Durante los últimos meses he dedicado muchos de estos artículos a observar lo que ocurre a nuestro alrededor. He hablado de agricultura, empleo, vivienda, inversiones públicas, funcionamiento de las administraciones, utilización de los recursos de todos, y de algunos proyectos y decisiones que afectan a Hermigua y a La Gomera. Lo he hecho, señalando problemas y actuaciones que considero que podrían haberse enfocado o resuelto de otra manera, pero intentando, también, plantear alternativas.
Naturalmente, puedo estar equivocado. Precisamente por eso, expongo mis opiniones: para que puedan ser conocidas, contrastadas, discutidas, corregidas o rechazadas. Una propuesta no se convierte en acertada porque quien la formule esté convencido de ella. Su valor dependerá de los argumentos y datos que la sostengan, y de la posibilidad de que otros la optimicen o demuestren que existe una alternativa mejor.
Pero, después de tantos artículos preguntándome qué podrían haber hecho mejor los demás, creo que corresponde formular una pregunta diferente: ¿y nosotros, qué?. Si creemos que determinadas cosas deberían cambiar, ¿qué estamos dispuestos a hacer nosotros, para contribuir a cambiarlas?.
No se trata de trasladar al ciudadano las responsabilidades de quienes gobiernan. Son diferentes. Quien ocupa un cargo público, administra competencias y recursos que pertenecen a todos, y debe responder por sus decisiones. Pero la democracia tampoco termina cuando depositamos nuestro voto en una urna. Entre una elección y la siguiente, seguimos siendo ciudadanos.
Es comprensible que cada persona procure proteger primero su trabajo, su familia, su vivienda, su patrimonio y su tranquilidad. Pero, existe una parte importante de nuestra vida que no podemos proteger individualmente. No podemos crear otro Ayuntamiento cuando el nuestro funciona mal, ni nuestra propia red de saneamiento, ni la política de vivienda, ordenación territorial, sistema de abastecimiento o planificación de infraestructuras. Hay instituciones, decisiones, servicios, recursos y espacios que, necesariamente, compartimos, y nos afectan.
En consecuencia, una de las primeras barreras que debemos superar, es aprender a interesarnos, también, por aquello que no nos afecta directamente. Es fácil movilizarnos cuando el problema llega a nuestra puerta, a nuestra finca, a nuestro trabajo o a nuestro bolsillo. Más difícil es entender que el problema del vecino, el abandono general o la desaparición de una actividad que no es la nuestra, pueden terminar afectando al conjunto. Una comunidad empieza a existir, de verdad, cuando somos capaces de mirar un poco más allá de nuestro interés inmediato.
Por eso, no debería resultarnos indiferente que Hermigua tenga actividad económica, que su agricultura sobreviva, que nuestros jóvenes encuentren oportunidades, que exista vivienda accesible, que nuestros espacios públicos estén cuidados o que una inversión realizada, con dinero de todos, produzca resultados. Podemos discrepar, profundamente, sobre las soluciones; pero lo que no deberíamos, es asumir que la indiferencia es la solución.
Todos hemos escuchado, e incluso pronunciado alguna vez, expresiones como «yo no me meto», «para lo que me queda», «que lo arreglen los que vengan detrás», «bastantes problemas tengo ya» o «mejor no significarse». Son reacciones comprensibles, porque cada persona conoce sus circunstancias, y nadie debería ser juzgado por decidir hasta dónde quiere implicarse.
Participar es un derecho, no una obligación. Pero una cosa es ejercer, libremente, el derecho a no participar; y otra, que una sociedad admita que no preguntar, no cuestionar o no significarse, constituya la conducta más prudente.
Cuando muchas decisiones individuales de inhibición se acumulan, el espacio ciudadano se vacía. Y termina siendo ocupado por quienes están organizados, defienden intereses concretos y, naturalmente, ya disponen del poder político e institucional.
Ser ciudadano debe significar algo más que permitirnos ejercer nuestros derechos, pagar impuestos y votar periódicamente. También, podemos observar, informarnos, preguntar, opinar, contrastar y proponer alternativas.
No necesitamos pensar todos igual, pero sí aprender a pensar juntos, sin dejar de pensar cada uno por sí mismo.
Por eso, conviene distinguir entre el ciudadano de atrezo y el ciudadano protagonista. El primero vota y utiliza, legítimamente, los servicios públicos, pero entre una elección y la siguiente, contempla, desde cierta distancia, cómo otros deciden sobre aquello que también le afecta y pertenece. El segundo, por su parte, procura conservar su autonomía de criterio: se informa, pregunta, propone, escucha y cuestiona aquello que considera equivocado.
