Dura es la historia. Sobre todo para quienes han tenido que hacerla, sufriéndola. Quizás, por esto, hemos visto acciones “estatuoclásticas” (destruir estatuas) lo cual no es nuevo, ni sorprendente, ya que esto ha tenido implicaciones religioso-políticas. Recordemos a los iconoclastas (eikón=imagen, representación, y klao=romper, en griego) de tiempos anteriores. Para citar sólo a algunos: el faraón Akenatón, en Egipto, y unos 1300 años antes de Cristo, decretó que sólo había un solo Dios, creador de todo que era Atón (el sol);se declaró Hijo de Dios y mandó eliminar a los dos mil dioses restantes, incluyendo la destrucción de sus estatuas.

El emperador bizantino León III (cristiano, desde luego), inició un movimiento iconoclasta que llevó a destruir las imágenes sagradas, por considerarlas culto a la idolatría.

Los misioneros ibéricos en América, destruyeron los dioses indígenas, dando un duro golpe psicológico a los nativos. ¿Por qué? Porque, en un tipo de vivencia religioso-trascendente, si alguien ve destruidos sus dioses, ¿qué le queda?

La historia está ahí. No es papel del historiador juzgarla, o negarla, sino explicarla, hasta donde sea posible

Más recientemente, los talibanes destruyeron en Afganistán, dos gigantescos Budas de 1500 años de antigüedad, alegando que el Islam es contrario a la idolatría….

Entonces, la “estatuoclastia”, no debe sorprendernos. La pregunta es ¿por qué esta última que estamos presenciando? Y, ahí entramos de lleno en el tema, que no es fácil de tratar en esta situación de polarización socio-política, en que la historia es vista sólo con dos polos: blanco o negro; buenos y malos. No hay gris; no hay “mediobuenos”, ni “mediomalos”. Ah, desde luego, los buenos somos nosotros, y los malos, los otros, en una relación de enemistad que debe, necesariamente, llevar a la destrucción de los malos. Es la idea maniqueísta (de Manes, sabio persa del siglo III d. Cristo) que, aunque se niegue, corre oculta por las venas de las enseñanzas cristianas, acerca de la existencia de dos principios: el Bien y el Mal, en una eterna lucha irreductible. Aunque, en la doctrina cristiana, Dios, al final (tal vez sólo al final) vence a Lucifer (= ”El que porta la luz”, en griego).

Pero la historia no es blanco o negro, sino gris. Está hecha por todos los seres humanos, con sus abundantes vicios y escasas virtudes. Si los seres humanos fuesen todos buenos, no habría historia. Estaríamos en el Paraíso, oyendo el canto de los pájaros y el murmullo de los ríos. Pero, no. A Eva, esa “Madre de todos los vivientes”, como la llama el Génesis, se le ocurrió que no era lógico que Dios-Padre creara un árbol que tenía una fruta, por demás, provocativa, y que les prohibiera comérsela. Algo raro había ahí, pensó ella y, decidió investigar. Así que fue y bajó la más hermosa y colorina, y le dio un buen mordisco, mientras al “macho” Adán le temblaban las piernas y alzaba los brazos con gesto de ahogo, clamándole a Eva que no, y que no, por miedo a Papá Dios. De todas maneras, comió también, aunque, trabando los dientes que, hasta ese momento, estaban impecables.

Cuando el Señor Dios, que estaba atisbando lo que pasaba con esa costilla, transformada con sus omnipotentes manos en una adorable y, para Adán, irresistible criatura, y cuando ya habían acabado la manzana y no sabían qué hacer con las pepitas, se presentó furioso a hacerles el reclamo y a imponer el castigo, Adán, en vez de poner la cara, se lavó las manos y , el muy cobarde, le echó la culpa a Eva. De nada le sirvió. El Señor llamó al ángel de la espada de fuego, y los arrojó del Paraíso. Y… aquí estamos. Es decir, aquí está la historia. Tal como está. Tal como estamos viviéndola. Y, siguiendo el mito bíblico, su fundadora, ante la cual me inclino, fue Eva. La mayoría ignoramos, cuánto sufrimiento les ha costado a las mujeres ese hecho. La culpa de Eva, si a eso puede llamarse culpa, fue la de no ser conformista y tratar de ser ella misma. Quizás merezca un monumento indestructible, en las páginas de la historia o, por lo menos, de la cultura. Y, quizás, sus sucesoras merezcan un tratamiento decente, sin exclusiones, ni discriminaciones de ninguna índole, en la vida diaria.

Entonces: La historia está ahí. No es papel del historiador juzgarla, o negarla, sino explicarla, hasta donde sea posible.

Hegel ha dicho que son las pasiones las que mueven la historia. Pero, la historia nos ha enseñado también que, a través del intelecto y, por medio de la educación y la lucha, podemos moderarlas o encausarlas para bien de todos, teniendo como base la identidad humana.

12 de octubre de 1492. Para unos un “descubrimiento”, es lo que me enseñaron de niño. Para otros, “una invasión” o “colonización”, como sostienen algunos intelectuales y muchos activistas. Para mí, hoy, un encuentro desigual, y trágico, para las culturas precolombinas, forzado por la historia europea.

