jue. Sep 19th, 2019

“Más de la mitad de los españoles cree que he estado en la Luna”

  • En el verano de 1969, Pedro Duque tenía seis años. Aunque sus recuerdos son un poco vagos, el primer y único astronauta español sabía en ese momento que la llegada del ser humano a la Luna marcaría la historia. Cincuenta años después, Duque, que en total ha pasado 19 días en el espacio en dos viajes, admite que ningún otro acontecimiento espacial ha superado la expectación vivida aquel 20 de julio de 1969.

Desde finales de los años 50 hasta mediados de los 70, EE UU y la Unión Soviética protagonizaron una acelerada lucha por ser los primeros en enviar satélites y humanos al espacio y llegar a la Luna. Uno de los grandes hitos de esa carrera espacial ocurrió en abril de 1961, con el lanzamiento de la nave Vostok 1, que llevaba a bordo al cosmonauta soviético Yuri Gagarin. Fue el primer ser humano en viajar al espacio exterior.

Pero aún quedaba la misión más importante: alcanzar la Luna. Los estadounidenses iniciaron el Programa Apolo en 1960 para realizar sobrevuelos tripulados a nuestro satélite y buscar una zona para alunizar. El objetivo no se cumplió hasta el mes de julio de 1969, con la misión Apolo 11 y los astronautas Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins.

La noche del 20 de julio de 1969 millones de personas en todo el mundo fueron testigos de la llegada de los hombres a la Luna a través de sus televisores. Entre ellos se encontraba Pedro Duque, el primer y único astronauta español de la historia y ahora ministro de Ciencia, Innovación y Universidades.

Cuando la misión Apolo 11 alcanzó la Luna usted tenía seis años. ¿Qué recuerda de esos días?

Tengo recuerdos, no estoy muy seguro de si son reales o no, pero son plausibles. Recuerdo una televisión en blanco y negro al lado del techo en el salón de la pensión donde íbamos en Guipúzcoa, en Cestona. Todos estábamos expectantes. Todo el mundo sabía qué iba a ocurrir. Todos poníamos la televisión a la hora adecuada. No sé si lo vi en directo o en una segunda retransmisión; eso, de pequeño, quién lo va a saber. Pero sí recuerdo que fue un evento de los que marcaban a la humanidad entera.

¿Este acontecimiento influyó de alguna manera en su decisión de estudiar ingeniería aeroespacial? 

Podría ser, pero pasó mucho tiempo desde los seis años hasta el momento en que elegí. Yo tenía además otros condicionantes, porque mi padre era controlador aéreo y tenía relación con la aeronáutica. Quizá eso influyó un poco más. Lo que sí es cierto es que cuando estaba en el colegio estudiando el bachillerato no parecía nada plausible que ningún español se pudiera dedicar a cuestiones del espacio. Por eso yo tiré por la aeronáutica.

Ahora los niños y niñas de esa edad pueden ver la imagen real de un agujero negro, han oído hablar de ondas gravitacionales y saben que se descubren nuevos planetas que podrían albergar vida. Es como si el espacio estuviera más a su alcance. ¿Siguen queriendo ser astronautas?

Sí. No te digo que todos, pero muchos de los que se me acercan sí. No me ven solo como una curiosidad, sino como una opción para ellos. Eso es enormemente positivo. Primero tiene que existir la posibilidad de que un niño o una niña de un colegio cualquiera de España pueda llegar a lo que quiera ser si se esfuerza y tiene talento. Yo creo que las condiciones sí están. Además, España sigue participando en los programas espaciales dentro de la Agencia Espacial Europea (ESA). Lo importante es tirar de esa ilusión de niñas y niños y, una vez que se han entusiasmado por cosas de ciencia, ingenierías o medicina, a casi todos se les olvidará que querían ser astronautas porque encontrarán algo que les guste más.

O no… ¿No necesitamos astronautas en España?

Bueno, a lo mejor se necesitarían dos o tres…

¿Solo dos o tres podrían llegar a serlo?

Desde que se hizo la primera selección de la ESA a principios de los años 80 hasta hoy, solo ha habido uno, que he sido yo, en 35 años. Pensamos que esto mejorará, pero lo que no vamos a pensar es que haya cientos y cientos. No se trata de que la gente se frustre. En los años en los que chicos y chicas tienen que dar el paso para que les entusiasme estudiar, se les puede estimular haciéndoles pensar en los viajes espaciales y los astronautas. Es algo que se puede usar muy positivamente. Y yo lo intento.

¿Y qué hay de las niñas? ¿Ha aumentado su interés en estas carreras?

Se nota todavía bastante diferencia entre niñas y niños. Yo creo que en el imaginario infantil se identifica más a los varones con estas disciplinas. Esa brecha tenemos aún que superarla. No aprovechamos suficiente ni correctamente los talentos femeninos en las carreras técnicas e ingenierías. Tenemos que hacer más esfuerzos para generar en las niñas entusiasmo por la ciencia, la ingeniería, la técnica y las matemáticas.

¿La llegada del ser humano a la Luna ha cambiado nuestra visión del espacio?

Bueno, lo que ha cambiado muchísimo es la visión que tenemos de la Tierra gracias a la primera foto del Apolo 8 y la de la Luna completa del Apolo 10. El hecho de que esas fotos se propagaran por todo el mundo nos hizo comprender que en realidad estamos todos en una bola que es bastante grande, pero tampoco es infinita, y que necesitamos una visión global del cuidado del medio ambiente. En aquel momento los movimientos medioambientales eran prácticamente marginales. Cuando aparecieron esas fotos fue cuando adquirieron fuerza.

