El mar siempre me ha causado un gran respeto. Es un temor reverencial y atávico a cruzar el océano en un barco. La idea de verme sometido a una fuerza mayor e incontrolada me pone los pelos de punta. Llevo días con esa sensación, la de ser bamboleado y con la certeza de que el siguiente golpe de mar me mande a pique. Esta situación del COVID-19, me tiene fuera de lugar. Intento, leer y escuchar para saber más de este ciclón que lleva más de treinta y picos días azotando nuestras vidas. Y cada día que pasa, me acuesto con la sensación de que la próxima ola será la definitiva. Y es que estamos con la embarcación a la deriva, con la tripulación prestada y la oficialidad discutiendo por quien tiene razón; de si navegamos o vamos al garete.
Está claro que esta crisis es y será diferente a la 2008. En esta se prima salvar vidas y no bancos. Pero nuestra situación es frágil. Durante los años que comprendieron la quincena que va desde 1995 al 2010 la economía española parecía crecer; pero, en realidad, sólo destruía valor. El valor de empresas que eran rentables y que decidieron vender a trozos a los amigotes de los políticos. En el 2006, dos años antes de chocar contra el iceberg, ya organismos internacionales avisaban: España está en peligro. Estaba viviendo una fiesta a crédito y sus deuda crecía más que su valor real.
La España del ‘va bien», pensó que era rica. Pero esa riqueza era una burbuja insostenible sin valor; porque España estuvo detenida tecnológicamente durante quince años. No fabricaba nada que fuera realmente competitivo y, por eso, apenas exportaba. Nuestros competidores se pusieron las pilas y nosotros solo podíamos agitar la mano al verlos pasar por nuestro lado. Sin una gran inversión en la industria, con un sector primario olvidado, España sólo crecía en el sector del servicio. Estaba condenada de antemano.
Pero después de lo peor de la crisis, desde el 2011 España se las ingenió para innovar, buscar mercados, exportar como nunca. Y ahora estaba recuperando empleo y, en algunos sectores, con un empleo estable y con grandes perspectivas.
Aunque lo que más me asusta es que a veces una economía que parece floreciente está , en realidad, destruyendo su capacidad productiva. Endeudando su línea productiva, cargando a un país de impuestos fatuos y acumulando déficit y deuda pública por una mala gestión partidista. Relucir antes antes que revalorizar.
Y es en esta contradicción, donde me veo a merced de poderes ajenos, que nos mecen en medio de la tormenta, sin que podamos hacer nada. Porque no sé, si seremos competitivos cuando se de la señal de salida u otra vez tendremos que esperar a que otros se recuperen para empezar a trabajar nosotros.
Está claro que esta crisis no es como la otra. Nos pilla sabiendo que debemos hacer pero nos coge endeudados hasta las cejas.
Como les dije, no sé realmente que pasa y eso me asusta. Por lo pronto no sé cuando volveré a trabajar, y es una mala perspectiva para comenzar un nuevo día.
Seguiré leyendo, escuchando y escribiéndole de vez en cuando para que sepan de mí.
Un abrazo y gracias por leerme.

