Por esta difícil ecuación, esta cuestión ha pesado, y mucho, al bloque de la izquierda. Lo curioso de este factor -y un problema añadido para el PP- es que Moreno Bonilla no ha sido el único en jugar con esta opción. También lo ha hecho la extrema derecha, que descubrió en el planteamiento del presidente andaluz un nicho con el que explotar la candidatura de la tan polémica Macarena Olona. Viendo que sus resultados mejoran ligeramente los escaños obtenidos en 2018, en Vox han optado por dar por hecho que Moreno Bonilla les necesitará. Para ellos, sin duda alguna lo decidirán así los resultados de las elecciones.

Ejemplo de ello han sido los continuos mensajes directos que han enviado tanto Olona como su presidente Abascal -muy cercano a ella durante toda la campaña- a Juanma Moreno como al Partido Popular: o les permite integrarse en un nuevo gobierno de coalición, o votarán en contra de su investidura. Las referencias a esta proposición han llegado a ser descaradas, viéndose incluso una tendida de mano en directo, en pleno debate electoral, por formalizar antes de tiempo un ejecutivo comandado por la derecha y la extrema derecha. Moreno Bonilla ha hecho lo posible por evitarlo, pero, una vez más, lo que diga el pueblo andaluz dictará el futuro de su tierra.

Del que poco o nada se espera, de nuevo recurriendo a los sondeos que anticipan la movilización del voto, es de Ciudadanos. Ni siquiera Juan Marín, bien visto por lo general en Andalucía salvo tropiezos macabros, parece ser capaz de evitar el nuevo batacazo de su partido en unos comicios. Ni siquiera la líder de su formación, Inés Arrimadas, que se ha dejado ver mucho con Marín en sus mítines y actos y se ha abierto sin miramientos a un pacto con Feijóo a nivel nacional, parece poder salvar los muebles de un partido que parece condenado a desaparecer. Son cada vez menos los parlamentos en los que el color naranja resiste, y viendo los resultados de anteriores convocatorias electorales, parece que Andalucía se unirá en esta ocasión al resto de territorios.