Hay lugares que, precisamente, porque forman parte de nuestra vida cotidiana, terminamos dejando de ver. El barranco de Hermigua es uno de ellos. Está siempre ahí. Lo contemplamos desde las carreteras, desde las casas y desde buena parte de los miradores del municipio. Casi cualquier balcón de Hermigua acaba mirando hacia él. Y, sin embargo, quizá por esa presencia permanente, hemos terminado acostumbrándonos a contemplarlo como un espacio secundario, una franja que queda entre dos laderas y en la que parecen caber usos, materiales o residuos que, difícilmente, aceptaríamos en otros lugares. Cuando esa situación se prolonga durante años, el abandono acaba incorporándose al paisaje y corremos el riesgo de percibirlo como normal, no siendo así.
Aunque muchas de las reflexiones que siguen podrían extenderse al conjunto de su recorrido, me referiré, especialmente, al tramo del barranco de Hermigua comprendido entre la glorieta de Las Nuevitas y el mar. No pretendo diseñar técnicamente su recuperación. Esa tarea corresponde a especialistas en hidráulica, hidrogeología, medio ambiente, paisaje, agricultura, ingeniería y ordenación del territorio. Lo que propongo es algo anterior: decidir qué barranco queremos y establecer una dirección hacia la que avanzar. Porque antes de proyectar una obra, deberíamos saber qué pretendemos conseguir con ella. Y la propuesta podría resumirse en recuperar, progresivamente, este espacio como cauce hidráulico seguro, corredor natural, reserva de biodiversidad, espacio de infiltración y aprovechamiento responsable del agua, vía de acceso y emergencia, recorrido para caminar por el valle y elemento esencial del paisaje, haciendo compatibles esas funciones con aquellas actividades que, legítimamente, deban permanecer en su entorno.
La distancia entre esa aspiración y la situación actual resulta evidente. En determinados puntos, la vegetación invasora ocupa prácticamente los márgenes y penetra en el cauce; las cañas forman masas continuas difíciles de controlar; algunos ejemplares de vegetación autóctona quedan atrapados entre especies que los cubren; aparecen residuos y enseres abandonados; determinados espacios son utilizados para depositar materiales, maquinaria o vehículos, y algunos lugares que deberían formar parte visual y ambiental del barranco han adquirido la apariencia de zonas de almacenamiento o servicio. Incluso un punto destinado a la recogida de residuos puede terminar funcionando, por tolerancia o falta de control, como lugar donde se abandonan muebles, chatarra y otros objetos.
La degradación de un territorio casi nunca ocurre de repente. Empieza con una pequeña ocupación, un vertido, unas cañas que nadie retira, una maquinaria que permanece temporalmente, unos materiales que se depositan durante unos días. Después llega otra cosa y luego otra. Con el tiempo, lo provisional se convierte en permanente y lo excepcional acaba pareciendo normal. Precisamente por eso, la primera gran actuación no debería ser una obra vistosa ni un proyecto destinado a transformar visualmente el barranco. Debería ser mucho más elemental: sanear antes de embellecer. Retirar residuos y acopios improcedentes, ordenar los usos existentes, controlar las especies invasoras, despejar los puntos críticos, recuperar la capacidad hidráulica, facilitar los accesos de mantenimiento y proteger la vegetación autóctona que todavía permanece. Antes de añadir cosas nuevas, deberíamos resolver aquello que ya sabemos que está mal. Porque el barranco no es un trastero.
Ese saneamiento tampoco responde únicamente a una cuestión estética. Cualquier proyecto debe comenzar reconociendo una condición que prevalece sobre todas las demás: el barranco es un cauce. Puede permanecer prácticamente seco durante muchos meses y convertirse, en pocas horas, en el camino natural de una avenida. Su primera función es dejar pasar el agua con seguridad. La vegetación, los residuos, los escombros o cualquier otro obstáculo que reduzca su capacidad hidráulica pueden agravar los efectos de un episodio extraordinario. La prevención debe realizarse antes de que llegue el agua, no después de comprobar sus consecuencias.
Esa misma lógica preventiva debería aplicarse al riesgo de incendio. La continuidad de cañaverales y vegetación seca a lo largo del cauce y de sus márgenes puede convertirse, en determinadas circunstancias, en una vía de propagación del fuego a través del valle. No parece prudente permitir que una masa vegetal continua funcione como una mecha que comunique distintos sectores de Hermigua. Controlar la vegetación, crear discontinuidades y mantener accesos adecuados permite actuar antes y facilita, también, la entrada de los servicios de emergencia cuando resulte necesario. Una pista mantenida no sirve, solamente, para pasear: sirve para vigilar, limpiar, acceder, intervenir y, llegado el caso, evacuar.
