Quien haya cuidado alguna vez un árbol sabe que dejarlo crecer, no siempre significa cuidarlo bien. Durante sus primeros años necesita desarrollar raíces, formar su estructura, ganar altura y extender sus ramas. Crecer, entonces, es necesario. Pero llega un momento en que el crecimiento deja de ser un fin en sí mismo y debe empezar a ordenarse. Hay que decidir qué ramas conservar, cuáles acortar, por dónde debe entrar la luz y hacia dónde interesa dirigir la energía disponible. Para eso existe la poda.
Podar no significa despreciar al árbol, ni negar los frutos que ha dado. Al contrario. Se poda, precisamente, porque se quiere mantenerlo sano, vigoroso y productivo. Se eliminan ramas envejecidas, se contiene una altura innecesaria, se airea la copa y se favorece la aparición de nuevos brotes. El agricultor sabe que un árbol abandonado a su propio crecimiento puede terminar siendo enorme, frondoso y aparentemente vigoroso pero, sin embargo, producir menos y peor de lo que permitirían los recursos que consume.
En ocasiones, las instituciones públicas necesitan algo parecido.
Cuatro años permiten a un gobernante poner en marcha un proyecto. Ocho, ofrecen tiempo suficiente para desarrollarlo, corregir errores, consolidar aciertos y dejar encaminadas aquellas actuaciones que necesiten mayor recorrido. A partir de ahí, la alternancia debería poder contemplarse como algo natural y saludable, incluso cuando la gestión haya sido razonablemente buena. No porque quien llegue después tenga, necesariamente, que hacerlo mejor, ni porque permanecer más tiempo convierta, automáticamente, a nadie en mal gobernante. Simplemente, porque el poder, como el árbol, también cambia cuando crece durante demasiado tiempo sin renovación.
Al principio, los años proporcionan experiencia. Se conoce mejor la Administración, sus posibilidades y sus limitaciones; se aprende a gestionar presupuestos, a relacionarse con otras instituciones y a identificar los problemas del territorio. Esa experiencia constituye un activo indudable. Pero el paso del tiempo no acumula únicamente conocimiento. También acumula hábitos, relaciones, certezas y formas de interpretar la realidad. Lo que ayer provocaba inquietud, puede terminar pareciendo normal; aquello que inicialmente se consideraba insuficiente, puede acabar aceptándose como inevitable; y la estabilidad, que es valiosa, puede confundirse, poco a poco, con el progreso, siendo algo bastante diferente.
Algo parecido sucede cuando dejamos crecer demasiado un árbol. Aumentan su altura, su volumen y la espectacularidad de su copa, pero no necesariamente aumenta con ellos su productividad. Una parte creciente de la energía comienza a emplearse, simplemente, en mantener madera y ramas. La copa puede resultar imponente vista desde lejos, y proyectar una enorme sombra sobre cuanto la rodea, mientras buena parte de la producción que realmente interesa, continúa concentrándose en las zonas más accesibles, próximas al suelo. Llega un momento en el que tener más árbol, no significa necesariamente tener más fruto.
La frondosidad puede engañarnos. Una copa enorme transmite fortaleza, ocupa espacio y hace destacar al árbol sobre los demás. Pero también puede ocultar un exceso de crecimiento improductivo. Las ramas se multiplican, se cruzan y compiten entre ellas; algunas continúan buscando altura, aunque esa altura ya no produzca mejores frutos, y otras consumen recursos, simplemente, porque llevan muchos años formando parte de la estructura. Así, el árbol necesita cada vez más energía para sostener aquello en lo que se ha convertido.
Si pudiéramos atribuirle sentimientos humanos, quizá hablaríamos del ego del árbol. De su empeño por seguir creciendo porque todavía puede hacerlo, por ocupar cada vez más espacio y elevar su copa por encima de las demás. Incluso, podríamos imaginar cierta soberbia en esa frondosidad excesiva que termina confundiendo tamaño con fortaleza, altura con mérito y apariencia con productividad, olvidando que todo lo que ocurre arriba, sigue dependiendo de unas raíces que permanecen discretamente enterradas y de una tierra que apenas se ve.
También, alrededor de un político veterano puede ir creciendo una gran copa. Años de gobierno, sucesivas victorias electorales, responsabilidades en diferentes órganos e instituciones, notoriedad pública, relaciones políticas, administrativas y sociales, capacidad de influencia y un número creciente de personas que necesitan acceder a quien decide. Cada una de esas responsabilidades puede estar perfectamente justificada y muchas serán consecuencia natural de la experiencia acumulada. El riesgo aparece cuando la dimensión alcanzada por el poder empieza a confundirse con la dimensión del servicio prestado.
