. (En Cuba la prohibió el II Marqués de Someruelos, Capitán General, y en Canarias tuvimos dos, la Suprema de  La Laguna y la del Cabildo Gran Canario)   El criollismo americano, en medio del descontrol que se suscitó en la metrópoli, en esas Juntas Soberanas  terminó por optar por la independencia de la que surgieron los nuevos Estados Nacionales americanos. Este proceso de creación de estados comienza a consolidarse tras la Batalla de Carabobo el día del solsticio de verano de 1821 cuando la carga de la caballería de la División mandada por el “blanco de orilla” –como llamaban en Venezuela a los canarios y su descendencia directa-  José Antonio Páez, lleva a la victoria a las tropas de Simón Bolívar sobre el general La Torre. Al tiempo, en el norte del imperio colonial español en Abya Yala, en México, la “Nueva Españá”, el Ejército de las Tres Garantías –así llamado porque “garantizaba” los tres principios de Religión, Unión e Independencia-  al mando de Agustín de Iturbide, que se autonominaría como “Emperador de México”, acaban, el 27 de septiembre de ese 1821, con la dominación española, mientras en el Sur del Continente  la Batalla de Junín primero, y el triunfo definitivo en Ayacucho luego, terminando el año 1824, expulsan al Ejército Español del resto de sus colonias continentales americanas.

Páez da fin a la guerra de la independencia grancolombiana al derrotar en Puerto Cabello al último Capitán General español de Venezuela, el grancanario del Carrizal de Agüimes Francisco Tomás Morales, que capitula, definitivamente, en Maracaibo en agosto de 1823.  También es Páez quien luego segrega Venezuela de la Gran Colombia bolivariana y el que se encarga, aprovechando sus dilatadas etapas de gobierno como Presidente de la República y su enorme influencia cuando no gobernaba, de asegurar una nueva oligarquía en Venezuela basada en los hacendados, los dueños de grandes ganaderías, los generales que se habían beneficiado del reparto de tierras en la nueva República y, cómo no, en la clase mantuana que siempre gobernó la colonia. Lo mismo va a suceder en todos los nuevos estados Nacionales en que sus oligarquías criollas seguirían el modelo de extracción de beneficios que ya ejecutaban en la etapa colonial anterior. Cambio de nombre, bandera, y nacionalidad pero el gobierno seguía en manos de los mismos personajes

Para los pueblos originarios, los indígenas americanos, nada cambió con el nuevo status. Desde el inicio de la conquista de Abya Yala  indígenas y españoles tenían una visión opuesta de los mismos sucesos. En ese sentido se puede hablar de dos mundos diferentes, pero no del Viejo y el Nuevo Mundo porque existían -sin coexistir- simultáneamente ambos “mundos”. No hay Viejo y Nuevo. Hay dos realidades diferentes que, forzosamente se enfrentan por esa misma diferencia donde, para cada realidad, la otra es la nueva y hostil porque mientras la una pretende conquistar, la otra pretende resistir.

Veamos algún ejemplo de esa alteridad que obliga a visiones opuestas de un mismo suceso. La matanza del Templo Mayor de Tóxcatl para el conquistador y cronista de las correrías de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, fue solo un pequeño episodio para evitar una supuesta conjura mexica contra el segundo de Cortés, el cruel asesino Pedro de Alvarado “El Malo”, apodado por los aztecas como “Tonatiuh” una de las nominaciones del Dios Sol. Alvarado, que ya había sido artífice de la “Matanza de Cholula” donde, con el apoyo de sus aliados tlaxcaltecas, en dos horas asesinaron a más de 6.000 mexicas, cayó sobre la nobleza azteca que celebraba en el Templo Mayor las festividades de los dioses Tezcatlipoca y Huitzilopochtli (otra de las acepciones para el Dios Sol), asesinando a todos los que allí se encontraban. Los reunidos habían solicitado y obtenido el permiso de Alvarado para celebrar sus ceremonias, por lo que estaban desarmados y vestidos para celebrar sus mejores fiestas. Para el cronista español fue solo eso, un lance de la conquista sin mayor importancia.

Para los aztecas, los relatos recogidos por el fraile franciscano Bernardo Rivera, natural de Sahagún, que se firmaba como Fray Bernardino de Sahagún –al que el filósofo e historiador Miguel Luis León Portilla, ex embajador de México en la UNESCO, consideró como el primer antropólogo de América-  en su “Historia general de las cosas de la Nueva España” escrita en lengua náhuatl y traducida por el mismo al español, así como los relatos indígenas recogidos en el “Códice Ramírez” y el “Códice Aubin”, entre otros, y reproducidos por Miguel León Portilla en su obra “Visión de los vencidos” nos describe como vieron ellos la acción de los españoles: “Al momento todos acuchillan, alancean a la gente y los dan tajos, con las espadas los hieren. A algunos les acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza; le rebanaron la cabeza, enteramente hecha trizas quedó su cabeza. Pero a otros les dieron tajos en los hombros: hechos grietas, desgarrados quedaron sus cuerpos. A aquellos hieren en los muslos, a estos en las pantorrillas, a los de más allá en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron por tierra. Y había algunos que aún en vano corrían: iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos”

