Cuando el político, entre otras cosas, ofrece viajes, libros de texto, entierros, subvenciones a los profesionales de distintos gremios, becas, ayudas al transporte, ayudas a las asociaciones, ayudas a los clubes deportivos, ayudas al sector comercial, planes de empleo, subvenciones a las instalaciones de paneles solares, al uso del vehículo eléctrico, o a diverso equipamiento en bienes de equipo, no sólo está ejecutando políticas públicas, las suyas, está construyendo una narrativa de dependencia y legitimación propia, mediante la transferencia de unos recursos que le permiten presentarse como benefactor directo de la ciudadanía.
En lugar de fortalecer las estructuras que permiten a individuos y colectivos desarrollarse por sí mismos, este modelo se fundamenta en la lógica del benefactor necesario: el político se presenta como origen y solución de todos los recursos. De esta forma, cada ayuda se convierte en un recordatorio implícito de que, sin su gestión, sus votantes estarían más desprotegidos, menos asistidos o, incluso, menos reconocidos.
Esta política del autoimpulso no busca únicamente satisfacer necesidades reales, busca generar un circuito de retroalimentación electoral, donde la ciudadanía, acostumbrada a recibir, encuentra difícil evaluar si existe una alternativa más sostenible o más justa. El político, entonces, se refuerza a sí mismo: crea un problema, lo administra, lo subvenciona y después lo capitaliza en forma de apoyo político.
Todas esas medidas tienen un rasgo común fundamental: son políticas de transferencia de recursos hacia individuos, colectivos o sectores específicos y, por tanto, susceptibles de entenderse como mecanismos de legitimación política.
Son ayudas que vinculan, emocional y materialmente, a los beneficiarios con quien las otorga. Con ellas, el político aparece como proveedor directo de beneficios, aunque en realidad procedan de fondos públicos. Le permiten al gobernante mostrarse activo, cercano y resolutivo, independientemente del impacto estructural real que tengan, alimentando la idea de ser indispensable para que esas ayudas existan. Benefician en el corto plazo, aunque no siempre corrijan las causas profundas de los problemas. Pueden ser empleadas para contentar sectores clave, gremios, asociaciones, clubes deportivos o colectivos influyentes, creando redes de apoyo político.
En resumen, son políticas de reparto que, pudiendo ser útiles para el ciudadano, también son funcionales para el político, como mecanismo de autoimpulso y consolidación de su poder.
Detrás de la aparente diversidad —cultural, educativa, social, comercial, energética o deportiva— todas estas ayudas indiscriminadas responden a una misma lógica: no exigen ningún esfuerzo o resultado que incomode. Es una estrategia que combina efectos inmediatos para la población, mientras el político aparece como aquel sin el cual esos beneficios no existirían. Produce gratitud. Y la gratitud, en política, rara vez es inocente.
Esta dependencia es especialmente poderosa porque no se percibe como tal: se presenta como derecho, como apoyo, como atención social. Y puede serlo. Pero también puede entenderse, simultáneamente, como una herramienta de estabilidad electoral que permite al gobernante demostrar acción, sin necesidad de afrontar reformas más profundas, largas y costosas.
TRANSFORMAR y PROMOVER CAMBIOS requiere tiempo, consenso y riesgo político. En cambio, CONCEDER AYUDAS DIRECTAS es rápido, visible y agradecido. Pero, además, se alivian los síntomas, sin corregir las causas.
Cada ayuda va dirigida a un colectivo específico, lo que permite tejer redes de apoyo dispersas, pero intensas: asociaciones, gremios, clubes, autónomos, estudiantes, familias, pequeños comerciantes, consumidores, viajeros,… en las que cada uno siente que “se le ha tenido en cuenta” y, cada uno, puede convertirse en un defensor del político que las canaliza.
En este marco, la política de ayudas no soluciona el problema, sino evidencia que el problema persiste, mientras el político que lo administra puede, paradójicamente, capitalizar tanto la existencia del mismo, como la respuesta inmediata que ofrece. Conclusión: la autoperpetuación del sistema.
La política del autoimpulso no se basa en la transformación, sino en la gestión constante de la necesidad, una necesidad que el propio sistema reproduce. Con ello, el político impulsa su propio poder, al tiempo que los ciudadanos, agradecidos o resignados, permanecen dentro del mismo marco que justifica nuevas ayudas, nuevos planes y nuevas subvenciones.
Una característica crucial —y a menudo silenciada— de estas políticas, es el reducido período de tiempo que transcurre entre la decisión política y la satisfacción del ciudadano beneficiado. Para el político, este corto plazo es oro puro: rentabilidad electoral con riesgo prácticamente nulo. De esta forma, por la expectativa que estas políticas generan, año tras año. la ayuda se convierte en costumbre.