Acumular cargos no significa necesariamente acumular mejores resultados. Tener más influencia, tampoco garantiza comprender mejor los problemas, y la experiencia deja de ser una ventaja cuando ya no sirve para cuestionarse, sino para confirmar, permanentemente, las propias certezas. Después de muchos años contemplando la realidad desde la copa, puede resultar cada vez más difícil recordar cómo se veía desde abajo.
Y abajo sigue estando casi todo lo importante.
Allí está quien busca empleo, quien intenta mantener una pequeña empresa, quien cultiva una finca, quien paga una hipoteca o un alquiler, quien espera durante meses una licencia o quien necesita que una Administración funcione sin tener que conocer personalmente a nadie. Allí está, en definitiva, la vida cotidiana de los ciudadanos. Cuanto mayor sea la distancia entre la copa del poder y ese suelo, mayor será el riesgo de terminar administrando una realidad que se conoce perfectamente a través de expedientes, estadísticas e informes, pero que hace demasiado tiempo que no se experimenta personalmente, aunque se aparente lo contrario y se comunique diariamente.
Por eso, la productividad del árbol interesa que permanezca accesible, próxima a la tierra. Y por eso también, resulta saludable que quien ejerce el poder conserve los pies muy cerca de ella.
Pero el problema de una copa excesivamente desarrollada no reside únicamente en su altura. También está en su densidad. Cuando un árbol pasa demasiado tiempo sin podarse, las ramas se entrecruzan, unas hacen sombra a otras, disminuyen el aire y la luz en su interior y los nuevos brotes encuentran mayores dificultades para desarrollarse. El árbol continúa vivo, conserva una apariencia poderosa e incluso puede seguir produciendo, pero una parte creciente de sus recursos se dedica a sostener una estructura envejecida.
Décadas de poder pueden producir algo semejante. Alrededor del gobernante se consolidan relaciones con colaboradores, asociaciones, empresas, administraciones y ciudadanos. Muchas son imprescindibles para gobernar, y la confianza acumulada puede facilitar, extraordinariamente, la gestión. Pero la repetición prolongada de las mismas relaciones también puede generar inercias, compromisos y dependencias. Las mismas personas terminan hablando con las mismas personas; determinados problemas se observan desde perspectivas conocidas; las soluciones comienzan a parecerse a las anteriores y quienes aportan ideas diferentes pueden encontrar cada vez menos espacio para desarrollarlas, por las ramas altas que opacan y ensombrecen la luz que necesitan.
No es necesario imaginar una estrategia deliberada. Basta muchas veces con dejar actuar al tiempo. Cada mandato, añade una nueva rama y, cada año, otra capa de costumbre.
En ese entramado pueden aparecer además relaciones clientelares. Conviene distinguirlas de las políticas sociales legítimas: conceder una ayuda, prestar un servicio público o proteger a quien lo necesita no constituye clientelismo. El problema surge cuando, alrededor de esos recursos, se consolidan relaciones de dependencia, fidelidad o reciprocidad política. Entonces, algunos ciudadanos pueden acostumbrarse a identificar derechos y recursos públicos con quien, temporalmente, los administra; y el gobernante puede acostumbrarse a interpretar esa gratitud como confianza política.
Pero existe una consecuencia menos evidente. Las redes de dependencia no condicionan, únicamente, a quien se beneficia de ellas. También pueden terminar condicionando a quien las administra. Cada rama incorporada a la copa, necesita después ser sostenida. Aparecen expectativas que atender, equilibrios que conservar, compromisos adquiridos, personas a las que resulta difícil contrariar, y estructuras cuya continuidad empieza a formar parte de la propia estabilidad política. Aquello que durante años proporcionó fortaleza, puede terminar limitando la libertad de movimiento.
Las ramas que sostienen la copa también pesan sobre el tronco.
Y es ahí donde se encuentra una de las paradojas del poder demasiado prolongado. Una enorme estructura de relaciones puede contemplarse como demostración de éxito y, al mismo tiempo, convertirse en una estructura que necesita cada vez más energía, simplemente para mantenerse. El gobernante puede terminar dependiendo de la red que aparentemente depende de él.
Por eso, convendría juzgar un árbol no por el volumen de su copa, sino por los frutos que produce; y una gestión pública, no por la cantidad de poder acumulado, sino por la transformación, demostrablemente útil, conseguida con los recursos disponibles. Una institución puede manejar presupuestos crecientes, multiplicar programas, subvenciones, empleados y actuaciones y, sin embargo, estar aprovechando, sólo parcialmente, las posibilidades de la sociedad que administra.
La pregunta no debería ser, únicamente, si funciona. Debería ser, también, ¿cuánto podría estar produciendo?, y ¿cuántas ramas nuevas no llegaron a crecer porque las antiguas ocuparon, durante demasiado tiempo, el espacio y la luz disponible?.
