Transcurrido el cincuenta por ciento del actual mandato local, es buen momento para reflexionar sobre las amenazas y las oportunidades que tenemos ante nosotros.
Aunque es difícil, un pueblo puede morir por una catástrofe o por su despoblación. También, lentamente, por desgaste, por olvido, por inercia, o por la suma de miles de pequeñas renuncias a decidir, a pensar, a actuar, que hagan del esfuerzo una rareza.
Puede morir cuando quienes lo gobiernan prefieren entretenerlo a formarlo. Cuando se confunde gobernar con agradar; o participar, con aplaudir.
Aceptado el hecho de que, en democracia, “el pueblo manda”, resulta muy arriesgado votar, sin entender; o pedir, sin comprometerse; entregando el timón de la gobernanza a quien, sin brújula, sin formación y sin verdad, ignoran que liderar es impulsar, sin intimidar, aplazar, obstruir, desentenderse u opinar sin responsabilidad.
El cuerpo humano es una red maravillosamente integrada de tejidos, órganos y sistemas que trabajan juntos para sostener la vida. Su salud depende de tres elementos esenciales: la alimentación, el ejercicio y la respiración. Estos tres pilares permiten que los nutrientes, el oxígeno y la energía lleguen a través del torrente sanguíneo, a los músculos, al cerebro y a cada célula del organismo, sin obstrucciones ni excesos, asegurando el buen funcionamiento del conjunto.
Sin embargo, cuando una parte del cuerpo no recibe lo que necesita, o se sobrecarga sin motivo, surgen los problemas: enfermedades, órganos debilitados, tejidos que se atrofian.
Los impuestos que pagan trabajadores y empresas, actúan como el alimento del sistema. Son el resultado del trabajo, de la actividad, de la “digestión” de una economía que funciona. Cuando estos recursos se invierten en infraestructuras, en servicios sociales, en educación o en desarrollo económico, se produce un efecto análogo al ejercicio físico: se fortalece el músculo productivo, se mejora la calidad de vida y se activa el metabolismo local.
Lo mismo que, en medicina, un trombo es la obstrucción en una arteria o vena que impide el flujo normal de la sangre, provocando que los tejidos dejen de recibir oxígeno y nutrientes, hasta debilitarse, colapsar o morir; en Hermigua, sufrimos lentitud burocrática, falta de inversión, abandono del tejido productivo local, desconexión entre instituciones y ciudadanos e, incluso, la ausencia de políticas públicas coordinadas; siendo esos trombos u obstrucciones, los que impiden que los recursos lleguen hasta dónde y cuándo se les necesita.
Invertir en una infraestructura costosa que apenas se utiliza, —una instalación pública vacía o un edificio infrautilizado— es como llevar flujo sanguíneo a un brazo inmovilizado, mientras el resto del cuerpo se queda sin nutrientes. No sólo no mejora la salud del organismo, sino que, además, exige mantenimiento constante, consume energía y recursos, y obliga a desviar sangre (es decir, dinero y atención) de otras zonas que sí lo precisan, porque siguen anémicas. Es una hipertrofia inútil: una parte inflada sin función, que termina agotando al conjunto, por inercia y por desánimo.
Ante la ausencia de una visión compartida y de una explicación abierta que justifique el sacrificio colectivo, en lugar de promover la autonomía, se crea una relación pasiva con la ciudadanía, basada en la dependencia que adormece el pensamiento crítico. Se administra el auxilio como si fuera caridad, no como un derecho, ni como la transición hacia la autosuficiencia. Se ignora que una comunidad sana, no necesita anestesia constante; sino un entorno donde, quien quiera ganarse la vida, no tenga que mendigar permiso ni depender eternamente de una ayuda que, aunque alimente, no fortalece a quien la recibe.
La condescendencia con el —“mejor no molestar”, “no vamos a cambiar nada”, “es lo que hay”— equivale, en términos médicos, a decirle a un paciente, con obesidad y problemas cardíacos, que siga comiendo sin medida, sin moverse y sin cambiar hábitos, para que no se sienta incómodo. Un auténtico disparate.
Una política madura no infantiliza al ciudadano, sino que lo forma y lo respeta. No teme que la gente piense, cuestione o actúe por sí misma. Al contrario, invierte en las capacidades locales, reconocer el talento, ofrecer apoyo real sólo a quien lo necesita de verdad —como hace el sistema inmunológico, actuando cuando hay una lesión, y no constantemente—. Porque repartir ayudas sin justicia, eficacia, ni orientación productiva, estimula la inercia vaga de quien no la necesita; mientras es una limosna insuficiente, para quien la requiere de verdad.
Una política municipal responsable no anestesia, sino oxigena. No regala, sino habilita. No promete, construye. No teme a la ciudadanía crítica, sino que la necesita. Así como el cuerpo humano mejora con una alimentación adecuada y ejercicio constante, el cuerpo social se fortalece cuando sus ciudadanos tienen medios para trabajar, emprender y decidir. Se trata de generar un ecosistema económico donde trabajar no sea una heroicidad, ni una ruina; donde quedarse en el pueblo sea una opción de vida, no una resignación.
Hermigua no debería enorgullecerse del número de ayudas concedidas, sino del número de personas que ya no las necesitan.
La incomodidad es, a veces, el primer síntoma de que algo tiene que cambiar. Y el cambio no requiere heroicidad, sino constancia y disciplina justificada.
Como en cualquier proceso de recuperación de la salud, el camino no es inmediato. Pero es posible.
