La Plaza del Kiosko

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No queríamos ni merendar, solo salir corriendo para llegar rápido, eso sí, repeinados y limpitos.

Los que vivíamos más lejos, estábamos ansiosos e inquietos, no nos queríamos perder nada de la tarde, ser los primeros. Nunca lo conseguimos, por lo menos yo. Algunos ya estaban, claro, casi vivían allí, era el patio de su casa para los de la calle Abajo – los del Camino La Hila, los de la calle Trasera, los de La Pista, los de la parte baja de La Ladera –  y que decir de algunos que vivían allí mismo, en la propia plaza. Ellos eran los dueños de la plaza durante todo el año, estaba en su  camino a todas partes, la playa, el muelle o los mandados, iban por la mañana o a mediodía, podían estar solo un ratito o alargar la hora de irse por la noche.  Otra cosa eran los días festivos, los sábados y domingos, en vacaciones y en las fiestas, ahí la propiedad cambiaba; se convertía en el lugar de todos, en el centro de la vida y del pueblo.

Ha cambiado a lo largo de los años, distintos pavimentos, con tráfico y sin él, cambios y reformas en el kiosco, con Carrito y sin Carrito, pero sigue funcionando, recogida, protegida por sus límites, con su particular temperatura o microclima – fresca siempre, una maravilla en verano, con frío en momentos del día en el invierno –  mantiene los bancos, los laureles, de los que dudamos de su continuidad en cada poda, pero siguen vivos ¡a ver si no me equivoco! Y la escalera de caracol del kiosco ¡A la escalera no vayas! decían todas las madres, lugar de secretos, pasarela de modelos con muñecos, trampolín de saltos hacia los árboles ¡Dios mío! Algunos eran auténticos kamikazes desde los escalones de la parte alta, fue la causa de piqueras en la frente, ojos morados y distintos esguinces y fracturas.

El pasillo que comienza desde los dos árboles que hay frente a la entrada del kiosco y que va hacia la calle del Medio es otro de los protagonistas. Tuvo cemento liso durante mucho tiempo y podías patinar cómo en una pista, cogíamos entre dos a uno más pequeño y lo lanzábamos como a un proyectil, en carnavales con el añadido del talco era espectacular, el balance de lesiones y bajas también fue alto.

Era un maravilloso lugar de juegos, sitio para alerta, la piola, la comba, el tejo, bicicletas, patinetas y patines. Durante décadas fue un ruedo  que recorrían parejas y familias; un auténtico ritual de vueltas y vueltas.

Era el escenario de verbenas, de pequeñas y grandes parrandas,   de concursos de la canción, de mítines y “mitineros” curiosos. El lugar de la fiesta, el centro del carnaval de polvos y mascaritas con la orquesta Billos de invitada, casi al final de esos viejos carnavales.

Y la plaza sigue ejerciendo su papel de encuentro de manera muy digna. Familias de San Sebastián siguen yendo cada mañana de sábado, juntando en la misma mesa a bisabuela y biznietos, pandillas de amigos que llevan siéndolo toda la vida, tienen en la plaza y en el kiosco el lugar de inicio o final de cenas o almuerzos festivos, lugar de reuniones de trabajo, de abogados de fuera y dentro con clientes, de extranjeros con muchos años en la isla y de turistas nuevos.

El kiosco es una buena cafetería,  sigue dando vida a un lugar con mayor competencia de sitios de ocio cercanos, el parque, la plaza de Las Américas, más cafeterías y más espacios para jugar los niños. Pero la plaza sigue manteniendo un especial encanto, con menos ruido, más para gente mayor, donde puedes leer y hablar con tranquilidad, recibir a cualquier visitante. ¿dónde quedamos? En la plaza y ya está.

Cualquier persona de esta Villa puede contar anécdotas relacionadas con ella, dramas y alegrías, despedidas o encuentros. Podemos celebrar que siga existiendo y manteniendo su importancia en nuestra vida.

Tomar un café en solitario, en la terraza, como un extranjero anónimo, es un extraordinario placer del que, de vez en cuando, disfruto.

La plaza del kiosco forma parte del espacio de mis sueños. No es mía, no es el patio de mi casa pero es parte de mi patria. La patria de mi memoria.

Benjamín Trujillo.

 

btrujilloascanio@gmail.com

 

FOTO: CARLOS BRITO.

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