
Seguramente, la llegada de la merluza congelada en los años sesenta no puso a nadie sobre aviso pero, ahora, mirando con perspectiva me parece que coincidió con el comienzo de cierto declive de la pesca artesanal en La Gomera, al menos en el norte de la isla. Es cierto que aquellos filetes de merluza eran insípidos; sin embargo, tenían a su favor la novedad, la disponibilidad inmediata y los bajos precios.
La gente no contaba con neveras, pero bastó con que dos o tres tiendas poseyeran pequeños congeladores para poner de moda los dos productos congelados que se convirtieron en estrellas del consumo en La Gomera: el pollo y la merluza.
Aquello no beneficiaba al reducido grupo de pescadores que salían a la mar, pero es de suponer que en los palomares y en los gallineros familiares la noticia fue acogida con muestras de júbilo por parte de sus habitantes, dado que las condenas a muerte se redujeron drásticamente.
Honradamente, debo confesar que aquellos filetes de merluza jamás me gustaron, a pesar de que en mi pueblo eran elogiados por su finura y sabor. Yo nunca les encontré lo uno ni lo otro, quizás por mis pocos años o por mi falta de paladar para esas exquisiteces. Prefería el pescado salado: sama, cherne, bacalao, etc. con unas papas arrugadas y un chorro aceite, un mojo de cilantro o un mojo hervido.
A pesar de todo, el consumo de pescado fresco no desapareció. Ni mucho menos. Las viejas, las cabrillas, las caballas, las sardinas, los sargos, las morenas o los pargos continuaron llegando a nuestras mesas pocas horas después de ser capturados. Los comprábamos en las pescaderías y en los furgones que iban vendiéndolos por los barrios.
–¡Al rico pescado fresco! ¡Está vivito y coleando! –se escuchaba por el altavoz colocado en la parte superior de los llamados “furgones del pescado” junto a canciones de Miguel Aceves Mejías, Antonio Aguilar o Pedro Infante.
Las vecinas acudían junto al furgón con una hondilla o un caldero en la mano, donde el vendedor iba introduciendo el pescado que sacaba de cajas de madera, que medían como un metro de largo y unos 15 o 20 centímetros de alto.
Gracias a esos valientes y sacrificados vendedores ambulantes, aquel estupendo pescado llegaba a los platos de muchos gomeros. Estos comerciantes nómadas se merecen, junto a los pescadores, nuestro mayor reconocimiento y consideración.