A diferencia de las grandes reformas o actuaciones de calado, cuyos resultados pueden tardar años en apreciarse, estas ayudas producen efectos tangibles en semanas o meses, y siempre dentro del mismo ejercicio político o presupuesto anual.
Cuando un ciudadano recibe repetidamente una ayuda deja de verla como una medida excepcional y pasa a considerarlo un derecho implícito, un hábito institucionalizado. Mientras, el político, consciente de ello, convierte estas ayudas en rituales cíclicos: cada año se anuncian; cada año se renuevan; cada año se “mejoran”; y cada año se capitalizan políticamente.
Esto genera una forma de dependencia distinta, no basada en la necesidad puntual, sino en la expectativa de continuidad que el ciudadano se acostumbra a recibir y, por lo tanto, teme perder. El político lo sabe y juega con ello: prometer la continuidad, es asegurar el rédito electoral del corto plazo.
Lo que sostiene las ayudas es un ciclo, en virtud del cual: 1) el político detecta una necesidad; 2) otorga una ayuda; 3) obtiene satisfacción ciudadana inmediata; 4) genera expectativa de repetición; 5) capitaliza electoralmente la dependencia creada; 6) y repite el proceso cada año, sin alterar la raíz del problema.
Cuando la relación entre político y ciudadano se estructura en base a ayudas frecuentes, inmediatas y renovadas, el riesgo es claro: la ciudadanía, agradecida, deja de evaluar la capacidad transformadora del político y evalúa únicamente su capacidad distributiva y, paradójicamente, cuanto más necesite el ciudadano esas ayudas, más poderoso se vuelve el político que las entrega.
Conclusión: La política del auto impulso se basa en tres pilares:
- la inmediatez, que convierte cada ayuda en un gesto con recompensa política casi instantánea;
- la recurrencia, que transforma lo excepcional en costumbre y refuerza la dependencia;
- la personalización del beneficio, que hace que el ciudadano identifique al político como el origen directo de su bienestar inmediato.
Mientras el ciclo se repite, los problemas profundos siguen intactos, esperando que el político que está o el siguiente, prefiera transformar antes que satisfacer, y construir antes que repartir.
Mientras se multiplican las ayudas directas o se invierte en obras, se posponen las decisiones difíciles: aquellas que implican favorecer economías de escala, modernizar sectores productivos, atraer inversión de calidad, corregir fallos estructurales del mercado, o impulsar la innovación y la productividad. Todas ellas, son cuestiones menos atractivas, políticamente hablando, porque no producen beneficios inmediatos, no tienen un “momento foto”, y muchas veces sus resultados sólo se perciben años después, cuando el gobernante que las inició ya no ocupa el cargo. Pero, aunque complejas, son las que de verdad permiten a una sociedad evolucionar, son las que crean las condiciones para “poder pescar”, en lugar de “esperar y recibir peces”.
La política del autoimpulso prefiere lo rápido, lo visible, lo celebrable. Prefiere la medida que se anuncia con entusiasmo y se registra en redes sociales, las “políticas de sonajero”.
Las políticas trascendentes, en cambio, son silenciosas. Requieren planificación técnica, diálogo social, conocimiento profundo del tejido productivo y un liderazgo que no tema sacrificar popularidad temporal, porque no generan aplausos inmediatos, ni dan votos rápidos. Pero son las que crean las condiciones que determinan la prosperidad de una sociedad a largo plazo.
Por eso, una sociedad que aspira a desarrollarse plenamente necesita gobernantes dispuestos a orientar, no sólo a repartir; a construir estructuras, no sólo a satisfacer carencias, más o menos justificadas; a diseñar caminos, no sólo a entregar recursos. Gobernantes capaces de hacer política sin sonajero, sin necesidad de que cada medida sea una ceremonia pública, sin convertir la gestión en espectáculo.
Lo trascendente —lo que permite crecer, innovar, competir, exportar, generar valor añadido— es casi siempre callado. Pero es lo único que realmente perdura.
Todas las políticas agradecidas, visibles y centradas en el corto plazo, rara vez se ven acompañadas de medidas que fortalezcan el tejido productivo o mejoren su competitividad. Posponen las decisiones difíciles: aquellas que implican favorecer economías de escala, modernizar sectores productivos, atraer inversión de calidad, corregir fallos estructurales del mercado o impulsar la productividad.
El verdadero desafío político del siglo XXI no consiste en perfeccionar el reparto, sino en reconstruir la cultura de la responsabilidad compartida: que el ciudadano reciba, sí, pero que también crezca; que lo público proteja, pero que también potencie; que el gobernante acompañe, pero que no domestique.
