29/05/2020

Presentado el libro “Observando el Sol desde Tenerife. Una aventura sobre el mar de nubes”

Portada del libro “Observando el Sol desde Tenerife. Una aventura sobre el mar de nubes" de Manuel Vázquez Abeledo. Fotografía: Daniel López/IAC

“A la historia del Sol en Tenerife han contribuido la latitud de las Islas, el Teide y los alisios”. Esta frase del físico solar Manuel Vázquez Abeledo fue recordada durante la presentación de su último libro, Observando el Sol desde Tenerife. Una aventura sobre el mar de nubes, por el también físico solar del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), compañero y amigo José Antonio Bonet, encargado de reseñarlo. El acto tuvo lugar el pasado viernes en el Museo de la Ciencia y el Cosmos, de Museos de Tenerife, en La Laguna, y en él participaron además del autor y de Bonet, Rafael Rebolo, director del IAC, Javier Licandro, coordinador de Investigación de este centro, y Héctor Socas, director del Museo.

Manuel Vázquez Abeledo “ha sido un pionero de la Física Solar en España” y su contribución ha hecho que este campo sea en la actualidad “una rama de investigación muy potente en el IAC”,  afirmó Rafael Rebolo. Y añadió que el Grupo Solar de este instituto es un grupo numeroso, integrado por astrofísicos e ingenieros, con mucha experiencia en Física Solar, tanto en tierra como desde el espacio, y que por ello precisamente lidera el proyecto del Telescopio Solar Europeo (EST), que se instalará en Canarias.

Javier Licandro destacó que las generaciones posteriores de físicos solares del IAC le deben a Manuel Vázquez estar en un sitio tan privilegiado como el IAC, y le agradeció que hubiera abierto camino y dejado constancia escribiendo un libro como el que se presentaba. En este sentido, Héctor Socas recordó que este físico solar había dirigido la tesis doctoral a Valentín Martínez Pillet, actualmente director del National Solar Observatory de Estados Unidos y líder del Telescopio Solar Daniel K. Inouye (DKIST), que se instalará en Hawái.

De los guanches al LEST

La presentación audiovisual de José Antonio Bonet comenzaba, como el propio libro de Manuel Vázquez Abeledo, haciendo alusión a la “montaña de los guanches” y a las primeras ascensiones al Teide, seguido de las primeras expediciones científicas hasta las del siglo XIX. Citó al ilustrado José de Viera y Clavijo, quien dijo: “El destino del Teide ha sido en todos los tiempos el de ser considerado como el sitio del mundo más a propósito para las observaciones del cielo y de la atmósfera”. Y recordó que el insigne canario había sido testigo de una aurora boreal visible desde los montes de Taganana, como dejó escrito y como recoge el libro de Vázquez. Bonet también destacó la figura de Juan Fernández de Valderrama y Aguilar, astrónomo de Santa Cruz de Tenerife desconocido hasta el libro sobre su figura publicado recientemente de nuevo por Manuel Vázquez junto con Jorge Sánchez Almeida.

Es en el siglo XIX cuando se despierta el interés astronómico y meteorológico por la irradiancia solar y comienzan las expediciones a Tenerife, como la de Charles Piazzi-Smyth (1856) o Knut Angström (1895 y 1896). Ya en el siglo XX, se crea el Observatorio Meteorológico de Izaña (1913) y tienen lugar expediciones como la de Jean Mascart y Gustav Müller (1910), pero los estudios se interrumpen por los conflictos bélicos.

