El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha denunciado un nuevo ataque ruso en Mariúpol, en esta ocasión, sobre un hospital de maternidad. Tras las explosiones, el gobernador de la región de Donetsk ha cifrado en 17 el número de personas heridas en el ataque aéreo. Entre los heridos habría mujeres que se encontraban de parto.

Mujeres embarazadas, niños recién nacidos y bebés en incubadoras han tenido que ser evacuados a toda prisa después de la explosión que ha tenido lugar sobre las 16:30, hora local. En el interior, caos y destrucción por todas partes.

En su perfil de Twitter, el presidente ha compartido un vídeo estremecedor, en el que se pueden ver los demoledores efectos de las bombas sobre el edificio. El bloque ha quedado reducido a escombros, totalmente devastado. En su interior no hay ni una mesa en pie y todo está destrozado: la sala de neonatos, las incubadoras apelotonadas, las habitaciones destrozadas y las ventanas amontonadas en los pasillos por la onda expansiva, y el cráter provocado por un proyectil frente a la entrada… son la prueba del horror vivido.

«Ataque directo de las tropas rusas en la maternidad. Hay niños bajo los escombros. ¡Qué atrocidad!«, ha clamado Zelenski.

Ante esta nueva ofensiva, el presidente pide a las naciones internacionales que cierren el espacio aéreo, una medida que lleva reclamando varios días. «¿Cuánto tiempo más el mundo será cómplice ignorando el terror? ¡Cierren el cielo ahora mismo! ¡Detengan las matanzas! Tienen poder pero parecen estar perdiendo humanidad», ha defendido.

También el diputado ucraniano Roman Hryshchuk ha compartido unas duras imágenes que muestran la destrucción causada por el ataque aéreo. «Los rusos están bombardeando hospitales, casas, iglesias. ¡Envíenos aviones para detener esta locura!», ha reclamado el político.

Condiciones infrahumanas en Mariúpol

Entre bombardeos, Mariúpol, ciudad estratégica para Moscú para unir el Donbás con la anexionada Crimea, se ahoga. Las condiciones en las que se encuentra su población son infrahumanas, sin agua ni luz ni internet, a lo que se suma una escasez de alimentos que les lleva a una lucha encarnizada por sobrevivir.

Apenas quedan víveres para aguantar tres días más, y lo poco que consiguen tienen que racionarlo y compartirlo. Ante la falta de electricidad, a comida la cocinan en la calle con hogueras improvisadas.

Según el recuento del Ayuntamiento de la ciudad, 1.170 civiles han muerto desde el inicio de la guerra. Los cuerpos se amontonan en las calles porque los incesantes ataques impiden enterrarlos.