Puede agradecer hoy la decisión acertada de un gobierno y criticar, mañana, otra decisión del mismo gobierno. No necesita estar permanentemente a favor o en contra de nadie. Y, si los hechos demuestran que estaba equivocado, debería poder reconocerlo, sin más consecuencias.
El dinero público tampoco pertenece al presidente, al alcalde, al consejero ni al concejal. Quienes gobiernan tienen, temporalmente, la responsabilidad de administrarlo. Por eso, quien recibe legítimamente una ayuda pública, no contrae una deuda política ni personal con nadie. Agradecer, no significa deber fidelidad. Recibir, no significa tener que callar.
Aquí aparece una cuestión, especialmente importante, en sociedades pequeñas: la confianza. Cuando la conversación deja de ser franca, surge la duda: ¿puedo hablar?, ¿puedo confiar?, ¿qué ocurrirá si esto se sabe?.
Y cuando conseguimos atravesar esa barrera, descubrimos, muchas veces, algo paradójico: personas que creíamos indiferentes, llevan mucho tiempo pensando como nosotros, sobre los mismos problemas. No faltaban opiniones. Nos faltaba la confianza necesaria para compartirlas.
Por el contrario, cuando sumamos todas esas renuncias individuales, el resultado colectivo puede ser desolador: la nada. Aquello que preocupa a muchos, permanece disperso en conversaciones privadas que nunca llegan a encontrarse.
Por eso, quizá debamos preguntarnos: ¿hemos construido unas instituciones y una cultura cívica, en las que cualquier ciudadano pueda tener la tranquilidad de que criticar a quien gobierna, jamás pondrá en peligro un empleo, un contrato, una ayuda o un derecho que, legítimamente, le corresponde?
Al respecto, una democracia no debería limitarse a garantizar, formalmente, la libertad de expresión. Debería conseguir que sus ciudadanos se sientan suficientemente libres para ejercerla.
Vivir en una comunidad pequeña, puede hacer más difícil discrepar: nos conocemos, nos encontramos y nuestras relaciones personales, profesionales y familiares se entrecruzan. Pero esa misma proximidad, puede ser también una fortaleza. Nos permite conocer mejor los problemas, hablar directamente con quien los padece, reunirnos con facilidad y comprobar, sobre el terreno, si una propuesta funciona. De esa forma, lo que hasta el momento podía ser considerada una red de dependencias, también puede transformarse, si existe confianza, en una red de cooperación.
¿Y cómo empezamos?
Si durante años hemos acumulado prudencia, resignación, desconfianza o miedo, no podemos pretender pasar, de repente, del silencio a la movilización. Una sociedad también puede entumecerse.
Por eso, el primer paso, quizás, no consista en pedir valentía, sino en construir confianza.
Puede comenzar con dos personas que hablan con libertad. Después, pueden ser cinco o diez. Pero hablar tampoco basta. Se necesita transformar, progresivamente, la queja privada en análisis compartido: ¿qué ocurre?, ¿qué sabemos?, ¿qué información nos falta?, ¿quién tiene la competencia?, ¿qué alternativas existen?
También deberíamos distinguir entre quejarnos y participar. La queja puede ser el comienzo, porque identifica un malestar, pero no debería ser el final. Si algo no nos gusta, el siguiente paso debería ser intentar comprender por qué ocurre y, si es posible, proponer qué podría hacerse de otra manera. Pasar de «esto está mal» a «esto podría hacerse así», es un cambio pequeño en las palabras, pero enorme en la actitud ciudadana.
Para avanzar, tendremos que aprender algo fundamental: confrontar ideas, sin confrontar personas. Poder decir «no estoy de acuerdo contigo», sin que eso signifique «estoy contra ti». Una buena idea no deja de ser buena porque proceda de alguien con quien, normalmente, discrepamos; ni una mala decisión se convierte en acertada porque proceda de alguien a quien apoyamos frecuentemente.
Debemos abandonar, también, la idea de que, para hacer algo juntos, tenemos que estar de acuerdo en todo. Dos personas pueden pensar de manera muy distinta sobre política y, sin embargo, coincidir en que hay que recuperar la agricultura, facilitar el acceso a la vivienda, cuidar un barranco o mejorar la gestión del agua. Si convertimos cada diferencia en una frontera, nunca construiremos nada en común. La sociedad civil no necesita uniformidad: necesita aprender a cooperar, allí donde existe coincidencia.
