Es difícil hablar de lo evidente, de lo que todos tenemos ante los ojos, de lo que voluntariamente ignoramos o, irresponsablemente, aplazamos.
La Gomera es una de las llamadas islas verdes. Cuenta, en su interior, con una protegidísima esmeralda de laurisilva, que forma parte del Parque Nacional de Garajonay, distinguido como Patrimonio de la Humanidad, y orgullo de todos los gomeros.
Hermigua, por su parte, también cuenta con un verde perimetral, el agrícola, que está sufriendo un grave deterioro como consecuencia de su progresivo abandono, una desprotección práctica y por padecer una severa y farragosa regulación, sólo salpimentada por algunas subvenciones que actúan como interesados señuelos cortoplacistas, no estructurales, que mantienen el espejismo del agricultor.
LAS AMENAZAS que atenazan al agricultor son varias: la reducida o muy reducida superficie de las explotaciones agrarias, alejadas del tamaño mínimo eficiente para cada tipo de cultivo; el reducido interés de quienes heredan una fracción de las mismas; la dificultad de los accesos y las acusadas pendientes; la severa regulación administrativa; la carencia de mano de obra especializada y estable; unos canales de comercialización poco eficientes; unos riegos difícilmente predecibles (en caudal, tiempo y frecuencia de los turnos), a unos precios crecientes; la ausencia de relevo generacional; abonos y productos fitosanitarios a unos costes elevados; y la ausencia de asistencia y seguimiento técnico agrícola individualizado. Todo ello combinado, da como resultado una escasa o nula rentabilidad de las explotaciones.
En Hermigua, las parcelas agrarias tienen una reducidísima dimensión, que dificulta asumir la contratación de personal a jornada completa. Se recurre, entonces, a contratos de medianería, arrendamiento rústico, o a la contratación puntual, por horas y a un coste aún más elevado, de personal inexperto y poco productivo. Sin estabilidad y sin un atractivo especial para las personas que, puntualmente, ayudan en el desarrollo de las tareas, no es difícil entender que éstas prefieran otras opciones laborales, con un contrato más atractivo, estable y a jornada completa, en cualquier otro sector.
Echo de menos unas ADMINISTRACIONES PÚBLICAS con claridad de enfoque a medio y largo plazo, con voluntad de apoyar e intervenir enfrentando los problemas, y sin interés en subvencionar lo inviable, para aplazar la agonía, antes de empeñarse en analizar la situación y garantizar las condiciones que permitan poner en valor y preservar las características que se esperan de una isla verde. Entre ellas, el verde agrícola, como fuente generadora de economía y bienestar transversal; pero también, de paisaje y de la tranquilidad que tanto valora el sector turístico rural.
Sería importante contar con la intervención pública que impulse la constitución y el apoyo a unas Agrupaciones de Interés Económico (AIE´s), capaces de ayudar a corregir uno de los fallos de mercado que más afectan a las pequeñas explotaciones: el acceso a una mano de obra que facilite el mantenimiento de las explotaciones, y el desarrollo de trabajos especializados puntuales. Entre ellos, el desbroce y la limpieza de fincas, su poda y la trituración de ésta, la aplicación de tratamientos fitosanitarios.
Su justificación no sólo está en el retorno social, sino también en el valor inducido por su intervención, a partir de un gasto público menor, aunque sostenido en el tiempo, que, vía convenios, permitan generar contratos laborales estables, para especialistas formados.
Las Agrupaciones de Interés Económico no tienen ánimo de lucro, por lo que sus ingresos coincidirán con sus gastos, facturando sus servicios, proporcionalmente, a cada uno de los clientes y partícipes, por el tiempo que el o los empleados de la agrupación dediquen a cada explotación. De similar forma, se operará con las AIE´s de apoyo especializado.
Entre otras cosas, se persigue evitar el abandono de las explotaciones, la erosión de los terrenos y las sucesivas bajas en la Comunidad de Regantes, que encarecen el agua para los agricultores que decidan continuar con la actividad. Respecto de esto último, convendría instalar, como mínimo y cuanto antes, los contadores de agua en cada tomadero, que disipen cualquier duda o susceptibilidad. Medida que, a juicio de muchos, sólo debería preceder al establecimiento de un sistema de trabajo, basado en protocolos de actuación transparentes, que contemplen la forma de actuar ante cualquier posible contingencia o eventualidad, y un sistema de comunicación actualizada y permanente al servicio del comunero, para que conozca, en todo momento, dónde está el agua, cuál será la frecuencia de los riegos, cuál su caudal y cuál su duración, según las circunstancias que se hagan públicas, con carácter previo.
