Amores del tercer milenio

Benjamin Trujillo Ascanio

Es muy difícil, prácticamente imposible, encontrar las razones que producen las ilusiones o los sentimientos y pasiones entre los humanos. La literatura, las otras artes, o la filosofía y la ciencia llevan siglos intentando encontrarlas y nadie ha podido establecer líneas lógicas o racionales en estos procesos.

Comenzamos el año con deseos de que se mejore el anterior o los anteriores, en relación a la pandemia, a la situación económica, a la estabilidad política y a los retos o dificultades que cada uno tenemos en el ámbito familiar o en el exclusivamente individual.

Las perspectivas no parecen anunciar que esto vaya a ocurrir pero La Navidad y esta nueva cuenta de días, semanas y meses nos proporcionan expresiones de ilusión y en algunos casos casi rotundidad de que todo va a ir mejor; ya veremos.

Este es un proceso que se repite cada enero, cada septiembre, cuando empieza el curso escolar o en general en los principios de una etapa laboral o sentimental.

Hablo de La Navidad porque recuerdo cómo me ilusionaba con un juguete, un regalo, después de un cierto tiempo de casi pasión lo abandonaba; me pasó con casi todos, solo unos pocos se salvan del furor inmediato y el posterior desinterés.

Ya he dicho otras veces que en la niñez o en la adolescencia me pasó en muchas ocasiones con los amores, hubo épocas de enamoramientos diarios, de locura romántica que duraba horas y después… nada, otro amor.

En estas fiestas, las últimas, los Reyes Magos dejaron un regalo de utilidad familiar; un robot de limpieza, de esos que parecen una gran galleta, que va por todos lados y aspira. Es negro, con lucecitas azules, naranjas o rojas según lo que haga, si está parado en su lugar de carga, activo, o si le falta batería, hace ruido, no demasiado pero sí que hay que acostumbrarse al ligero zumbido; la experiencia hasta ahora está siendo muy positiva, podríamos decir que ilusionante.

¿Y la gata? Nuestra gata es la protagonista máxima, todos la queremos, la mimamos y proclamamos las excelencias felinas a los cuatro vientos. Nunca pensé que querría a un gato, gata en este caso. Quien me conoce de tiempo, sabe de mis dificultosas relaciones con ellos durante toda mi vida, pero ésta, Piñata, me conquistó desde el primer día y el amor sigue en el tiempo y aumentando.

¿Qué iba a pasar con ella y aquel aparato, cómo le sentaría un vinilo gordo que se mueve solo y hace ruido? Lo vio funcionar y alucinó, no podía explicarse qué ni quién era, lo miraba, retrocedía, nos miraba preguntando con su mirada; nosotros reíamos, le grabamos vídeos y ¡Mira, mira! Dónde se subió, está escondida tras la esquina y se asoma de vez en cuando.

Esa situación duró unos días, le cambiaron hasta los horarios de comer y dormir y hasta nos preocupó que aquel nuevo habitante fuera a perturbar al ser estrella de la casa.

Pero, miren por dónde, la cosa fue cambiando. Cuando estaba parado, la gata se acercaba, lo tocaba y corría a esconderse; al ratito volvía y el toque o la caricia duraba un poco más, giraba la cabeza, lo olía, rascaba o limpiaba lo que lo rodeaba y no se alejaba, se quedaba un buen rato a su lado y sentada se erguía en pose de orgullosa felina, reina de su territorio. La llevo contemplando más de diez días y la relación ha ido tornando a juego con misterio pero con seguridad y ternura, con momentos de pasión incluidos, se sube sobre ella y parece alardear de la conquista, sobre todo si una gata vecina que nos visita está presente; elegante y presumida se estira, se estiliza, parece que va a comenzar un desfile de modas en París o Milán. Todo esto lo hace sin saber que yo la observo. Tengo que esconderme bien para ser testigo.

¿Se habrá enamorado Piñata de Conga, el robot?

¿Tendremos siglos de estudio de las relaciones entre no humanos?

¿Será un signo de los nuevos tiempos esta pasión?

¿Se trata de una ilusión fugaz como la mía con los juguetes?

¿En qué categoría de opción sexual colocarán la relación entre un gato y una máquina?

No tengo respuesta para ninguna de las preguntas pero no me preocupa mucho. Me pasa lo mismo con cualquier interrogante de este tercer milenio.

Benjamín Trujillo

btrujilloascanio@gmail.com

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