No necesitamos empezar reuniendo a todo el pueblo. Cinco, ocho o diez personas capaces de estudiar una cuestión concreta, contrastar información y trabajar juntas, pueden tener más valor que una gran reunión inicial en la que nadie se atreva a decir, realmente, lo que piensa.
Si se discrepa sobre veinte cuestiones, pero se coincide en tres, empecemos por esas tres. Conseguir un pequeño resultado, puede ser más transformador que cien grandes discursos.
Pero esos primeros círculos, no deberían convertirse en nuevas burbujas cerradas. Quien ha recuperado la confianza, quien ha comprendido que participar sirve y quien cree que es posible cambiar algunas cosas, puede ayudar a que otros den también ese primer paso. No se trata de convencerlos sobre qué deben pensar, sino de transmitirles la confianza necesaria para que se atrevan a pensar, hablar y participar por sí mismos.
Cada persona tiene su propio círculo de confianza: familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, agricultores, empresarios o personas con las que comparte inquietudes. Si quienes están convencidos de la necesidad de participar, consiguen inspirar confianza en dos o tres personas de su entorno, y éstas hacen lo mismo con otras, una conversación, entre unos pocos, puede convertirse, progresivamente, en una corriente de opinión mucho más amplia.
No necesitamos un gran movimiento que aparezca de repente. Podemos construirlo persona a persona, conversación a conversación y círculo a círculo. La confianza también se contagia. Y, cuando las personas descubren que sus preocupaciones no son únicamente suyas, empiezan a sentirse menos solas y más capaces de actuar.
Al fin y al cabo, se sabe que: solos, viajamos más rápido; pero juntos, llegamos más lejos.
Después habrá que organizarse. De esos primeros círculos, luego, pueden surgir asociaciones, plataformas, cooperativas, grupos sectoriales o redes ciudadanas. No organizaciones creadas contra alguien, sino a favor de algo: recuperar la agricultura, facilitar vivienda, mejorar un espacio público, proteger el agua, evaluar nuestras inversiones o generar actividad económica.
Pero esa capacidad de organizarnos no debería activarse, únicamente, para reclamar, fiscalizar o pedir respuestas a la política y a las administraciones públicas. Una sociedad civil fuerte, también debe ser capaz de movilizarse para construir, apoyar y hacer viables iniciativas que nazcan de ella misma.
Podemos movilizarnos para defender una cooperativa agrícola, impulsar una iniciativa agraria, respaldar un proyecto empresarial, recuperar tierras abandonadas, crear servicios compartidos, apoyar a quien emprende o sumar esfuerzos, alrededor de cualquier proyecto que genere actividad, empleo y prosperidad. No todo lo que necesita una comunidad, tiene que nacer de una Administración; ni todo problema, debe resolverse esperando una subvención, una obra pública o una decisión política.
La iniciativa privada, el asociacionismo, las cooperativas, las organizaciones agrarias y empresariales y los propios ciudadanos, también forman parte de la capacidad de un pueblo para transformar su realidad. A veces, nuestra responsabilidad consistirá en exigir que la Administración actúe; otras, en pedirle que facilite, no obstaculice y acompañe. Y otras muchas, simplemente, en organizarnos y hacer nosotros aquello que está en nuestras manos.
Una sociedad civil fuerte tampoco necesita vivir enfrentada al poder. Necesita algo más importante: ser suficientemente independiente de él, como para poder colaborar cuando exista coincidencia, apoyar una buena decisión, presentar alternativas; y fiscalizar, en su caso, cuando sea necesario.
Y deberá proteger, especialmente, a quienes tengan más que perder, porque no todos disfrutamos del mismo grado de independencia. Una sociedad civil madura no coloca al más vulnerable en primera fila, para demostrar su valentía. La organización debería servir, precisamente, para que nadie tenga que enfrentarse solo a aquello que teme.
También debemos normalizar nuestra relación con las instituciones. Solicitar información, presentar una propuesta, pedir una reunión, formular una alegación o preguntar por el coste y los resultados de una actuación, no debería sentirse como una declaración de guerra.
Cada pequeño resultado —conseguir información, corregir una decisión, estudiar una propuesta o alcanzar un acuerdo— puede demostrar algo esencial: participar sirve.