Ese es el coste más difícil de medir de una alternancia permanentemente aplazada. Podemos contabilizar carreteras, inversiones, ayudas, presupuestos y proyectos realizados. Resulta mucho más difícil contabilizar aquello que nunca llegó a existir: otras prioridades, nuevos equipos, maneras diferentes de utilizar los mismos recursos, proyectos que nadie planteó o problemas que terminaron considerándose inevitables, porque llevaban demasiados años formando parte del paisaje.
El fruto que nunca nació, tampoco cae al suelo. Simplemente no existió.
Precisamente por eso, la poda debe hacerse a tiempo. Un árbol no deja necesariamente de producir porque un año no se pode, ni siquiera porque transcurran varios. Esa aparente ausencia de consecuencias inmediatas facilita seguir aplazando la decisión. Pero el tiempo no conserva intacta la situación. Una rama fina y flexible se convierte en gruesa; se entrecruza con otras, ocupa cada vez más espacio y el árbol adapta, progresivamente, su estructura a su existencia. Para corregirlo, en vez de una pequeña intervención, comienza a parecer necesaria una severa amputación.
La paradoja es evidente: retrasar una renovación pequeña, termina haciendo que la renovación futura pueda ser mucho más traumática.
Con la alternancia política sucede algo parecido. Después de cuatro u ocho años, sustituir a quien preside una institución parece completamente normal. Existen posibles sucesores, los equipos conocen otras formas de trabajar y la ciudadanía conserva referencias diferentes. Pero pasan doce años, dieciséis, veinte, treinta o cuarenta y empieza a aparecer una dependencia de la continuidad que antes no existía. La misma persona ha representado a la institución durante buena parte de la vida adulta de muchos ciudadanos, ha trabajado con sucesivas generaciones de colaboradores y se ha convertido en el rostro habitual de decisiones, inversiones, ayudas y proyectos. Lo excepcional termina convirtiéndose en paisaje y, cuando algo permanece demasiado tiempo en el paisaje, dejamos incluso de imaginar cómo sería sin ello.
Entonces, la alternancia ya no parece simplemente la sustitución natural de un gobernante. Empieza a sentirse como el cambio de un sistema entero. ¿Quién vendrá?. ¿Sabrá hacerlo?. ¿Continuarán los proyectos?. ¿Se mantendrán las ayudas?. ¿Perderemos influencia?. ¿Funcionará igual la institución?. El propio transcurso del tiempo ha creado una parte del miedo que después sirve para justificar la continuidad. Cuanto más se permanece pretendiendo proporcionar seguridad, mayor puede terminar siendo la inseguridad que produce la posibilidad de marcharse.
Y mientras la rama principal continúa creciendo, los brotes que algún día deberían sustituirla pueden permanecer debajo, con poca luz y escaso espacio. Después, precisamente su falta de desarrollo puede utilizarse como argumento para mantener la rama antigua: no hay nadie suficientemente preparado. Pero después de veinte, treinta o cuarenta años habría que formular la pregunta al revés. ¿Realmente nunca apareció nadie capaz o no se dejó suficiente espacio para que pudiera desarrollar su potencial?.
Preparar la propia sustitución debería formar parte de gobernar. Formar equipos, compartir responsabilidades, aceptar la discrepancia, permitir que otros adquieran experiencia y notoriedad y procurar que nadie resulte imprescindible, son también formas de fortalecer una institución. Quizá la mejor demostración de haber gobernado bien sea, precisamente, poder marcharse y comprobar que todo continúa funcionando.
Sin embargo, después de décadas, la dependencia puede alcanzar también al propio dirigente. Abandonar el cargo ya no significa simplemente cambiar de trabajo. Puede suponer perder simultáneamente retribución, influencia, reconocimiento, relaciones institucionales y una parte importante de la identidad construida durante toda una vida adulta. Cuando la política ha sido prácticamente la única ocupación durante muchos años, regresar a la profesión de origen tampoco resulta sencillo. Los conocimientos pueden necesitar actualización, la experiencia profesional efectiva será menor que la de quienes permanecieron ejerciendo y, difícilmente, podrán mantenerse el mismo nivel de ingresos, notoriedad e influencia.
Nada de ello permite afirmar que un político permanezca, necesariamente, por interés personal. Pero tampoco sería razonable ignorar los poderosos incentivos humanos que pueden empujarlo a continuar. Y puede producirse entonces una dependencia en las dos direcciones: algunos ciudadanos temen qué ocurrirá cuando él se marche, y el gobernante puede temer qué ocurrirá con su propia vida, cuando deje de ser necesario. El ciudadano piensa que lo necesita y el dirigente puede terminar convencido de que lo necesitan. Cada nueva victoria electoral parece confirmar a ambos.
