Pueblo chico ¿Infierno grande?

Benjamin Trujillo Ascanio

La capacidad de coexistir, de relacionarse con los que compartimos un espacio, la convivencia y su calidad se convierten con el paso del tiempo en el fundamento de nuestra vida.

Muchas personas, cada vez más, desprecian esta circunstancia y definen su bienestar como la capacidad de sentirse bien con ellos mismos, solo con ellos, y de alguna manera desprecian o infravaloran las relaciones con las personas que los rodean.

No quiero, ni debo, convertir en verdad absoluta mi experiencia personal ni mi pensamiento actual sobre este asunto.

He vivido en sitios diferentes a lo largo de mi vida, grandes, pequeños y medianos. He tenido distintos puntos de vista sobre los entornos que compartí.

Hasta no hace mucho tiempo hice apología de la vida en las grandes ciudades, de sentirse anónimo, del placer de sentarte en una terraza y tomar un café en soledad, casi con la absoluta seguridad de que nadie iría a saludarte ni con intenciones de acompañarte.

Soñaba con las múltiples ofertas de cine, teatro, deporte en vivo, restaurantes clásicos y modernos, las tiendas de ropa o electrónica, los grandes almacenes, el paisaje humano de mujeres y hombres elegantes, los músicos en la calle.

Al mismo tiempo, señalaba la independencia que supone no ser conocido, de que prácticamente nadie supiera de dónde venías, de qué familia eras, de carecer de pasado en el sitio que vivías y a partir de ahí, de eso que expresas, se va elaborando una imagen propia de ser cosmopolita, de ciudadano del mundo, de modernidad frente a lo que te rodea, a los pueblerinos que te conocen de siempre o que preguntan sobre ti y en poco tiempo cuentan tus andanzas, unas veces solo las buenas, otras las malas y en bastantes ocasiones añaden infamias y mentiras a tu vida, a la de cualquiera.

Y entonces cuando esas conversaciones te llegaban, porque siempre vuelven, como los boomerang, pronunciabas la gran sentencia ¡Pueblo chico, infierno grande!

Durante mucho tiempo participé en ese proceso y fui cómplice de alargar ese refrán, de darle crédito, de convertirlo en cartel de bienvenida. Pero ya no pienso así, ni mucho menos.

Me explico: ese ir y venir de comentarios, verdaderos, falsas verdades o medias mentiras, o pertenecientes a otros, se produce en cualquier lugar del mundo ¡seguro! Independientemente del tamaño de la ciudad o pueblo, del continente o de la cultura.

Hay una gran diferencia: en los sitios chicos uno tiene la oportunidad de intervenir, de establecer contacto con los que menos te quieren, con los que critican, e ir cambiando sus opiniones, el cómo te ven, su percepción de ti; si no lo hacen allá ellos, otros problemas son la causa de su aversión, pero en cualquier caso tienes la capacidad de ir redimiendo “tus pecados” si los hay.

Además, todos, TODOS, somos un poco o un mucho cotillas y nos gusta saber de los demás. Te cuentan enfermedades, problemas con sus hijos o nietos, situaciones en el trabajo, y eso crea complicidad aunque a veces haya auténticos coñazos y monologuistas; vamos que siempre cuentan lo mismo pero qué más da; unas veces los evitas y otras no, según estés.

Gracias a este trajín de curiosidad se crea generosidad, capacidad para ayudar en situaciones difíciles, compañía, vecindad viva y real sin poses, en ocasiones altisonante pero de verdad…

Vivo en una isla pequeña, en un pueblo chico, como el resto. Disfruto hablando con la gente que convivo, viéndolos cada día y si han pasado semanas sin encontrarte con alguien te parecen años y repasas cómo está, su salud, sus hijos y algún comentario sobre un tercero con el que sonríes, o entristeces o maldices su mala suerte.

Hoy, además, tenemos wifi, fibra óptica, calidad sanitaria prácticamente envidiable, plataformas televisivas como en cualquier ciudad del mundo y a más y a más, como diría un catalán, un magnífico clima.

Sigo soñando con Londres, París, Berlín, con viajar en tren, con sentirme anónimo en una terraza de Roma, con ir a la opera y disfruto con la literatura y las películas que me trasladan en el espacio y en el tiempo.

Hablamos ayer en un puesto del mercado de lo que han subido los precios, de que esto no puede seguir así, de que murió una vecina, de que un conocido lo llevaron a Santa Cruz, a La Candelaria, tiene algo malo…

Por cierto, y tú ¿estás mejor? Si, si. Estoy mejorcito.

Voy hacia la punta del muelle, el tiempo está del sur y hay mar de leva, y entre los grises del suroeste aparecen trazas rosas que no temen a la bravura de la espuma blanca y enloquecida.

Vivo en un paraíso chico.

Benjamín Trujillo

btrujilloascanio@gmail.com

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