Desde hace años existe precisamente una pista que discurre por el barranco. La discusión administrativa acerca de su consideración jurídica no debería impedir analizar qué funciones compatibles puede prestar. Si técnica y legalmente resulta posible, puede facilitar el mantenimiento y vigilancia del propio cauce, el acceso en caso de emergencia y, allí donde resulte autorizable, el tránsito de peatones y vehículos. Pero, para ello, debe conservarse en condiciones razonables. Los puntos problemáticos tampoco parecen irresolubles. Si determinados badenes resultan inseguros cuando circula agua, deberían estudiarse pequeños pasos, pasarelas o estructuras, adecuadamente diseñadas, que permitan mantener la continuidad, sin interferir con las avenidas. No parece razonable que la solución para atravesar un barranco cuando lleva agua consista en colocar tablas o palés. Hermigua puede hacerlo mejor.
Una vez garantizada esa primera condición de seguridad, podemos empezar a hablar, propiamente, de recuperación ambiental. Y aquí conviene evitar el error contrario: limpiar no significa arrasar. Mantener el cauce tampoco significa eliminar indiscriminadamente su vegetación. Una gestión adecuada debe distinguir entre aquello que degrada el ecosistema y aquello que, precisamente, pretendemos conservar. Eliminar progresivamente cañas y otras especies invasoras, controlar su rebrote, liberar los sauces y otros ejemplares autóctonos que todavía sobreviven; y recuperar la vegetación adecuada a cada tramo, permitiría que el barranco comenzara lentamente a reconstruir su equilibrio. En algunos lugares podrá utilizarse maquinaria; en otros será necesaria una intervención mucho más cuidadosa. No todo el barranco presenta las mismas condiciones y, por tanto, tampoco debería recibir el mismo tratamiento.
Incluso actuaciones aparentemente pequeñas pueden producir efectos apreciables. Allí donde las condiciones hidráulicas y ambientales lo permitan, podrían conservarse, recuperarse o crearse pequeños charcos y puntos húmedos. En un territorio sometido a largos periodos secos, estos espacios pueden convertirse en pequeños oasis para aves, insectos y otras especies. No se trata de construir estanques artificiales, ni de convertir un barranco, generalmente seco, en el río que nunca ha sido. Se trata de ayudar a que la propia naturaleza recupere lugares en los que pueda instalarse. A veces, la restauración ambiental comienza salvando un árbol, recuperando unos metros de vegetación autóctona o consiguiendo que un pequeño punto conserve agua durante algo más de tiempo.
Y es precisamente el agua la que abre una de las posibilidades más interesantes de todo el proyecto. Hasta ahora, hemos contemplado, fundamentalmente, el barranco como el lugar por el que debemos conseguir que el agua fluya con seguridad cuando llueve. Pero podríamos plantearnos también la pregunta inversa: ¿podemos conseguir que una parte del agua permanezca durante más tiempo en Hermigua antes de llegar al mar?
La pregunta no es menor. Hermigua ha vivido históricamente pendiente del agua. Su agricultura, su paisaje y buena parte de su prosperidad estuvieron vinculados a la capacidad de captarla, almacenarla, distribuirla y utilizarla. Durante los episodios de lluvia, una parte de las escorrentías debe necesariamente seguir su camino natural y alcanzar el litoral. No se trata de retener toda el agua ni de alterar la capacidad de evacuación del cauce. Pero entre dejarla marchar toda, y pretender almacenarla toda, existe un amplio espacio para estudiar soluciones técnicamente inteligentes.
Una posibilidad sería analizar la creación, únicamente en aquellos puntos donde los estudios hidráulicos y ambientales lo considerasen adecuado, de pequeñas estructuras superficiales de retención o laminación. Su finalidad no sería crear grandes embalses, sino reducir localmente la velocidad del agua, prolongar su permanencia y favorecer que una parte pueda infiltrarse. A esta estrategia superficial podría añadirse otra mucho menos visible: estudiar la viabilidad de diques o barreras subterráneas que, si la geología del lugar lo permite, dificulten parcialmente la rápida circulación subterránea hacia el mar y favorezcan el almacenamiento del agua dentro de los propios materiales permeables del subsuelo. El terreno actuaría entonces, en cierta medida, como depósito natural.