Así, la permanencia acaba generando su propia justificación. Primero la rama era fácil de podar. Después pareció innecesario hacerlo. Más tarde empezó a dar miedo. Finalmente se hizo tan grande y quedó tan entrelazada con las demás que algunos terminaron confundiendo la rama con el propio árbol, aún no siendo lo mismo. Como tampoco lo son el gobernante y la institución.
El buen agricultor no espera a que una rama esté muerta para podarla. Muchas de las ramas que retira todavía están vivas y algunas incluso siguen produciendo. Las corta porque comprende que conservar, indefinidamente, todo lo que alguna vez fue útil, terminaría perjudicando al conjunto. Agradecer los frutos que una rama produjo, no obliga a conservarla eternamente.
La alternancia tampoco debería necesitar el fracaso para justificarse. Puede reconocerse una buena gestión y considerar, al mismo tiempo, que ha llegado el momento de el que otra persona asuma la responsabilidad. Ocho años parecen una referencia razonable: dos mandatos permiten plantear un proyecto, ejecutarlo, equivocarse, corregir, demostrar resultados y dejar un legado. Después, debería poder llegar otra persona, incluso perteneciendo al mismo espacio político si así lo deciden los ciudadanos, porque alternancia no significa necesariamente cambiar de ideología. Significa algo más elemental y quizá más importante: que el poder circule.
Esa circulación abre la copa. Permite que vuelva a entrar la luz, obliga a revisar inercias, favorece la aparición de nuevos equipos, reduce dependencias personales y recuerda a todos que los recursos públicos pertenecen a la comunidad y no a quien temporalmente los administra. También obliga a quien gobierna a mantener una parte de su vida fuera del poder y a saber que, algún día, tendrá que regresar a ella. Quizá esa certeza sea una de las mejores defensas frente a la soberbia de la copa: recordar, mientras se está arriba, que algún día habrá que volver al suelo.
Un árbol puede alcanzar una altura extraordinaria, extender una copa enorme y ser el que más destaque cuando se contempla desde lejos. Puede acumular madera, ramas y sombra. Pero el agricultor no vive de contemplar su tamaño. Vive de los frutos que produce a lo largo del tiempo. Y para seguir produciendo, necesita raíces sanas, luz, aire, renovación y una copa proporcionada a aquello que realmente puede sostener.
Con el poder, ocurre algo parecido. Un político puede acumular años, cargos, reconocimiento, relaciones e influencia. Todo ello aumenta su altura pública, pero no necesariamente su utilidad. La medida última de una gestión sigue encontrándose mucho más abajo, allí donde viven los ciudadanos y donde se comprueba si los recursos administrados han servido, realmente, para mejorar sus oportunidades y su vida, cuando las ramas altas dejen de dar cobijo.
Quizá el mayor riesgo de permanecer demasiado tiempo en la copa, sea terminar confundiendo altura con grandeza, frondosidad con resultados, fidelidad con confianza, experiencia con infalibilidad y permanencia con necesidad.
Por eso la poda no niega los frutos anteriores. Hace posibles los siguientes. Y por eso la alternancia, realizada a tiempo, no debería vivirse como ruptura, sino como renovación. Cuanto más se retrasa, más gruesas se vuelven las ramas, más se entrecruzan, más sombra proyectan y más miedo produce cortarlas.
El buen agricultor lo sabe y no espera. Poda mientras el árbol todavía está sano.
La verdadera grandeza de quien lleva muchos años gobernando, no consiste en demostrar que todavía puede permanecer otros más, sino en saber marcharse mientras la institución está fuerte, y contemplar cómo otros reciben la luz, porque acepta que también ellos tienen derecho a intentar producir nuevos frutos.
El poder democrático no se posee. Se ejerce durante un tiempo. Y, como ocurre con los árboles, también necesita una poda periódica que contenga el exceso de copa, permita respirar a las ramas nuevas y devuelva la energía hacia donde verdaderamente importa.
Aunque el árbol sabe desprenderse de algunas ramas, muchas veces lo hace cuando ya han dejado de recibir luz, han perdido vigor o han muerto; el buen agricultor no espera tanto: lo poda mientras el árbol está sano y vigoroso, buscando airearlo y sanearlo, para que viva mejor, siendo más productivo.
Paralelamente, en democracia, cuando el poder no se renueva por sí mismo, la tijera vuelve, periódicamente, a manos de los ciudadanos, que son quienes deciden si aún quieren conservar todas las ramas, o si ha llegado el momento de permitir que entre más aire y más luz al proyecto común.
@JulioMora60 #PRISMAS

