Siempre vuelvo y volveré

Criarse y desarrollar tu persona en un lugar como La Gomera es algo que  algunos entendemos como una fortuna. Una suerte de valores, que después de salir y  viajar, y de vivir otros territorios, son de agradecer. Agradecer que me haya tocado vivir  precisamente en contacto con estos barrancos, con playas ingobernables, y con el frío  húmedo del monte, que curiosamente reconforta tu persona, traigas la carga que  traigas.

Mi relación con el monte, y con lo que institucionalmente representa el Parque  Nacional, ha sido en mi caso bastante variopinta en lo personal y profesional, pues  echando la vista atrás en casi todas las etapas de mi vida, he guardado relación con  Garajonay, de una forma u otra la vida me ha mantenido cercano al mismo, al monte  por gomero, al Parque Nacional por estudiante y trabajador.

Todo comienza como es natural en tu propia infancia… en las excursiones  escolares a Laguna Grande, las parrandas familiares en Chorros de Epina o Las Creces,  en los campamentos de El Cedro, los encuentros de lucha canaria celebrados en Juego  de Bolas, o en pasar un día con mis tías, artesanas en el centro de visitantes.

Mas tarde te alejas, y en otros ámbitos territoriales y académicos, personas con  tus mismos intereses realzan el valor natural y científico que tiene el lugar del que  provienes, y te das cuenta de que te falta contenido del cual alardear, y empiezas a  estudiar e indagar, y hacer cursos de verano donde despiertan tus ganas de volver un  día a vivir aquí y trabajar en el Parque Nacional.

¡A los retenes de verano!, como muchos de mi tiempo, necesitados de un trabajo y llevar unas perritas para Santa Cruz. Tres o cuatro meses en las brigadas forestales,  en compañía de sabios compañeros, de vigilancia y prevención, de desbroce, poda,  machete y rastrillo… de desayunar bajo árboles incalculables en edad y valor, de  merendar con vistas a lo asombroso, de cenar llorando un fuego que se apagó, pero te  dejo quemada la buena fe en las personas.

¡Al frente de un mostrador! ¿Por qué yo? ¡Pues se me daba bien!, sin que suene  vanidoso… Se me abrió otra ventanita desde la cual formar parte del Parque Nacional,  el servicio de información turística. Cinco años estuve, cinco años conviviendo con el  asombro sincero de quienes descubren el monte o la isla por primera vez, incluso en  aquellos días tan humanos en que no tienes ganas de transmitir, uno informaba  vagamente, y la isla y el parque ponían el resto. No hacia falta marcar un hándicap, no  era necesario el decoro verbal de lo que un turista pudiera encontrar… el olor a monte  los ponía a todos a tono, los escalones de tronco los elevaba, y la vista desde algunos  lugares marcados en el mapa te convertía automáticamente en “un puntal”.

Cuantas veces gente volvió solo por agradecerte haberles hecho llegar  “empanzados de agua” al apartamento, a cuanta gente se educa detrás de esa barra, a  cuantos hay que calmarle la ciudad que traen a cuestas, y cuantos se hacen a la idea  de que el monte y su parque han sido y son de respeto, solo por oírte hablar e informar  con propiedad y conocimiento. En el fondo era como presumir, pero en el buen sentido,  y que además tenían que darte la razón.

En este periodo laboral de mi vida, que terminó hace apenas dos años, estabas  al frente de dos puntos de información donde el abanico de temáticas o conocimientos

que debías dominar te ligaban irremediablemente a los libros, a los artículos y sobre  todo al conocimiento de las compañeras y compañeros del propio Parque Nacional.  Eras la primera persona en la cual muchísimas personas confiaban el devenir de su  estancia en la isla, y de tu criterio profesional dependían sus desplazamientos,  vivencias y la imagen que se proyecta de la isla haca el exterior, y eso es una  responsabilidad muy grande, enorme. Al resto de ciudadanos de la isla, y a los que  directa o indirectamente viven del turismo, sinceramente les digo, que la valía, el buen  hacer, la pasión y el criterio que se brinda detrás de los puntos de información, es  cuanto menos difícil de encontrar viajando por el mundo. Y que detrás de ellos hay  varios equipos de gente que investiga, que publica y divulga, que diseña y que protege  el entorno, que mantiene impoluto el parque y sus centros, y que siempre sacan un  ratito para hacer del informador lo que es… un profesional actualizado y enamorado de  la información que brinda.

Así pues, se dibujan en este texto los agradecimientos a la suerte de vivir en  este maravilloso lugar, y que, a su vez, haya podido ejercer distintos trabajos en el  Parque Nacional de Garajonay, pensando confiado que más tarde volveré, y el deseo de  que, en un futuro, el monte y la institución sean una oportunidad de crecimiento  personal y profesional para otros y otras que decidan que su propia isla es un buen  lugar para quedarse.

Jesús Peña Darias. Geógrafo.

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