06/07/2020

Desescalada fascista

Ayer me llegó esta foto subida por la Coordinadora Antiprivatización de la Sanidad a su canal de Telegram y he querido compartirla con los lectores de Nuevatribuna por la carga del mensaje que tiene. La imagen por sí sola transmite mucho más que todas las palabras que podamos verter. Es efectista y descarnada.

En medio de los coches que este fin de semana se han manifestado pidiendo la dimisión del Gobierno, una sanitaria porta un cartel que dice: ‘Las sanitarias curando, los fascistas contagiando. El fascismo también es un virus’.

Poco más podemos añadir. A buen entendedor bastan los gestos y sobran las acciones histriónicas, como esas otras imágenes que hemos visto este fin de semana de caravanas de coches. Gentes disfrazadas de patriotas de cambalache. Lo que no se puede negar es que ganas de salir tenían. Y tantas, lo han hecho a lo grande como en las fiestas mayores, que no nos falte de na. Es su plan de desescalada.

Mientras escribo estas líneas, algunos vecinos de mi calle han salido para su ‘misa’ vespertina de la cacerolada. Llevan haciéndolo varios días. Qué hartura. ¿Qué es lo que quieren?, me pregunto de forma recurrente. Ah, sí, que dimita el Gobierno. Salen con su bandera de España que también me representa a mí y a otros conciudadanos. Pero ellos son los patriotas. [Sobre esto, disertaba Eduardo Montagut en estas mismas páginas con una reseña histórica que no está de más consultar: ‘¿Pueden los trabajadores ser patriotas?’].

La sanitaria de la foto nos advierte de ese ‘otro’ virus del fascismo. Y como si de una competición de virus se tratara, vemos por un lado a esos 2 millones de españoles con coronavirus (según el estudio de seroprevalencia) y, por otro, a esos otros 3 que votaron a Vox. Ninguna pega. Sigo siendo demócrata y no contagiada. Visto cómo está el patio, habría que portar carné de ambas cosas.

Cuando los veo con esos grandes carteles de ‘¡Gobierno dimisión!’ pienso que -qué lástima que no les haya tocado a ellos lidiar con este tremendo marrón. Luego, recapacito y digo, -si ellos gobernaran, mejor no nos hubiera ido, pero mucho peor sí viendo cómo se las gastan. Mientras ellos se manifestaban por las calles de España, otros en casa hemos aplaudido que este Gobierno haya aprobado el ingreso mínimo vital. Las colas del hambre y los atascos de coches también nos dejan un collage tremendo y contumaz.

Leo y escucho cómo se tilda a este gobierno de “criminal”. Quizá sea eso lo que más me revuelve por dentro porque el nivel del insulto alcanza la ignominia. Pero si quieren jugamos con las mismas cartas y entonces podemos inquirirles, a los de las banderas, los coches y las mascarillas de marca, con esa misma acusación tan gruesa de ¡criminales! Porque con sus acciones irresponsables ponen en jaque a toda la sociedad, también a ellos mismos. ¡Qué incautos!

Estos días me ha dado por releer a Stuart Mill y su ensayo ‘De la libertad’. Cuando era joven, este filósofo británico abrió en mi mente caminos interesantes que explorar. Como otros pensadores conformaron parte de mi personalidad. El respeto por la individualidad, por la libertad bien entendida, me fascinó. Para que vean que ser de izquierdas no excluye entender e incluso coincidir con planteamientos muy ligados al que fue uno de los padres del liberalismo moderno. Dice Stuart Mill: ‘Todo el que recibe protección de la sociedad, debe algo por el beneficio (…) Vivir en sociedad hace indispensable que cada cual esté obligado a observar cierta línea de conducta respecto a los demás (…) Los llamados deberes respecto a nosotros mismos no son socialmente obligatorios, salvo que las circunstancias los conviertan, al mismo tiempo, en deberes con los demás’.

El derecho a manifestarnos (como deber íntimo), el derecho a no llevar mascarilla si nos place (como derecho propio) pierde toda legitimidad cuando se convierten en deberes con los demás, cuando nuestro derecho pisa al de otros. Ahí incide la imagen de la sanitaria, ‘nosotros curamos y ellos contagian’. No estaría mal que los del bus de ‘Gobierno dimisión’ se lean el ensayo de Stuart Mill, siglo y medio después. Quizá aprendan algo de corresponsabilidad en su particular desescalada fascista, que es precisamente todo lo contrario a esa libertad que enarbolan con tanta efusión.

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