Sería ya en 1959, con motivo del eclipse solar total, cuya zona de totalidad pasaba por Canarias y que atrae a físicos solares de todo el mundo, cuando se crea el Observatorio del Teide. Poco después llega Francisco Sánchez, director fundador del IAC, quien estudia las condiciones como observatorio astronómico, y se instala el primer telescopio, con el que se estudiará la luz zodiacal. La década de los sesenta fue la de la colaboración internacional de las prospecciones solares y de la fundación de la Joint Organization for Solar Observations (JOSO), liderada por el físico solar alemán Karl Otto Kiepenheuer. En 1963, el jesuita español Juan Casanovas crea la Sección del Grupo Solar del Observatorio del Teide e inicia las prospecciones en Canarias. Tras las últimas campañas de los setenta en las Islas, se replantea la idea de construir un observatorio en la cima del Teide, que termina abandonándose. En 1977, Manuel Vázquez Abeledo se convertiría en el nuevo coordinador de la Sección Solar del Observatorio del Teide, donde nace también la Heliosismología para estudiar el interior del Sol.

Bonet hizo un recorrido por la historia de los telescopios solares en los dos Observatorios de Canarias, si bien sería el Observatorio del Teide el que albergaría la mayoría de ellos, empezando por el telescopio Razdow, el primero en Izaña. Destacó el telescopio alemán VTT, instalado en 1986, y el comienzo de la era tecnológica de los detectores electrónicos y el desarrollo de la Óptica Adaptativa. También la Torre Solar Sueca (1986), en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma, con la que se han obtenido imágenes espectaculares de la granulación solar. Recordó la firma de los Acuerdos Internacionales en Materia de Astrofísica de 1979 y la inauguración oficial de los Observatorios en junio de 1985.

Bonet finalizó su charla hablando de la necesidad de telescopios solares con alta resolución espacial (grandes aperturas), temporal (eficientes detectores) y espectral (gran dispersión de la luz). Destacó el primer proyecto de gran telescopio solar europeo (LEST), que se frustró a principios de los noventa por falta de financiación, y el proyecto actualmente en fase de desarrollo: el European Solar Telescope (EST), de 4 metros de apertura, un telescopio en el que participan 17 países.

SINOPSIS DEL LIBRO

Las Islas Canarias, un archipiélago en medio del Atlántico. En principio, nada que destacar a un observador externo. Sin embargo, desde la época histórica han llamado la atención, primero a navegantes curiosos y luego a científicos europeos. Y a ello han contribuido, en gran medida, el Sol, el Teide y los alisios.

Nuestra estrella fue una parte esencial en la mitología indígena y en la elaboración de un calendario que gobernase la agricultura. Los vientos alisios, al chocar contra las islas mayores, formaban un mar de nubes, sobre el cual se tenía una masa de aire sin turbulencias y con miles de horas al año para observar el Sol. En una de las islas, Tenerife, emergía una montaña, el Teide, que muchos llegaron a considerar la más alta del planeta, totalmente inhabitable por sus condiciones. En la época de las primeras navegaciones desde Europa, las llamadas Islas Afortunadas entraron en el campo de la leyenda.

Junto al método científico llegó la etapa de las medidas con telescopios y los primeros instrumentos meteorológicos. Y ningún otro lugar cercano a Europa y a los trópicos pudo competir con Canarias. Además, las Islas Canarias contaban ya con una red de puertos que permitía una buena navegación con las principales naciones europeas y la Península. La Meteorología y la naciente Astrofísica iban a colaborar para utilizar el Teide, y otras montañas cercanas, como sondas para estudiar la atmósfera terrestre y la superficie solar. En consecuencia, podemos estar orgullosos de disponer hoy en día, en nuestras cumbres, de las mejores instalaciones para estudiar el Sol.

Manuel Vázquez Abeledo, doctor en Ciencias Físicas y autor de varios libros de divulgación científica, nos proporciona en este libro, editado por el IAC, una visión personal de todos estos esfuerzos recordando que los factores citados no habrían conducido a nada sin la presencia de grandes personajes mezclados con grandes héroes anónimos. A la vez, este libro es un ejemplo de divulgación rigurosa salpicada de anécdotas curiosas e imágenes ilustrativas de toda esta aventura que se desarrolló, fundamentalmente, sobre el mar de nubes de Tenerife y La Palma.

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