La idea resulta especialmente atractiva porque no exige necesariamente una gran obra que transforme el paisaje. Podría tratarse de una sucesión de intervenciones discretas, superficiales y subterráneas, adaptadas a la geología y a la topografía del barranco. Pero, antes de decidir nada, habría que estudiar con precisión la permeabilidad del terreno, el comportamiento de las aguas subterráneas, los caudales, las avenidas y las consecuencias aguas arriba y aguas abajo. El orden debería ser siempre el mismo: primero conocer y después intervenir.
Y el beneficio de conservar agua durante más tiempo en el barranco, no debería medirse exclusivamente por la cantidad que posteriormente pudiera utilizarse para riego. Una mayor permanencia puede favorecer la humedad del suelo, determinados ecosistemas, la vegetación del barranco y, cuando las condiciones hidrogeológicas lo permitan, la recarga de los recursos subterráneos, antes de que se pierdan en el mar. Los pequeños puntos de retención superficial podrían contribuir también a crear hábitats para distintas especies. Y si, además, una parte de ese recurso pudiera recuperarse, posteriormente, de manera sostenible para la agricultura, el círculo adquiriría todavía más sentido: el agua que hoy atraviesa rápidamente el tramo bajo del valle, podría contribuir a mantener las propias tierras agrícolas que conforman su paisaje.
Por eso, más que preguntarnos cuánto podemos impedir que llegue al mar, deberíamos pensar en qué parte del agua puede permanecer durante más tiempo en Hermigua, sin comprometer el funcionamiento natural y seguro del barranco. Y esa cuestión debería integrarse en una estrategia más amplia del agua para el municipio. Captación, almacenamiento, pérdidas de las redes, necesidades agrícolas, calidad, desalación, aguas regeneradas, recursos subterráneos y aprovechamiento de las escorrentías, son piezas distintas de un mismo problema. El barranco podría convertirse en una infraestructura natural complementaria: no sustituiría a estanques, conducciones, pozos, galerías o a cualquier otra fuente necesaria, pero podría ayudarnos a conservar, durante más tiempo, una parte del agua que recibimos, naturalmente, por gravedad, antes de recurrir a producir otra utilizando energía.
Para conseguirlo, la estrategia podría resumirse en cuatro verbos: Frenar. Infiltrar. Almacenar. Aprovechar.
Una vez saneado el cauce, recuperada progresivamente su biodiversidad y mejor gestionada el agua aprovechable, surge de forma natural otra pregunta: ¿por qué no volver también a convivir con el barranco? No hace falta transformarlo en un parque urbano ni llenarlo de bancos, farolas, pavimentos o mobiliario. Tampoco necesitamos construir un paseo artificial, donde ya existe un magnífico recorrido natural. Su atractivo está precisamente en seguir siendo un barranco.
El trazado serpenteante del cauce permite recorrer longitudinalmente buena parte del fondo del Valle siguiendo una pendiente relativamente suave y, en muchos tramos, alejado del tráfico. Caminar, correr, observar aves, desplazarse entre distintos puntos de Hermigua o simplemente contemplar el municipio desde otra perspectiva podrían convertirse en usos cotidianos. Algunas zonas públicas actualmente degradadas podrían recuperarse como pequeños espacios de descanso, ejercicio o encuentro, siempre que sean compatibles con la función hidráulica y ambiental. Un camino sencillo y mantenido, vegetación adecuada, sombra donde sea posible, algunos puntos de agua, pequeños lugares de descanso y pasos seguros donde sean necesarios. Poco más. La intervención debería ser casi silenciosa. Cuanto menos necesitemos añadir para poder disfrutarlo, mejor habremos entendido el lugar.
Además, utilizar responsablemente un espacio puede ayudar a conservarlo. La presencia genera observación; la observación dificulta vertidos, ocupaciones y comportamientos inadecuados. Quien recorre el barranco termina conociéndolo, quien lo conoce detecta antes sus problemas y, quien aprende a disfrutarlo, tiene más motivos para exigir que se conserve. Esa presencia no sustituye la vigilancia ni las obligaciones de las administraciones, pero puede convertirse en una forma cotidiana de protección. La relación que buscamos podría resumirse en otra fórmula sencilla: proteger utilizando y utilizar protegiendo.
