«Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho».
«Soy feminista porque soy socialista».
Las frases, atribuidas a José Luis Rodríguez Zapatero y a José Luis Ábalos, respectivamente, poseen una indudable fuerza moral.
Como tantas frases afortunadas, invitan a pensar en la generosidad, el compromiso, el servicio y el respeto a los demás. Sin embargo, más allá de quien las pronuncie o de la ideología desde la que fueron formuladas, plantean una cuestión que trasciende a cualquier partido político, a cualquier gobierno y, en realidad, a cualquier persona: ¿qué valor tienen las palabras, cuando no van acompañadas de una conducta coherente?.
La pregunta no es menor.
Las sociedades modernas descansan sobre leyes, instituciones y procedimientos, pero también sobre algo mucho más frágil y, al mismo tiempo, mucho más importante: la confianza. Sin confianza, las normas pierden legitimidad, las instituciones se debilitan y la convivencia se vuelve más difícil.
Y la confianza nace cuando percibimos una razonable correspondencia entre lo que una persona piensa, lo que dice, lo que hace y la forma en que decide vivir.
A esa correspondencia la llamamos coherencia.
Quizá por eso la coherencia sigue despertando admiración incluso en una época dominada por la comunicación, la imagen y el relato. Sin embargo, la abundancia de palabras no siempre viene acompañada de una abundancia equivalente de ejemplos. Y aunque las palabras pueden inspirar, son los hechos los que terminan otorgándoles credibilidad.
Por eso, algunas personas permanecen en la memoria colectiva mucho tiempo después de haber abandonado sus responsabilidades públicas, mientras otras, pese a haber disfrutado de más poder o notoriedad, terminan desdibujándose con sorprendente rapidez. No suele depender de la ideología. Tampoco del número de elecciones ganadas. Depende de algo más profundo: de la sensación de autenticidad que proyectaron durante su trayectoria.
Cuando uno observa figuras tan distintas como Pepe Mujica, Jerónimo Saavedra o Alfredo Pérez Rubalcaba descubre precisamente eso. Más allá de las discrepancias que cualquiera pueda mantener respecto a algunas de sus ideas o decisiones, existe un reconocimiento bastante amplio hacia determinadas cualidades personales: la honestidad intelectual, la austeridad, la sencillez, la capacidad de escuchar, el respeto hacia quien piensa diferente y una cierta fidelidad a los principios que decían defender.
Naturalmente, ninguno de ellos fue perfecto. La perfección no existe y la política tampoco convierte a nadie en infalible. Lo relevante no es la ausencia de errores, sino la percepción de que existía una relación razonable entre los principios proclamados y los comportamientos observados. Rubalcaba lo resumió cuando afirmó que “la transparencia y el cumplimiento de la palabra dada constituyen una obligación ética”. Mujica expresó la misma idea desde un lenguaje más sencillo cuando advertía que “no se puede predicar con el discurso, lo que no se practica con la vida”.
Probablemente ahí resida la diferencia entre la autoridad política y la autoridad moral. La primera la concede un cargo. La segunda la concede una trayectoria.
La autoridad política puede ganarse en unas elecciones y perderse en las siguientes. La autoridad moral requiere años de consistencia y suele sobrevivir incluso cuando desaparece el poder. Por eso, algunas personas continúan siendo escuchadas mucho después de abandonar cualquier responsabilidad institucional, mientras otras dejan de resultar relevantes en el mismo instante en que pierden el cargo que les otorgaba influencia.
Mujica representa, de forma especialmente clara, esa diferencia. Su prestigio no nació únicamente de las decisiones que adoptó como presidente de Uruguay, sino de la forma en que decidió vivir. Permaneció en su modesta chacra, condujo su viejo automóvil y donó gran parte de su salario. No era una operación de imagen. Era una forma de entender la libertad. Cuando afirmaba que no era pobre, sino sobrio, y que vivía con lo justo para que las cosas no le robaran la libertad, estaba expresando una convicción profunda sobre la relación entre las personas, el poder y los bienes materiales.
