Antes de ejecutar cualquier obra visible en el litoral de Hermigua, debería conocerse todo aquello que condiciona de verdad la vida del frente costero: la dinámica marina, las corrientes, el oleaje, la batimetría, los fondos, las algas, los peces, los vertidos, los emisarios, la calidad de las aguas, la seguridad de los bañistas, la estabilidad de las arenas, el movimiento de los callaos y la capacidad real de mantener en buen estado lo que se construya.
Antes de definir una obra o anunciar una actuación, antes incluso de decidir qué uso se pretende dar a un tramo del litoral, habría que responder a una pregunta elemental: qué problema real se quiere resolver y qué consecuencias tendrá la solución propuesta sobre el mar, sobre la costa, sobre el paisaje y sobre las personas que la usen.
Durante demasiado tiempo, muchos espacios públicos han quedado atrapados entre dos errores opuestos: el abandono y la sobreactuación. Por un lado, la lógica de dejar que lo roto, lo sucio, lo peligroso o lo descuidado se conviertan en la imagen dominante del lugar. Por otro, la tentación de responder a ese abandono con obras visibles, costosas y aparentemente transformadoras, pero no siempre apoyadas en un conocimiento suficiente del medio en el que se insertan.
El litoral de Hermigua es un espacio frágil, singular, valioso y complejo, donde cada decisión mal calculada puede dejar una huella negativa y duradera.
Proteger el litoral no puede significar congelarlo, ni resignarse a su deterioro. Pero intervenir, tampoco puede significar construir primero y comprender después.
La verdadera protección exige gestión inteligente, conocimiento técnico, respeto al paisaje, sentido común y voluntad de un correcto mantenimiento a lo largo del tiempo. Un litoral protegido no es necesariamente un litoral intocable. Es un litoral bien entendido, bien cuidado, bien ordenado y bien mantenido.
En Hermigua, cualquier reflexión seria sobre la costa debería empezar por el mar, la salud ambiental del medio marino, la calidad de las aguas, la localización; el dimensionamiento y el funcionamiento de los vertidos y emisarios; la posible afección de las salmueras, si existen o se proyectan desaladoras; la biodiversidad, los fondos, las algas, las poblaciones de peces, la salud pública y la cadena alimentaria. Porque no se puede mejorar un litoral si, previamente, no se sabe en qué estado se encuentra el medio que lo sostiene.
Una playa no es solo una franja de arena o de callaos donde colocar accesos, duchas, soláriums o equipamientos. Es el resultado visible de procesos invisibles. El oleaje trae, retira, desplaza y transforma. Las corrientes distribuyen sedimentos, contaminantes y vida. Los fondos condicionan la energía del mar. Los emisarios mal situados o insuficientemente estudiados, pueden alterar la calidad del agua y afectar a ecosistemas enteros. Y la pérdida de arenas, la acumulación de callaos o la conversión de la orilla en un pedregal no son simples incomodidades estéticas: son síntomas de una dinámica que debe entenderse antes de intervenir.
Por eso, antes de proyectar nuevas actuaciones en el litoral de Hermigua, sería imprescindible disponer de estudios específicos por tramos: batimetría próxima a la costa, corrientes a distintas profundidades, régimen de oleaje, composición de fondos, biodiversidad marina, calidad de aguas, ubicación y comportamiento de vertidos, riesgos para bañistas, evolución de arenas y callaos, accesibilidad real y capacidad de mantenimiento. Porque, sin esa información, cualquier obra corre el riesgo de ser sólo una apuesta incierta.
No basta con que el mar permita el baño en ocasiones excepcionales, ni que el acceso al agua dependa de cruzar un pedregal inestable de callaos. La seguridad de los bañistas no puede ser una consideración secundaria, ni tratarse como un problema inevitable, como si la costa fuera así y nada pudiera estudiarse, corregirse o mejorar. Precisamente porque el litoral es difícil, bravo y cambiante, hay que abordarlo con más rigor.
Eso significa que deben estudiarse todas las opciones razonables: recuperación o retención de arenas, mejora de accesos, ordenación de zonas de baño, señalización de riesgos, adaptación de usos, medidas de protección frente al oleaje, e incluso soluciones técnicas proporcionadas, como arrecifes artificiales u otras defensas blandas o integradas, siempre que sean ambientalmente compatibles y paisajísticamente respetuosas. Lo irresponsable no es estudiar estas posibilidades. Lo irresponsable sería descartarlas o ejecutarlas, sin conocimiento suficiente.
El Pescante de Hermigua merece una atención especial. No sólo por su valor simbólico, histórico y paisajístico, sino porque representa uno de esos lugares donde el uso público, la memoria, la seguridad y el acceso se cruzan de forma evidente. Un enclave así no debería quedar condenado al abandono o a la improvisación. Cualquier solución de acceso debe ser segura, técnicamente solvente, integrada en el paisaje y pensada para durar. Y antes de convertirlo en reclamo, postal o promesa, habría que garantizar que se puede llegar, permanecer y salir con unas condiciones razonables de seguridad.
También conviene aprender de los errores materiales del pasado. En demasiadas costas, y Hermigua no es una excepción, se han levantado construcciones de gran impacto, de difícil integración o de utilidad discutible, que terminan deteriorando la fachada litoral en vez de mejorarla. El problema no es solo que una obra sea grande o pequeña. El problema es que no encaje, que no dialogue con el lugar, que no resuelva los problemas principales, que no se mantenga adecuadamente o que se convierta en una carga permanente. Cuando eso ocurre, la obra deja de ser parte de la solución y pasa a formar parte del problema.