El sector agrario necesita ayuda, por varias razones. Entre otras, la superficie media de las explotaciones no alcanza la superficie mínima eficiente y, consecuentemente, los costes unitarios vinculados a la producción son muy superiores, haciéndolas no competitivas, frente a las explotaciones de mayor escala.
Comparto la justificadísima defensa diferencial de las islas verdes, echando de menos que no se ponga también en el centro, el verde agrícola, como parte del verde que hace a estas islas diferentes, singulares.
Es imposible no defender la subvención al transporte, la bonificación que reduce el precio del combustible, o intentar favorecer el IRPF de sus ciudadanos; pero, también lo es, favorecer que la agricultura no se siga abandonando, para mantener su contribución al circuito económico, y evitar que un activo intangible tan importante como el paisaje agrícola se siga deteriorando, al ignorar la avanzada edad media de los agricultores, las dificultades para su relevo generacional, y la amenazada viabilidad de las pequeñas explotaciones.
Aunque nos congratulamos de que las dos principales organizaciones no municipales, vinculadas al sector agrícola, sean una cooperativa dedicada a la comercialización de los productos agrarios; y una comunidad de regantes que tiene por finalidad distribuir el agua de riego entre sus comuneros; la gran pregunta, es: ¿Para qué necesitamos una empresa que comercialice productos agrarios y otra que suministre agua de riego, si la viabilidad y continuidad de nuestras explotaciones agrarias están amenazadas?.
¿Le interesa a Hermigua su actividad agrícola, su verde agrícola?. Para muchos, los terrenos son sólo recuerdos o juguetes, porque, respectivamente, sólo tienen un significado “sentimental” o constituyen un “entretenimiento”, siempre que nos les comprometa demasiado tiempo, les cueste demasiado dinero y/o les dé demasiados problemas. En opinión de quienes se lo toman más en serio, el campo está gestionado por unas cuantas personas que viven de él, y por, cada vez más, que necesitan ayuda, para mantener sus explotaciones, ya sea como propietarios, como medianeros o como arrendatarios.
Somos agricultores espartanos: austeros, disciplinados y resistentes; pero estamos llegando a un límite de sacrificio que supera lo asumible. Todo, ante unas administraciones públicas que miran, pero no ven; y oyen, pero no escuchan, mientras su regulación somete al pequeño agricultor a unas condiciones completamente desequilibradas e injustas que le asfixian.
Con la regulación de los usos del suelo rústico de protección agraria, se nos fuerza a preservar el paisaje agrícola que tantos valoran —turistas, residentes, instituciones— sin herramientas, sin agua suficiente, sin inversión real, sin reconocimiento estructural. Se nos exige mantener los bancales, las huertas y los cultivos como si la tierra pudiera sostenerse sola, como si bastara con la buena voluntad de quienes ya lo han dado todo.
Este paisaje no es un decorado, ni una postal: es un ecosistema que sólo se sostiene sobre el trabajo diario, las herramientas y la mecanización, el apoyo técnico, el riego adecuado y las políticas públicas valientes.
Durante décadas hemos sostenido este paisaje verde que tanto se valora. Lo hemos hecho por amor a nuestra tierra, por respeto a quienes nos precedieron y por responsabilidad con quienes vendrán.
¡Qué se enteren!, no pedimos privilegios, sólo dignidad. Y esa dignidad pasa por ser reconocidos, no como un sector marginal o nostálgico, sino como lo que realmente somos, un pilar esencial de la identidad, el paisaje y la economía local. Si no se actúa ya, Hermigua perderá mucho más que sus cultivos. Perderá una parte de sí misma.
Seremos testigos de cómo el verde agrícola de nuestro valle, dará paso a una mayor proporción de verde ornamental, a más jardinería, a más verde silvestre y, desgraciadamente, a una todavía mayor proporción de verde asilvestrado, fruto del abandono de las explotaciones.
Para concluir, cabe recordar que el verde agrícola precisa de la colaboración, del esfuerzo y del apoyo, recíproco y conjunto, de tres pilares: Primero, un proveedor distribuidor del agua de riego, que sea transparente, fiable y estable, con una comunicación que permita seguir la trazabilidad de cada gota de agua, y que permita comprender por qué ocurre cualquier excepción fuera de lo previsto en el sistema; segundo, una comercializadora eficiente de productos agrarios, cuya intermediación no penalice los precios con los que se liquida el trabajo del productor agrícola; y, en tercer lugar, una administración pública con enfoque y visión compartida que potencie de agricultura, como generadora de riqueza y como actividad de utilidad transversal para todos los sectores, y para la protección del medio ambiente.
No es momento para esconderse, ¡QUIÉN PUEDA AYUDAR, QUE AYUDE!.
Si fuera útil, ofrezco mi hombro.
@JulioMora60 #PRISMAS