Pero recuperar el barranco para la naturaleza y para las personas obliga, inevitablemente, a ordenar también las actividades que se desarrollan en sus márgenes. Y aquí tampoco parece razonable adoptar posiciones maximalistas. Hermigua dispone de poco suelo y tiene una topografía complicada. Puede haber actividades necesarias para el funcionamiento del municipio que no encuentren, fácilmente, otra ubicación o cuyo traslado simplemente reproduzca el mismo problema unos cientos de metros más allá. Cuando una actividad no esté legalmente amparada, deberá corregirse la situación. Pero, cuando resulte legalmente admisible y no exista una alternativa razonable, la solución debería consistir en hacerla verdaderamente compatible con el entorno.
La jerarquía es sencilla: primero evitar; después reducir; y, cuando no exista otra alternativa razonable, integrar. Reducir superficie ocupada y altura, concentrar instalaciones en lugar de dispersarlas, retirar vehículos o materiales innecesarios, mantener orden y limpieza, emplear acabados mates y colores próximos al terreno, recuperar vegetación y, cuando resulte técnicamente posible, estudiar soluciones menos visibles, son formas de disminuir el impacto. Pero integrar no consiste simplemente en colocar delante una pared, una pantalla o una chapa para esconder aquello que molesta. Corregir no es tapar. Integrar no es esconder.
Y existe una circunstancia que hace especialmente importante esta exigencia: el barranco siempre está a la vista. Se contempla desde las carreteras, las viviendas y las dos vertientes; desde Borges, desde la Piedra Romana, desde La Punta y desde muchos otros puntos elevados. Una instalación puede estar parcialmente oculta desde la carretera inmediata y resultar, sin embargo, perfectamente visible desde media Hermigua. Por eso, cualquier integración paisajística debería comprobarse también desde arriba y desde enfrente. Si una actividad destaca desde buena parte del Valle, probablemente su integración no esté resuelta. El barranco no tiene parte de atrás.
Tampoco parece lógico que el coste de corregir el impacto de una actividad privada recaiga sobre el conjunto de los ciudadanos. Si alguien obtiene, legítimamente, un aprovechamiento particular de un espacio especialmente sensible, parece razonable que asuma también las medidas necesarias para reducir su impacto. Progreso y protección medioambiental no deberían ser conceptos enfrentados. Precisamente, el reto consiste en demostrar que una sociedad puede desarrollar actividades económicas sin degradar aquello que da valor al territorio en el que se desarrollan.
Llegados a este punto, ya sabemos aproximadamente qué barranco queremos: seguro, limpio, ambientalmente recuperado, capaz de conservar mejor parte de su agua, transitable, paisajísticamente cuidado y compatible con las actividades que, legítimamente, deban permanecer. La siguiente cuestión es mucho menos atractiva, pero decisiva: cómo conseguirlo.
La recuperación no puede depender de actuaciones aisladas de distintas administraciones sin una dirección común. En ella intervienen organismos con competencias diferentes y precisamente por eso hace falta coordinación. El punto de partida debería ser un diagnóstico compartido del tramo comprendido entre Las Nuevitas y el mar: estado del cauce, capacidad hidráulica, vegetación, residuos, erosión, caminos, puntos peligrosos, biodiversidad, infraestructuras, ocupaciones, usos, disponibilidad de agua y necesidades de mantenimiento. Ese diagnóstico permitiría saber qué es urgente, qué puede esperar, qué organismo debe intervenir y cuánto puede costar.
Se trata de un proyecto común, en el que la Consejería de Política Territorial del Gobierno de Canarias, el Cabildo Insular de la Gomera, el Consejo Insular de Aguas y el Ayuntamiento de Hermigua tienen distintas competencias y responsabilidades. Precisamente, por eso, se precisa su voluntad y coordinación.
De ahí, debería surgir un Plan de Recuperación Integral del tramo bajo del barranco de Hermigua, suficientemente ambicioso para establecer una dirección y suficientemente sencillo para poder ejecutarse. No un documento destinado a una estantería, sino un programa con actuaciones, prioridades, responsables, plazos, costes y mantenimiento. Y no hace falta disponer desde el primer día de presupuesto para realizarlo todo. Precisamente un proyecto de estas características puede y probablemente debe desarrollarse progresivamente.
La primera fase debería concentrarse en sanear y reducir riesgos: residuos, vertidos, obstáculos, cañaverales especialmente problemáticos, accesos, puntos inseguros y protección inmediata de la vegetación autóctona. Paralelamente, podrían iniciarse los estudios hidráulicos e hidrogeológicos sobre retención, infiltración y aprovechamiento del agua. Una segunda fase podría avanzar en la restauración vegetal, recuperar pequeños hábitats y puntos húmedos, mejorar el recorrido y desarrollar experiencias piloto de retención de agua donde los estudios lo aconsejen. Posteriormente, podrían consolidarse las zonas de estancia, la integración paisajística de los usos compatibles y el sistema permanente de mantenimiento.
