Cuarto de primaria

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Cuando estaba en cuarto de primaria, mi maestra Cande nos enseñó una mañana del primer trimestre (debía ser en noviembre de 1995), el tema de «El Imperio Romano», con el manual de Geografía e Historia entre los dedos. Para ilustrar cada periodo histórico, venía en el libro un dibujo de la misma casa siempre, con los mismos personajes, que iban recorriendo cada época. La casa estaba cortada por la mitad y se podía ver el interior y colarte en las vidas sus habitantes, como en la portada de la 13, Rue del Percebe.

A aquellos personajes ya los conocía desde la prehistoria. Les había cogido cariño y me había gustado ver junto a ellos cómo descubrieron el fuego, la agricultura; cómo pasaron de no conocer sino lo que tenían a su alrededor a figurarse todo un mundo fantástico en la Grecia Antigua. Y luego una organización muy jerárquica de los ciudadanos en el Imperio Romano. Descubrí junto a ellos las leyes y la organización del estado y la democracia, conceptos fascinantes para mí. Me encantaba dar la vuelta a la página y ver como aquellas mismas personitas se iban pareciendo más y más a mí, y sus costumbres eran cada vez más cercanas a mi forma de entender la vida.

Aquella mañana de noviembre, si no recuerdo mal, estábamos haciendo los ejercicios en el aula, gigantesca en mi memoria infantil, y no pude frenar mi curiosidad de ir una página más allá en cuanto terminé el Imperio Romano. No quería leer el texto: a esa edad tenía muy presente que los temas se daban en su momento, junto a los demás niños, y que no debía seguir avanzando antes que ellos; así me lo habían contado. Pero por una vez me atreví y, de pronto, el alma se me encogió porque mis amigos, a esas alturas, estaban más tristes que en la página anterior.

La casa de aquel libro era ahora más antigua, y todo lo que el hombre había logrado en la página anterior parecía no haber servido de nada en la siguiente. Llamé corriendo a la maestra y le dije: «Señorita, mi libro está mal, está al revés: hay una página, «La Edad Media», que no va donde debe. Tiene que ser anterior al Imperio Romano». No paraba de pasar la página hacia delante y hacia atrás, y no podía más que pensar que alguien me estaba enseñando la Historia al revés, de nuevo hacia cuando no entendían que todo podía ser más humano y hermoso.

Cande me explicó brevemente que el libro estaba bien, que había sido un periodo de retroceso, un largo parón para la humanidad en el que el Cristianismo se había impuesto, y el hombre había dejado de ser el centro de su mundo, conformándose con la vida gris y sombría que llevaba y confiando en ganar el paraíso, lugar a dónde debía llegar para ser feliz y verdadero.

Yo solo veía una página oscura, a mis personajes dibujados con más miedo y más tristeza que en la página anterior. Y así fue como dejé de creer en la religión y el Dios que me habían inculcado, y después en Hegel y sus ideas sobre el progreso ordenado de la historia. Porque faltaba luz en aquel mundo terrible y lleno de pecados y hogueras; y a mí, ya desde pequeña, nunca me gustó la noche cerrada.

Alba Sabina Pérez 

Sabine à la plage

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