Por eso debería establecerse una jerarquía clara de prioridades. Primero restaurar y sanear. Después proteger y estabilizar. Luego mejorar la accesibilidad y la seguridad. Y solo finalmente complementar, embellecer o ampliar usos recreativos. Invertir ese orden es una receta conocida: se empieza por lo visible, se inaugura lo accesorio, se deja pendiente lo estructural y, al cabo de unos años, el territorio vuelve a mostrar las mismas heridas, solo que con más hormigón alrededor.
El litoral de Hermigua no necesita una nueva sucesión de actuaciones aisladas, decididas por oportunidad presupuestaria o por impacto inmediato. Necesita una estrategia previa, seria y verificable. Una estrategia que parta del conocimiento técnico del medio marino, que corrija impactos heredados, que proteja la biodiversidad, que mejore la funcionalidad real de las playas, que atienda a la seguridad de las personas; que ordene el uso público con criterios de baja intensidad, integración paisajística y mantenimiento posible, y que sólo después incorpore usos recreativos, turísticos o complementarios.
La futura ley canaria de gestión del litoral y las costas puede ser una oportunidad importante si permite adaptar mejor las decisiones a la realidad concreta de cada isla y de cada tramo costero, pero la mejora real dependerá de lo que venga después: estudios técnicos accesibles, información pública comprensible, coordinación entre administraciones; participación ciudadana desde el diagnóstico y no sólo al final del proceso; programación por fases, evaluación de resultados y mantenimiento continuado.
La ciudadanía tampoco debería ser llamada únicamente cuando la decisión ya esté tomada. Participar no es aplaudir una obra anunciada ni elegir entre opciones cerradas. Participar es poder conocer los problemas, acceder a los datos, discutir prioridades, plantear alternativas y evaluar después si lo ejecutado ha resuelto realmente lo que prometía resolver. En el litoral, donde los impactos pueden ser duraderos y donde el paisaje pertenece emocionalmente a todos, la participación informada no es un adorno democrático. Es una condición de buena gestión.
Hermigua necesita un litoral ambientalmente sano, seguro, accesible, digno y disfrutable. Pero para alcanzar eso no basta con hacer obras. Hay que hacer las obras adecuadas, en el orden adecuado, con la información adecuada y con una idea clara de mantenimiento futuro. De lo contrario, se corre el riesgo de repetir el ciclo de siempre: abandono, anuncio, obra, deterioro, nuevo abandono.
La regla debería ser sencilla: primero entender, después sanear, luego proteger, más tarde hacer accesible y solo al final complementar. Primero el diagnóstico, después la intervención. Primero lo estructural, después lo ornamental. Primero el mar, después la costa y, finalmente, el uso público.
Porque antes de actuar y de poner una piedra en el litoral de Hermigua, hay que saber qué sostiene esa piedra, qué altera, qué protege, qué resuelve y qué compromete. Y si no se puede responder con claridad a esas preguntas, quizá todavía no ha llegado el momento de construir. Quizá ha llegado, simplemente, el momento de estudiar en serio, corregir lo urgente y empezar a cuidar el litoral como merece, como uno de los bienes más valiosos, más frágiles y más visibles de Hermigua.
Aplicado a Hermigua, esos fines deberían traducirse en los siguientes objetivos concretos:
1º.- garantizar que las decisiones sobre vertidos, emisarios, salmueras e infraestructuras marinas se apoyen en estudios específicos sobre batimetría, corrientes, oleaje, fondos, biodiversidad y riesgos;
2º.- priorizar la restauración ambiental del medio marino y la protección de la salud pública, como base de cualquier actuación ulterior;
3º.- favorecer la recuperación o retención de arenas, la mejora de la funcionalidad de las playas y la restauración de las condiciones ecológicas que permitan recuperar algas y biodiversidad asociada;
4º.- permitir el estudio de soluciones proporcionadas de protección frente al oleaje, arrecifes artificiales u otras medidas equivalentes, siempre con plena compatibilidad ambiental y paisajística;
5º.- mejorar la seguridad y accesibilidad de las zonas de baño y de enclaves singulares como el Pescante;
6º.- evitar la repetición de intervenciones de gran impacto e inadecuada integración sobre la fachada litoral;
7º.- ordenar los usos públicos del litoral con criterios de baja intensidad, integración paisajística y subordinación a la recuperación y conservación del entorno;
8º.- establecer un orden racional de intervención: primero restaurar y sanear, después proteger y estabilizar, y sólo, finalmente, complementar y disfrutar.
La experiencia demuestra que cuando se empieza por la obra y no por el diagnóstico, el resultado suele ser caro, frágil y difícil de mantener. En cambio, cuando se empieza por estudiar, sanear, proteger y ordenar, la intervención pública puede convertirse en una verdadera mejora del territorio.
Hermigua no necesita más litoral abandonado, ni más litoral sobreactuado. Necesita un litoral entendido, cuidado, seguro, accesible, ambientalmente sano y paisajísticamente digno.
Y, sobre todo, necesita que cualquier actuación futura responda a una pregunta previa y sencilla: ¿qué problema real estamos resolviendo y qué consecuencias tendrá sobre el mar, sobre la costa y sobre las personas que la usan?
@JulioMora60
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