Y hay algo más difícil que empezar: continuar. Muchas iniciativas nacen con entusiasmo y desaparecen cuando llegan el cansancio, las primeras discrepancias o la ausencia de resultados inmediatos. Vertebrar una sociedad civil exige constancia. No todo cambia con una reunión, una propuesta o un escrito. Algunas cosas necesitan meses o años. Por eso, además de aprender a participar, tendremos que aprender a perseverar, sin convertir la impaciencia en frustración, ni la frustración en resignación.
Ese proceso podría resumirse así:
hablar → confiar → reunirnos → informarnos → proponer → confrontar ideas → acordar → organizarnos → actuar → evaluar → corregir → volver a actuar.
Y deberíamos evitar una última tentación: pensar que la solución consiste, simplemente, en sustituir a quienes deciden ahora, por otras personas en las que confiemos más. Las personas importan, pero una ciudadanía fuerte no puede depender de que aparezca el alcalde, el presidente, el partido o el líder adecuado. Si todo nuestro papel consiste en elegir a quién entregamos, nuevamente, la responsabilidad de pensar y decidir por nosotros, habremos cambiado los nombres, pero no, necesariamente, el modelo. El cambio más profundo consiste en que, gobierne quien gobierne, exista delante una sociedad capaz de pensar, proponer, colaborar, exigir, evaluar y rectificar.
La alternativa a una sociedad excesivamente dependiente del poder, no consiste en encontrar otro poder al que seguir, ni otro dirigente en quien depositar nuestras esperanzas. Consiste en construir una ciudadanía suficientemente vertebrada, capaz de pensar, proponer, acordar y actuar por sí misma.
También debemos ser prudentes al juzgar el silencio. Puede haber silencios cómodos o interesados, pero también silencios prudentes, cansados, dependientes o verdaderamente temerosos. Si queremos que esas personas hablen, probablemente, no debamos empezar acusándolas de complicidad. Primero, tendremos que demostrarles que pueden dejar de callar, sin quedarse solas.
Quizás, el verdadero punto de inflexión llegue cuando un vecino deje de decir «esto no puede cambiar», y pregunte a otro: «¿Qué podemos hacer nosotros?». Ahí empieza la sociedad civil.
Naturalmente, queda otra barrera: el miedo a equivocarnos, a incomodar, a significarnos, al ridículo o al fracaso. Pero, si llegamos desnudos y nos vamos desnudos, ¿qué podemos perder?.
Steve Jobs expresó, en 2005, una idea parecida que nos sirve de inspiración: «Ya estáis desnudos. No hay razón para no seguir a vuestro corazón».
No es una invitación a la temeridad. Nuestros actos pueden tener consecuencias y, cada persona, debe decidir, libremente, hasta dónde puede y quiere llegar. Lo que una sociedad democrática debería procurar, es que nadie tenga que elegir entre su tranquilidad material y su libertad de criterio.
No se trata de perder la prudencia, ni de imponer nuestra voz. Se trata, simplemente, de no renunciar a ella.
Y lo mismo debemos exigir a quienes gobiernan. La mayoría de votos otorga legitimidad para gobernar, pero no convierte, automáticamente, cada decisión en acertada. Una decisión pública debería poder ser explicada, justificada, evaluada y, cuando sea necesario, corregida.
La transparencia tampoco consiste, simplemente, en comunicar mucho. Se pueden publicar fotografías, reuniones, inauguraciones, adjudicaciones y anuncios, proporcionando, sin embargo, poca información para evaluar una gestión. Transparencia significa explicar qué problema se pretendía resolver, qué alternativas existían, por qué se eligió una, cuánto costó y qué resultados produjo.
Equivocarse forma parte de gobernar, como también de proponer y participar. Lo importante es reconocer el error, corregirlo y procurar no repetirlo. Fiscalizar, por su parte, no significa perseguir.
Y esa misma honestidad debemos aplicarla nosotros. Si hablamos de agricultura, antes deberíamos aprender, capacitarnos, o consultar a quien sepa de agricultura; si hablamos de vivienda, estudiemos la vivienda; si analizamos una inversión pública, examinemos su coste, utilidad y resultados. Quizás, una de las mejores expresiones de independencia ciudadana, sea no necesitar saber quién propone algo, para decidir qué pensamos sobre ello.
No construiremos nada, si sustituimos el silencio por varios monólogos enfrentados. Necesitamos escuchar, contrastar, rectificar y encontrar aquello en lo que coincidimos. No necesitamos unanimidad. Necesitamos recuperar la capacidad de llegar a acuerdos.
Y aquí llegamos, inevitablemente, a Hermigua.