Esa extrema fiereza con el indio -similar a la que se usó por los españoles al sofocar, aquí, en esta isla, la Rebelión de los Gomeros en noviembre de 1488- solo puede entenderse si se considera a esta como una bestia salvaje que puede y debe ser exterminada o domesticada. En el inicio de la colonización española se debatió ampliamente si los indios tenían alma, si eran seres racionales o no. Hubo que esperar casi 40 años para que el Papa Pablo III en su bula “Sublimis Deus” en 1537 considerara que los indígenas americanos estaban provistos de almas, reconociéndoles capacidad racional que les otorgaba el derecho –y la necesidad, por añadidura- de ser evangelizados. Se suscitaron muchos debates sobre los derechos y el status que había que conceder a los salvajes en virtud de considerarlos humanos, aunque de inferior categoría intelectual y moral, terminando por considerar al indio, jurídicamente, como menor de edad dando origen a instituciones como la Encomienda, asignando indios a un Encomendero que “los tutelara” y a otras similares, como las Mitas, los Obrajes y las Reducciones. La institución de la Encomienda y su carácter hereditario, a pesar de las Leyes Nuevas de Carlos I en 1542, se mantuvo, con la esclavitud -alegal pero real- de indígenas que conllevaba, hasta que queda abolida por Carlos III en 1791.

Lo que era un concepto jurídico del indígena se ve reflejado incluso en el idioma cotidiano español. Así en la entrada “Indio” del primer Diccionario de la Real Academia Española de 1726 se advierte que “Quando los Indios vendieren sus bienes raíces y muebles conforme a lo que se les permite, trahiganse a pregon en almoneda pública” y, al aclarar respecto a la expresión “Somos Indios”  dice que se aplica “Con alusión a los Indios  que se tiene por bárbaros, o fácil de persuadir”. El concepto jurídico de indio se transforma así en una forma más del racismo profundo y generalizado del “blanco europeo” sobre el indio, al que –como a los esclavos negros- se les tacha de ignorantes, crueles, salvajes, y hasta antropófagos además de, por añadidura, tontos y crédulos. Por supuesto que, como sucedió en Canarias, se prohibió a los indígenas la posesión de ningún tipo de arma. No hay nada más peligroso que un salvaje, y encima tonto, armado.

No se quedaron atrás en ese concepto las grandes mentes de la “culta” Europa. El prusiano Immanuel Kant, considerado como uno de los más influyentes pensadores de la filosofía universal, a finales del XVII expresó su concepto acerca del indio americano en su “Estudio del hombre o antropología filosófica a partir de conferencias manuscritas” editada en Lepzig en 1831: “los indígenas americanos no hacen suya cultura alguna…, carecen de afectos y pasiones…, no sienten amor y debido a ello no son fecundos…, casi no hablan…, no se preocupan de nada, son perezosos” (traducción de Miguel León Portilla) y, más rotundamente aún,  en su obra “Reflexiones sobre la Antropología” donde, al referirse a los pueblos originarios en América, afirma que “Toda una parte del mundo está mal poblada y es medio animal”

No fue solo Kant. El precursor del marxismo, Jorge Guillermo Federico Hegel, en su eurocéntrico estudio sobre la Historia Universal  dejaba a América, en su conjunto, al margen de la historia, tratándola como una secuela de los sucesos fundamentalmente europeos: América ha estado separada del campo en el que hasta hoy se ha desarrollado la historia universal… Lo que hasta ahora ha suce­dido en ella es solo eco del Viejo Mundo… Dejando así a un lado al Nuevo Mundo y a las fantasías que están ligadas con él, nos fija­mos en el Viejo Mundo, básicamente en Europa, es decir en el escenario verdadero de la historia universal”.

Esta concepción racista de la condición de indígena solo empezará a ser cuestionada de forma eficaz tras la Iª Conferencia de Pueblos Indígenas en Isla Quadra en 1974 y se va agudizando cada vez con mayor fuerza y entidad al acercarse el “V Centenario” que ya desde esa  fecha se empieza a cuestionar su significado.

La realidad de las nuevas naciones nacidas del proceso de independencia  era que una gran mayoría de las tierras de Abya Yala continuaban en manos indígenas. En el Norte, grandes extensiones del Canadá, de la nueva USA gringa y de México estaban en manos de los “salvajes”, como la mayoría de la Amazonía, las cumbres andinas, el Gran Chaco, la Pampa o la Patagonia. Eran tierras a conquistar por la fuerza con la eliminación de sus propietarios originales. Los mismos criollos que ejercían el poder con España, con Portugal o con Inglaterra, lo continuaban ejerciendo ahora. El expolio de los territorios indígenas y la opresión sobre sus pueblos continuó igual. Todas las enormes extensiones de Abya Yala que permanecían bajo el control de su población originaria eran terrenos necesarios para el desarrollo de las nuevas oligarquías que entraban ya en la etapa de explotación capitalista. Los nuevos gobernantes criollos emprendieron cruentas guerras de conquista y extermino que acabó con etnias enteras en una matanza, al menos tan grave y extendida, como la que practicaron previamente los conquistadores y los posteriores virreyes europeos. Al fin y al cabo eran solo “salvajes”, como expresó crudamente el gringo George Washington, que el 7 de septiembre de 1783 escribía a su amigo James Duane –otro de los “padres fundadores” de USA y primer alcalde de Nueva York tras la independencia- hablando de la expansión blanca a costa de la masacre de los indios que “provocará ciertamente que el salvaje, como el lobo se retiren, ya que ambos son bestias de rapiña aunque puedan diferenciarse en apariencia”.

Desarrollar esta realidad post-independencia y hasta la actualidad es el objetivo de otra publicación que está a medio hacer. Merita la pena.

Francisco Javier González

Gomera. Noroeste de África a 15 de noviembre de 2022

 

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