Pero existe una condición fundamental: cada fase debe dejar algo definitivamente mejor que antes. Una limpieza que solamente dure unos meses, un camino reparado sin solucionar la causa de su deterioro o una infraestructura que nadie sabe quién deberá mantener, son soluciones incompletas. Antes de realizar cualquier actuación habría que preguntarse cuánto durará, quién la conservará y cuánto costará mantenerla. Recuperar un espacio, para volver a abandonarlo pocos años después, tendría poco sentido.
El mantenimiento debe formar parte del proyecto desde el principio, y no aparecer como una preocupación cuando la obra ya esté terminada. También pueden colaborar los propietarios colindantes, siempre de forma voluntaria, coordinada y bajo la autorización de la administración competente. No se trata de transferirles una responsabilidad pública ni de que cada uno intervenga libremente sobre el cauce, sino de estudiar fórmulas mediante las cuales quienes tengan interés puedan contribuir al mantenimiento de los tramos próximos a sus propiedades utilizando cuadrillas y maquinaria autorizadas y bajo criterios comunes, definidos por la administración responsable.
La propia población puede desempeñar otra función. Los vecinos conocen muchos de los problemas cotidianos del barranco y pueden advertir de vertidos, desprendimientos, obstrucciones o daños antes de que se conviertan en problemas mayores. La ciudadanía debería también poder saber qué se está haciendo, qué queda pendiente, quién es responsable y qué resultados se están obteniendo. Para ello, bastaría definir y controlar algunos indicadores sencillos: puntos de vertido eliminados, tramos recuperados, superficie liberada de invasoras, vegetación regenerada, caminos reparados, incidencias detectadas y comportamiento de las actuaciones después de las lluvias. Planificar por fases no puede convertirse en una forma de aplazar las soluciones, sino en una manera realista de hacerlas posibles.
Y cuando recorramos todo el barranco llegaremos, inevitablemente al mar. Allí tampoco debería terminar el proyecto. Barranco y litoral no son realidades independientes. Los unen el agua, los sedimentos, el paisaje y el propio territorio. Sería una contradicción recuperar un corredor natural extraordinario, para que terminase desembocando en un litoral degradado. Del mismo modo, actuar sobre la costa, sin preguntarnos qué sucede aguas arriba, significaría resolver solamente una parte del problema. La desembocadura debería ser la culminación del recorrido, y el encuentro entre Valle, barranco y mar, uno de sus principales valores.
Todo lo anterior podría llevarnos a preguntar cuánto cuesta recuperar el barranco. Es una pregunta necesaria, pero no debería ser la única. También deberíamos preguntarnos cuánto perdemos manteniéndolo como está. Su recuperación no necesita justificarse, exclusivamente, por los ingresos económicos que pueda generar. Su rentabilidad está también en la seguridad, la prevención de incendios, el paisaje, la biodiversidad, el agua, la agricultura, la posibilidad de caminar y hacer deporte, la mejora ambiental y la conservación de un espacio que pertenece a Hermigua. No lo veamos como un negocio, pero tampoco como un saco sin fondo. Si lo cuidamos, protegemos y utilizamos responsablemente, todos seremos sus grandes beneficiados.
El barranco a un valle lo es todo. Por eso debemos respetarlo.
El barranco es una bestia amable y bella si se le trata bien. Pero puede ser furibunda y atroz, cuando se le pierde el respeto y se descuida. Recuperarlo no significa dominarlo. Significa comprenderlo.
Durante demasiado tiempo, hemos contemplado el barranco principalmente como un problema: algo que limpiar, un lugar por el que puede venir una avenida o un espacio residual donde colocar aquello que no sabemos dónde llevar. Propongo invertir completamente esa mirada. Tenemos delante un corredor capaz de contribuir, simultáneamente, a mejorar la seguridad, prevenir incendios, recuperar biodiversidad, conservar una parte del agua, favorecer la agricultura, facilitar las emergencias, proporcionar un recorrido natural, mejorar el paisaje y reforzar la identidad de Hermigua.
No necesitamos inventarlo. Ya existe.
No un trastero. No un vertedero. No una amenaza.
ES UN BARRANCO Y UNA OPORTUNIDAD.
@JulioMora60
#PRISMAS