Cuando, durante demasiado tiempo, observamos abandono, retraso comparado, problemas económicos, demográficos, productivos y sociales; sería ridículo preguntarnos: «¿quién tiene la culpa?». También en Hermigua, los ciudadanos y electores eligen, con su voto, a quienes deciden por ellos.
Si, después de años de políticas públicas, inversiones, ayudas y decisiones colectivas, determinados problemas continúan sin resolverse, es el momento de aceptar una conclusión mucho más sencilla y menos partidista: algo no estamos haciendo suficientemente bien.
No necesariamente ellos. No necesariamente nosotros. Seguramente, existen responsabilidades diferentes, compartidas y repartidas. Lo importante es averiguar qué está fallando y qué debemos intentar cambiar.
Probablemente, necesitemos hacer un pequeño examen de conciencia colectivo: cuántas veces hemos callado por comodidad o miedo, pensado que un problema no iba con nosotros, esperado que otros diesen el primer paso; o criticado, en privado, aquello sobre lo que nunca hemos preguntado públicamente, no para culpabilizarnos, sino para comprendernos.
No nos vale decir que lo hacemos, únicamente, por nuestros hijos o por las generaciones futuras. Porque la pérdida de actividad económica, la falta de vivienda, el abandono agrícola, la marcha de los jóvenes, el deterioro de los servicios, o una utilización ineficiente de los recursos públicos, pueden condicionar nuestra propia vida; Y, defender lo común, también es una manera de proteger lo nuestro.
Pero nada de esto será posible, si cada uno permanece encerrado en su propia burbuja. Todos tenemos una zona de confort: nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestros intereses, nuestras aficiones y las personas que piensan de manera parecida a nosotros. Y, aunque es legítimo disfrutar de ese espacio, una comunidad no puede construirse como una suma de pequeñas islas que conviven, sin encontrarse.
Salir de nuestra burbuja no significa tener que renunciar a nuestra vida privada, ni convertirnos en activistas permanentes. Significa dedicar una pequeña parte de nuestro tiempo, nuestra experiencia, nuestros conocimientos o nuestra capacidad de relacionarnos, a aquello que compartimos. Cada persona podrá hacerlo de manera diferente, y en la medida de sus posibilidades. Lo importante es comprender que el bien común y la prosperidad de un pueblo no son responsabilidad exclusiva de quienes lo gobiernan.
Participar no consiste, solamente, en dar algo a la comunidad. También recibimos mucho. Conocemos personas con las que nunca habríamos hablado, escuchamos experiencias diferentes, comprendemos mejor los problemas de otros, revisamos nuestras propias certezas y hallamos posibilidades que, desde nuestra burbuja particular, ni siquiera podíamos ver.
Porque una sociedad que habla, escucha y razona, puede discrepar, pero también encuentra puntos de encuentro. Y cuando es capaz de convertir esos acuerdos en acción, avanza.
Quizás ha llegado el momento de recuperar una conversación ciudadana más libre: proponer, sin pretender imponer; discrepar, sin enfrentarnos; preguntar, sin ser considerados enemigos; reconocer lo que funciona, sin convertirnos en seguidores de nadie; y cuestionar lo que no funciona, sin convertir a nadie en adversario.
Podemos empezar preguntándonos qué Hermigua tenemos, qué Hermigua queremos y qué podemos hacer para acercarnos, de una a otra realidad. Luego, habrá que contrastar ideas, descartar algunas, mejorar otras y encontrar opiniones coincidentes. Eso también es construir Comunidad.
No se trata de enfrentarnos al poder, sino de relacionarnos con las instituciones, como ciudadanos libres; no de imponer nuestras ideas, sino de ponerlas en común. No desgastar a quienes nos gobiernan, sino recordarles aquello que no funciona o consideramos que no se ha hecho bien. Porque, entre una elección y la siguiente, la sociedad continúa existiendo, y la ciudadanía también.
Podemos agradecer lo que se ha hecho bien y cuestionar aquello que consideramos que se ha hecho mal. Podemos defender nuestras ideas y cambiar de opinión; discrepar y seguir caminando juntos; equivocarnos y rectificar; escuchar, sin someternos; y participar, sin enfrentarnos.
Y podemos, sobre todo, dejar de preguntarnos, únicamente, qué pueden hacer los demás por nosotros, para empezar a preguntarnos, también, qué podemos hacer nosotros por aquello que compartimos.
Después de todo, lo público también es nuestro. Y, sin acusar a nadie, nos interpelamos todos.
@JulioMora60
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