Para la primera visión, Europa, en general, y España en particular, se sentían civilizados y con derecho divino o natural, a expandir la civilización y, en el caso de España, a imponer la religión verdadera. Para ellos se trató de un proceso civilizatorio. Que incluía la expoliación. Pero, para los europeos, era cambiar trabajo y sacrificios, por la salvación de las almas. Los indígenas (que no indios), no entendían mucho el asunto. Para ellos, fue una invasión-colonización y, en todo caso, una masacre, de sus vidas y de sus costumbres y creencias. De sus dioses y de su historia.  La violación de sus mujeres y el fenecer de sus hombres en el servil trabajo de las encomiendas, de las haciendas, o en el infernal de las minas.

Documentado está que, antes de entrar a las minas del Alto Perú, se celebraban los funerales de los indígenas que allí dentro, iban a morir. Funerales de cuerpo presente pero, ¡vivos, todavía! Eso para no nombrar a los conquistadores carniceros que, con endemoniados perros de presa, o con sus espadas, degollaban o destrozaban, despiadadamente, a hombres, mujeres y niños, muchas veces sin motivos de rebeldía, sino por el gusto de ver correr la sangre y por el placer de crear terror. Eso pasó. Y, el historiador sensible, no puede celebrar ese proceso, aunque intente explicarlo. Ni siquiera al recordar que no es caso único, porque la historia está llena de ellos.

El acontecimiento quedó allá, hace poco más de 500 años y, no puede ser cambiado. Pero, como hecho histórico, sí

Desde la salida del Paraíso, estamos invadiendo y colonizando. Desde la segunda generación humana, la de Caín y Abel, estamos matando. Es, desgraciadamente, una constante histórica. Pueblos enteros han sido masacrados o desaparecidos, en todos los continentes, y no podría estar en contra de que los descendientes de las víctimas, cuestionen símbolos que representan a los victimarios de sus antepasados, máxime si ellos, los descendientes, siguen siendo víctimas.

¿Qué hacer frente a eso, si la historia, como acontecimiento, ya fue? Está ahí como parte de nuestro pasado, y martillando nuestro presente.

Y, ahora, cuando digo “nuestro”, me refiero a que nuestra sociedad (latinoamericana en este caso), no está formada sólo por indígenas, sino por blancos y “blancuzcos” que se creen europeos; por afroamericanos cuyos antepasados arrastraron las cadenas de la esclavitud y, sobre todo, por mestizos de todo tipo, como yo, y por inmigrantes de otras partes del mundo.

Sociedad y análisis histórico complejos. Y, aclaremos metodológicamente, algo, de una vez: la historia tiene dos niveles. El primero es el acontecimiento, “lo que ocurrió”. En otras palabras: es la acción humana, en el tiempo y en el espacio, y la narrativa que se hace de ella.

El historiador se acerca al acontecimiento, y lo mira con los ojos de una teoría de la historia y de la sociedad (conjunto coherente de conceptos), o con alguna ideología o creencia que lleva en su cabeza. Y lo “recrea”, con-formando el hecho histórico. La historia no está en los documentos, como creen los positivistas, porque esos son seleccionados por el historiador. ¿Podemos, entonces, ser objetivos? Sí, porque constituimos el acontecimiento como objeto de estudio. Lo que no podemos es ser neutrales, porque lo “recreamos” y lo convertimos en hecho histórico, a través de una teoría o, en todo caso, de una visión del mundo, con las cuales, necesariamente, tomamos partido. Ese es el aporte del historiador. Y no es poco, para poder comprender, e intentar explicar la acción humana, en el pasado.

La historia puede reescribirse (de hecho se hace todos los días), o con los cambios políticos porque el poder, siempre, escribe la historia oficial; la que hay que recitar en el proceso educativo.

El caso de nosotros los mestizos, es muy distinto: no estábamos aquí; somos hijos de la conquista, de la colonia y de la violación

El acontecimiento quedó allá, hace poco más de 500 años y, no puede ser cambiado. Pero, como hecho histórico, sí.

Ahora bien: España dominó América e impuso una cultura. Comenzando por el nombre del continente. Y, salvo grupos de hermanos indígenas que conservan su cultura, y afroamericanos que practican algunas de sus tradiciones, las mayorías vivimos la cultura tradicional que trajo España y, luego, los aportes de la Europa moderna con su visión ilustrada, expresada en los derechos del hombre y del ciudadano (varón propietario), con su derivado de los derechos humanos, a partir de los cuales, criticamos hoy a la misma Europa, en general y, a España, en particular, como potencias dominadoras.

