Anunciaban un retraso imprevisto por causas ajenas a la voluntad de la empresa. Decidimos que lo mejor era tomárnoslo con calma mientras el avión rodeaba, una y otra vez, la silueta de la isla, interrumpida a veces por la densidad blanquigrís de las nubes anunciadoras de tormenta. El niño de la fila de atrás lloraba incesantemente, y su madre no tenía la paciencia necesaria para calmarlo: estaba más nerviosa que él. Soplaba en una bolsa con ansiedad, mientras su marido intentaba consolarlos a los dos sin conseguirlo. Las turbulencias se hacían cada vez más frecuentes, y el avión, de vez en cuando, trataba de descender infructuosamente.
Yo escuchaba Eleanor Rigby una y otra vez, y pensaba que ni siquiera sería un cuerpo para enterrar solitario mientras el cura pronunciara un discurso aprendido. Anunciaron de nuevo, con una voz mimetizada, que nos dirigíamos hacia el otro aeropuerto. El cura recogía el arroz de una boda antigua en mis oídos, entumecidos por la presión, las mandíbulas doloridas, los ojos inyectados en sangre. El niño seguía llorando, y la madre vomitaba en la bolsa finalmente.
Miré hacia el fondo del avión y vi a la azafata llorando. Entonces todo el mundo empezó a gritar. No sé por qué, pero sentí la turbulencia más tarde, como si las reacciones de los demás hubiesen sido fruto de un futuro aún no previsto por mi mente maculada por Eleanor y su desdicha. Anunciaron que las inclemencias del tiempo tampoco nos dejarían descender en el aeropuerto del sur, que tendríamos que dar la vuelta. El vuelo se estabilizó y un torrente de lágrimas se apresuró a descender por mis mejillas. Hubiese preferido un entierro solitario que un retorno.