La prosperidad nunca ha surgido de ayudas periódicas, sino de la creación de condiciones que permiten a individuos, empresas e instituciones desplegar su talento, innovar, competir y producir valor. Las grandes transformaciones históricas no nacieron del ruido del “sonajero”, sino del trabajo discreto de quienes supieron mirar más allá del calendario electoral.
Por eso, la verdadera ambición política no está en multiplicar ayudas, sino en reducir su dependencia. No está en anunciar cada año lo que se regala, sino en construir una realidad en la que no haga falta anunciarlo. Está en invertir en estructuras que tardan en dar frutos, pero que, cuando los dan, alimentan generaciones enteras. Está en entender que cada euro destinado a sostener la carencia, es un euro que no se destina a eliminarla.
El político verdaderamente transformador no es el que “regala peces” con generosidad calculada, sino el que “enseña a pescar” donde hay peces, y desaparece del foco para dejar que la vida fluya sin él. Si quiere ser grande, tiene que elegir en qué lado de la historia quiere situarse.
Las ayudas inmediatas suelen asignarse según criterios políticos más que económicos, destinándose a actividades visibles o agradecidas, y no necesariamente a aquellas que maximizan productividad o competitividad.
Una sociedad que aspire a emanciparse del político complaciente, necesita aprender a valorar políticas silenciosas, estructurales y estratégicas, incluso si no generan gratificación inmediata. Las políticas de estímulo recurrentes dificultan esta transición al reforzar expectativas de consumo político constante.
A largo plazo, la combinación de dependencia, distorsión de prioridades y desincentivo a la planificación genera una economía menos resiliente, menos innovadora y menos competitiva.
Una sociedad que aspire a emanciparse del político complaciente debe, por tanto, aprender a resistir la tentación del corto plazo, valorar la política estructural y desarrollar instituciones y hábitos que prioricen resultados sostenibles sobre la gratificación inmediata.
El riesgo es claro: una sociedad que se acostumbra a vivir de gestos inmediatos pierde la capacidad de planificar, de innovar y de emprender sin la guía constante del político. Cuando los resultados electorales y la influencia de los votos ya no dependan de ayudas visibles y periódicas, esa sociedad puede encontrarse sin preparación para sostener proyectos estratégicos, ni generar valor duradero. Quizás haya olvidado que los proyectos profundos requieren paciencia y disciplina, y que sólo estructuras sólidas garantizan libertad y competitividad sostenibles.
Desde hace algunos años, La Gomera, afortunadamente, recibe un caudal de recursos gracias a su peso en el Parlamento de Canarias. Pero, ¿qué pasaría si ese peso o esa influencia disminuyese?
La isla podría enfrentarse a una reducción de recursos directos, tener que competir en igualdad de condiciones con islas más grandes y ver ralentizados proyectos vitales. Sectores como transporte, turismo sostenible, pymes locales o energías renovables podrían quedar vulnerables. La dependencia de recursos externos se convertiría en un problema, y la población, acostumbrada a ayudas recurrentes, podría sentirse frustrada.
Es aquí donde entra la necesidad de generosidad con el esfuerzo presente. Se trata de educar a la ciudadanía, explicar que algunas decisiones no tienen gratificación inmediata, pero sí garantizan oportunidades y bienestar futuro. Pedir a todos los que puedan, que “arrimen el hombro”. Debemos preparar la isla para un mañana que enfrente un cambio de ciclo económico o, desgraciadamente, una nueva legislatura en la que su influencia parlamentaria pudiese no ser determinante, para garantizar el elevado flujo de recursos que, aún hoy, recibe la isla. Es un acto de responsabilidad colectiva: cambiar la cultura del “gesto visible” por la de la construcción estructural y sostenida.
El liderazgo verdadero no se mide por el autobombo que generan los gestos inmediatos, sino por la visión y la decisión que se demuestra durante los años de bonanza. La Gomera tiene ahora la capacidad de invertir en libertad y futuro, de enseñar a su gente a “pescar” en lugar de depender de los “peces” que lleguen cada año. Preparar la isla hoy es garantizar que, cuando cambien las reglas del juego político, su desarrollo no se detenga.
En definitiva, la pregunta que enfrenta La Gomera no es sólo política: es estratégica y social. ¿Será capaz la isla de transformar el privilegio de recursos actuales en estructuras sólidas, autonomía económica y cultura de esfuerzo? O, por el contrario, ¿seguirá dependiendo de gestos puntuales que, aunque gratifiquen a sus ciudadanos a corto plazo, no aseguren su futuro?. La respuesta definirá la Gomera de las próximas décadas.
@JulioMora60
#PRISMAS