Quizás por eso también dejó una reflexión especialmente incómoda: “el poder no cambia a las personas, sino que revela quiénes verdaderamente son”. La frase puede parecer exagerada, pero contiene una intuición difícil de ignorar. El poder amplifica virtudes y defectos. Somete las convicciones a prueba. Y termina mostrando si los principios eran auténticos o simplemente decorativos.
Esa reflexión resulta especialmente pertinente en una época en la que la política parece cada vez más preocupada por la gestión de la imagen que por la construcción de una reputación basada en los hechos. Toda actividad pública necesita comunicación. Sería ingenuo negarlo. El problema aparece cuando la comunicación deja de reflejar la realidad para intentar sustituirla. Cuando parecer bueno resulta más importante que serlo. Cuando los valores se convierten en una herramienta de marketing. Cuando la representación acaba ocupando el lugar de la autenticidad.
Es ahí donde aparece una palabra incómoda, pero necesaria: cinismo.
La incoherencia forma parte de la condición humana. Todos nos equivocamos. Todos nos contradecimos alguna vez. Todos nos alejamos, en algún momento, de los principios que decimos defender. El cínico, sin embargo, actúa de una manera diferente. No niega la contradicción entre sus palabras y sus actos. Simplemente deja de considerarla importante. Las palabras dejan entonces de ser compromisos y se convierten en instrumentos útiles para alcanzar objetivos, conservar posiciones o construir una determinada imagen pública.
Por eso,la incoherencia puede decepcionar, pero el cinismo termina destruyendo la confianza. Y una sociedad que pierde la confianza, acaba debilitando también una parte esencial de su democracia.
La coherencia, por tanto, no es únicamente una virtud privada. También es una necesidad pública. Una democracia sana necesita ciudadanos libres, instituciones respetadas y dirigentes capaces de convivir con la discrepancia. Necesita comprender que quien piensa diferente no es necesariamente un enemigo, sino alguien que puede aportar una visión distinta de la realidad. Las sociedades avanzan cuando las ideas se confrontan mediante argumentos y no mediante descalificaciones, cuando la escucha sustituye al prejuicio y cuando el respeto prevalece sobre la caricatura del adversario.
Tal vez por eso, los dirigentes verdaderamente respetados suelen compartir una característica común: no necesitan unanimidad. Confían más en la fuerza de los argumentos que en la obediencia de los seguidores. Comprenden que el respeto no se impone y que la autoridad moral nunca nace del miedo ni de la dependencia, sino del ejemplo.
Se vote o no se vote socialismo, resulta difícil no reconocer determinadas virtudes cuando aparecen de forma consistente a lo largo de una vida. Como demócrata, puedo compartir algunas ideas defendidas por Mujica, Saavedra o Rubalcaba y discrepar de otras. Eso forma parte de la normalidad democrática. Lo relevante es que muchos ciudadanos terminaron respetándolos no por sus ideas, sino por la percepción de que existía una correspondencia razonable entre lo que pensaban, lo que decían y la forma en que decidieron vivir.
Quizá por eso lograron algo que muy pocos dirigentes consiguen alcanzar: despertar respeto incluso entre quienes no compartían plenamente sus posiciones políticas.
Las ideas pueden dividir.Las ideologías pueden enfrentarse.Los programas pueden competir.Pero la coherencia suele generar respeto.Y el respeto constituye uno de los activos más valiosos que puede acumular una persona dedicada al servicio público.
Los cargos pasan. Las mayorías cambian. Las coyunturas terminan olvidándose. Pero el ejemplo permanece.
Por eso, más allá de las ideologías, de las siglas y de las circunstancias de cada momento, la pregunta verdaderamente importante sigue siendo la misma:¿Existe coherencia entre lo que pienso, lo que digo, lo que hago y la forma en que vivo?.
Porque, tarde o temprano, toda vida pública termina siendo examinada a la luz de esa pregunta.
@JulioMora60
#PRISMAS