Volviendo: Los indígenas puros, si los hay, pueden criticar el pasado dominador. Sus antepasados, estaban aquí. Lo mismo los afroamericanos cuyos antepasados fueron arrancados de su África nativa, aunque creo que ya se identifican como americanos; los blancos, se sienten descendientes directos de los europeos, básicamente, españoles. El caso de nosotros los mestizos, es muy distinto: no estábamos aquí; somos hijos de la conquista, de la colonia y de la violación. Negados, al principio, por el padre español, por no ser blancos, y por la madre indígena porque tampoco éramos “indios”, comenzamos a buscar nuestra identidad. Y… en eso estamos. A esto hay que agregarle una más amplia “mestización” (conste que no digo mestizaje), por la mezcla del blanco con la africana, lo que dio el mulato. Y el africano con la india, lo que dio el zambo. Así que somos “mestimulzambos”, en búsqueda de una identidad, porque al tener al blanco dominante como referencia, al considerarse y hacerse considerar como poseedor del “ser”, nuestras identidades han quedado diluidas en la nebulosa de la dominación. Social y mental.

El encuentro forzado, porque obedeció a un momento de necesaria expansión europea, por la economía y la demografía, dio como resultado esta mezcla social y cultural, con dominio de la herencia hispánica. No puede verse en términos de bueno o malo porque, si de eso se tratara, habría que decir que no todos los españoles eran malos, ni todos los indígenas, o africanos, eran buenos. ¿Qué llegó lo peor de España como me enseñaron?  Tampoco es tan cierto. El hecho de que vinieran excarcelados en algún viaje de Colón, no autoriza a decir que todos fueron lo peor. No. Llegó lo que había disponible y necesario.

Tampoco y, en los mismos términos de una visión romántica, hace un tiempo de moda, podemos decir que todos los indígenas eran buenos, o que vivían en paraísos de paz. Vean las grandes culturas: los Aztecas vivían en guerras permanentes. Por dominio o por cuestiones religiosas, en busca de víctimas para los sacrificios al sol con el fin de que no se detuviera.

Los Incas tenían un imperio expansionista que, por el norte ya había ocupado el sur de lo que hoy es Colombia, y por el sur del continente, había llegado al río Bío-Bío, donde los pararon los Araucanos que hoy tienen en ascuas al gobierno chileno.

Decía Cicerón, el gran jurista y orador romano, que la historia es la maestra de la vida; Magistra Vitae, la llamaba. Creía (creo que muy ingenuamente) que podríamos aprender de ella. Dos mil años después, no lo hemos hecho

Que se sepa, los Incas no fueron más allá de Los Andes porque, a esos pueblos los consideraban salvajes. Y, cuando los Incas, “incaizaban”, trasladaban poblaciones enteras conquistadas, a otros territorios más manejables y, allí, les imponían el lenguaje, la cultura y los dioses del imperio incaico.

Y no olvidemos: fueron indígenas los que ayudaron a Hernán Cortés a derrumbar el protoimperio azteca, y los que ayudaron a Francisco Pizarro a destruir el Imperio Inca.

En cuanto a la esclavitud afroamericana: algunos reyes o señores africanos, cazaban a sus coterráneos en otras poblaciones fuera de su territorio, y los vendían a los europeos, o los cambiaban por alcohol y baratijas. Ya en América, llegó a haber afroamericanos que se habían liberado, y que se convirtieron, a su vez, en esclavistas…

Eso que llamamos la realidad, siempre tiene, por lo menos, dos caras. Si sólo vemos una, la que nos conviene, quedamos como los buenos de la película pero, en el fondo, como farsantes. El historiador no puede ser “monocarista” porque la historia no es una película entre buenos y malos, sino la lucha de seres que se han denominado “humanos”, en conflicto, tratando, a veces, de regularlo, para poder sobrevivir. Más ahora, en este momento que es crucial para todos, cuando se olfatea la asquerosa peste de las bombas nucleares y cuando el planeta se nos degrada aceleradamente.

Decía Cicerón, el gran jurista y orador romano, que la historia es la maestra de la vida; Magistra Vitae, la llamaba. Creía (creo que muy ingenuamente) que podríamos aprender de ella. Dos mil años después, no lo hemos hecho.

Espero que los problemas que han surgido con relación a los símbolos del pasado, puedan resolverse equilibradamente, respetando las legítimas aspiraciones de los hermanos indígenas que siguen siendo marginados y víctimas de despojos, sin que el Estado, ni la sociedad de la que decimos que forman parte, les responda. Pero que, también, ellos respeten la parte de la cultura que no es indígena, y lo digo llevando sangre indígena en mis venas y en mi vivencia, porque soy mestizo.

Somos cultura. No exenta de crítica porque los seres humanos somos cambio permanente y, por lo tanto, hay que reestructurar las relaciones socio-políticas, con su respectiva visión del mundo, y esto ya no tiene plazo, en beneficio de las mayorías marginadas indígenas, afroamericanos, pobres sociales y diferentes sexuales, mujeres, siempre tan excluidas, desempleados, etc.

Que este 12 de octubre del, todavía, “viroso” 2022, nos permita hacer una reflexión y un esfuerzo por reencontrarnos en nuestro quehacer vital, y con nuestras culturas. De lo contrario, vamos preparándonos para cambiar el nombre de América. Y el de Colombia.

 

Jorge Mora Forero |Doctor en Historia de El Colegio de México.12 de octubre del 2022

 

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