- El primer paso es reconocer la situación mediante un diagnóstico. Hay que mirar, con honestidad, las zonas atrofiadas: proyectos sin retorno, sectores olvidados, juventudes desmotivadas, dependencia institucional crónica. Sin vergüenza, sin cinismo. Como un médico que analiza al paciente sin culpas, pero sin autoengaño.
- Hay que dejar de alimentar lo que no sirve, reduciendo la asignación de recursos a lo inútil. Infraestructuras sobredimensionadas, eventos sin impacto, subvenciones sin retorno. No se trata de recortar por recortar, sino de reorientar el gasto: más hacia lo productivo, lo formativo, lo transformador.
- Se debe activar el músculo productivo, activando la agricultura, la pequeña empresa, comercios, servicios, el turismo de naturaleza. Para ello, se facilitará el emprendimiento, reduciendo trabas, y dando formación útil. Activar la economía es como hacer ejercicio suave. pero constante. Con movimientos sostenidos, bien dirigidos.
- Oxigenar y fomentar el pensamiento crítico, la participación ciudadana real, el debate sin miedo. Dejar de temer la crítica. Incluir a la ciudadanía en el diseño del futuro. Eso es respirar hondo, y al frente.
- Reservar el auxilio para quien lo necesita de verdad. Lo mismo que médico sabe cuándo aplicar una medicina y cuándo el cuerpo puede fortalecerse solo, el municipio debe distinguir entre quién necesita una ayuda estructural y quién necesita sólo un empujón. La dependencia mal gestionada es obesidad institucional.
- Celebrar el progreso, no el espectáculo. Reconocer el esfuerzo, los pequeños logros, la mejora continua. Celebrar el trabajo bien hecho más que la distracción y el evento llamativo. Así se fortalece el ánimo colectivo.
- Medir, evaluar y corregir. Todo plan de salud necesita seguimiento. Lo mismo el municipio: medir el impacto de las políticas, corregir errores, adaptar los planes. Nada de dogmas ni orgullo: si no funciona, se cambia.
Evitarlo exige un giro profundo:
1.- Sin una visión compartida de futuro, el municipio navega sin rumbo. El liderazgo político no puede limitarse a administrar lo existente: debe proyectar una dirección, dar un horizonte y convocar a la ciudadanía a construirlo con una visión clara, y sumando a todos al esfuerzo colectivo, desde sus respectivas responsabilidades
2.- Un pueblo sin pensamiento crítico es como un cuerpo sin sistema nervioso: no siente, no reacciona. Necesitamos una ciudadanía que cuestione, que proponga, que se organice. No como espectadores de lo público, sino como protagonistas. El ciudadano no es un niño al que hay que distraer. Es un adulto que debe entender cómo se decide, por qué y para qué.
3.- Fomentar la economía local con inversión productiva útil, no sólo a través del asistencialismo crónico. Un músculo que no se usa, se atrofia. Una economía que no se activa, se desvanece.
4.- Reconocer y premiar el mérito, no el favor o la cercanía política. Un pueblo que premia el amiguismo por encima del esfuerzo, que otorga recursos sin evaluar resultados, que no reconoce el mérito, termina por desmoralizar a los que quieren mejorar y por perpetuar la mediocridad. Si el esfuerzo no vale, el talento se va. Y cuando el talento se va, el pueblo se encoge.
5.- Apostar por los que quieren quedarse y retener juventud con oportunidades reales, sin discursos vacíos. Sin juventud, no hay mañana. Los jóvenes, las familias, los pequeños emprendedores… no quieren caridad, quieren condiciones para vivir y desarrollarse. Y si no las encuentran, se marchan.
Un pueblo sano piensa, propone, debate, produce, y construye comunidad con dignidad. Se hace preguntas y revive, cuando se pone de pie y se exige más a sí mismo, promoviendo una creciente conciencia ciudadana, un esfuerzo sostenido y la ilusión por imaginarse “vivo” dentro de 50 años.
Dicho ésto, en Hermigua, el músculo agrícola pierde fuerza y se va atrofiando. La juventud no encuentra aliciente, la rentabilidad no llega, el riesgo es demasiado alto y el apoyo institucional, demasiado bajo. Eso, en términos médicos, es un tejido en riesgo de necrosis: si no recibe atención, desaparece.
Cuando se identifica un área vital —como el sector agrícola local— que está debilitada y sin el riego suficiente, la inacción genera un daño profundo. Urgen manos capacitadas, relevo generacional, innovación técnica, apoyo institucional. Si el campo carece de mano de obra especializada para mantener e impulsar sus explotaciones, y no existe un respaldo público que facilite la formación, la tecnificación y el acceso a los mercados, en las mejores condiciones, estamos ante un fallo del sistema circulatorio: un trombo económico que puede derivar en consecuencias fatales.
Es lo que pasa cuando el sistema no estimula al autónomo, al agricultor, al joven que quiere quedarse. Cuando no se crean condiciones para que la inversión privada sea posible. Cuando la administración se convierte en muro en vez de puente. O cuando se asfixia a los pequeños negocios con trámites infinitos y normativas sin flexibilidad, mientras se invierte en costosas obras de escaso retorno.
La intervención pública bien dirigida actúa como el sistema inmunológico y regulador del cuerpo social. No se trata de gastar más, sino de invertir mejor. De corregir desequilibrios, evitar despilfarros y reforzar lo necesario, para que el conjunto sea fuerte. Así como no tiene sentido sobrealimentar un órgano ya sano mientras otro se muere de hambre, tampoco es sostenible construir infraestructuras vacías, mientras el sector agrícola agoniza, sin medios.
@JulioMora60
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