Un lugar encontrado

Para un niño de 12 años resultaba muy novedoso, el haberse apuntado  en una experiencia de pervivencia durante unos  días en un lugar desconocido, para muchos de mi edad.

Giráldez, joven  gallego, profesor de Educación Física y Política de la Academia de San Sebastián, nos habló de un lugar en el Centro de La Isla al que se accedía en guagua hasta un tramo y luego había que ir andando hasta llegar donde habrían montadas unas casetas de lona, para acampar y vivir durante veinte días en ese sitio.

La inquietud por lo nuevo y las ganas de convivir con los amigos durmiendo, comiendo, jugando y andando juntos durante un  tiempo me pareció algo  insólito.

Llegamos después de un tramo en carretera en una guagua de las antiguas, de D. Eliseo y que tardó casi hora y media en llegar hasta donde debíamos comenzar a andar. Nos recibió una neblina, que era como le decíamos a las nubes bajas, que escurría una fresca llovizna que contrastaba con el calor del verano que traíamos de la Villa. La impresión que nos daba aquella cantidad de árboles que nos rodeaba parecía que habíamos saltado en tan poco tiempo a un lugar encantado. El agua que corría por los arroyos, que tuvimos que sortear en varias ocasiones en esa caminata primera,  nos anunciaba que habíamos llegado a otro mundo.

Me impresionó aquel verdor con que nos rodeaban aquellas grandes ramas, de nuestro tamaño,  parecidos a grandes abanicos y que luego nos dijeron que se llamaban  helechos o helechas; la esbeltez de aquellos árboles gigantes, llenos de musgos, que nos acompañaban a lo largo del camino como si quisieran darnos la bienvenida;  el perfecto equilibrio que existía.

Lo primero que  nos enseñaron fue la zona donde había unas mesas y bancos de madera, hecha de aquellos árboles, donde iba a ser nuestro comedor, nuestra clase, nuestro lugar de reunión, nuestro lugar de partida y de llegada. El suelo de aquel comedor al aire libre, estaba cubierto con unas  hojas rojas que se volvían así para caer desde lo alto. Nos dijeron que se llamaban viñáticos y que los ratones comían su fruto dulzón y se caían adormecidos y casi se autolesionaban.

A unos metros bajando el riachuelo, que  allí se ensanchaba y formaba como una pequeña presa, servía de piscina natural. Desde los árboles cercanos habían colgadas como unas lianas que nos servían para tirarnos a lo tarzán al agua.

Aún 60 años después, en la retina conservo la juvenil convivencia de aquel mes de Julio del 1.962. Aquella suave brisa vestida de verde, jugando con las luces y el brillo de los helechos, del acebiño, del viñático o del laurel.  El mágico olor que desprende su tan preciado purificado oxígeno. Aún hoy siguen en ebullición en mi mente aquel dinamismo y dan coraje a mi adulto cuerpo cuando retoma de nuevo sus senderos.     Comparto la libertad de la rabiche y la turqué  y reflejada en las aguas de aquel riachuelo veo aún la silueta de aquel niño que aprendió a amar La Naturaleza en aquel Monte del Cedro.

Nuestro bosque, fue la visión más impactante. La intensa vivencia en aquel privilegiado entorno nos dio a todos una manera  especial de valorar nuestra Isla y lo que se guardaba en su interior.    Aprendimos a respetarla y empezamos a amarla  dándola a conocer a los que nos siguieron.

Hoy el llamado Parque del Garajonay es y seguirá siendo es bello lugar del que todos nos enamoramos. Por eso te querré siempre amada Naturaleza Gomera.

MANOLO LINO, 2022

 

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