¿Pensó a lo largo de su carrera como astronauta que viajaría algún día a la Luna?

¡Bastante tuve con que me dejaran presentarme para ser astronauta! [Ríe] Hicieron falta años de esfuerzo inversor en las industrias espaciales españolas, una Ley de la Ciencia y muchos cambios en España para que eso ocurriera. A los 500 o 600 españoles que nos presentamos ya nos parecía mucho que nos dejaran. Que yo saliera elegido ya fue un privilegio absoluto, y que pudiera volar al espacio con los americanos y los rusos… Pero ya ir a la Luna hubiera sido el copón [risas]. La verdad es que nunca piqué tan alto.

Pero sí pudo conocer a algunos astronautas de las misiones que viajaron a la Luna, ¿verdad?

Con quien tuve más relación fue con John Young, que estuvo en la Luna dos veces. Estaba todavía en Houston y nos enseñó muchas cosas, nos dio pautas para que no nos ocurrieran otra vez los problemas que tuvieron ellos. Young estaba muy interesado en todos los nuevos programas, participaba en los diseños y levantaba la voz si hacía falta en cuestiones de seguridad y eficiencia. Fue un maestro para todos nosotros. También he hablado con Neil Armstrong, Russell Schweickart y Alan Shepard, pero maestro, maestro solo ha sido Young.

Cuando vemos las imágenes de hace 50 años parece todo muy arriesgado. ¿Cómo nos atrevimos a ir tan lejos?

Fue un atrevimiento, sin ninguna duda. Se necesitó un impulso absolutamente único y quizá irrepetible desde los poderes públicos con el presidente Kennedy y su entorno. En el mes de marzo de 1961 estaban pensando en reducir sustancialmente los presupuestos del espacio, pero el 12 de abril de ese año voló el ruso Yuri Gagarin, así que en mayo los estadounidenses multiplicaron por cinco su presupuesto. La idea se impuso desde arriba, eso fue imprescindible. Había, por supuesto, mucho afán en la carrera espacial por llegar antes.

Sí que era arriesgado y cada vuelo era algo nuevo porque no se podían hacer múltiples pruebas. Si hacían una prueba y salía bien, ya tiraban hacia delante, no como hacemos ahora. Armstrong decía que en su vuelo tenía el 90 % de probabilidades de salir con vida y un 50 % de alunizar y volver. Los porcentajes eran así, la gente lo sabía y consideraba que participar era un privilegio, pero también un deber.

¿Hubo un antes y un después tecnológico con la llegada del hombre a la Luna?

Hay tecnologías que se desarrollaron muchísimo en ese tiempo, cuando la NASA tenía más de cinco veces el presupuesto actual en EE UU. Se impulsaron algunas tecnologías, como las de Saturno V y sus motores cohete, que siguen estando muy cerca de lo puntero, aunque su sistema de fabricación es un poco caro. Rusia también lo intentó con el motor cohete que ellos utilizaban, el NK-33, y ahora lo están volviendo a utilizar porque ese cohete todavía es lo mejor que se ha hecho nunca.

Durante ese tiempo se desarrollaron cosas maravillosas porque había muchísimas personas trabajando, estaban muy bien conectadas y, sobre todo, tenían una misión muy clara. Luego, por supuesto, han surgido tecnologías de la información, han mejorado los sensores y los medios de cálculo, y con eso pensamos que lo que había en los años 60 está obsoleto. Aun así, ahora sería también arriesgado, pero no tanto porque tenemos muchos más medios.

Pero menos dinero… ¿Por qué los países invierten menos?

Bueno, al fin y al cabo solo lo hicieron EE UU y Rusia. Europa no ha tenido nunca el nivel de inversión que hizo EE UU, e incluso ahora invertimos diez veces menos que EE UU en programas tripulados. Son decisiones políticas. En los años 60 un líder específico hizo que la misión y el desarrollo tecnológico tuvieran lugar, y en Europa no hemos tenido tal impulso.

¿Qué se está haciendo desde la ESA?

Nuestra agencia tiene alrededor de una tercera parte del dinero de la NASA. Los niveles que ha alcanzado la ESA son muy buenos, pero no se dedica a todas las áreas porque no tiene suficiente cantidad de recursos. Una de las cosas que Europa ha decidido es no hacer grandes esfuerzos en los programas tripulados. Nuestras participaciones ahí son minúsculas respecto a los recursos que se utilizan en EE UU o en Rusia.

En otras áreas tenemos niveles tecnológicos homologables a los de EE UU. Si colaboramos en una misión con un satélite o un detector que vaya a los asteroides, a Marte o que observe la Tierra con precisión absoluta, no tenemos nada que envidiar. Vamos como socios de EE UU de igual a igual en todos los aspectos, pero en Europa nunca hemos invertido para llevar a personas al espacio.

¿Y nunca se invertirá más?

Pues no lo sé. Yo siempre he abogado por que Europa incremente sus inversiones a unos niveles comparables a los de EE UU. Allí pueden estar por el centenar de dólares por año y habitante en programas tripulados, y en Europa por 10 euros al año y persona. Hay países que invierten menos que la media, como España, que dedica de 4 o 5 euros al año por persona.

Está demostrado que la inversión en I+D es rentable. No se está gastando, se está invirtiendo para tener más. Esa idea, que está en la mente de los economistas y de quienes toman decisiones sobre los presupuestos, debería plasmarse en más dinero para la investigación, la universidad, el desarrollo de los productos y la creación de nuevas metas que empujen a las industrias a desarrollar tecnologías que después pasarán al mercado.

Todo el dinero que utilizó EE UU en esa carrera de 1961 a 1967 –en el 69 ya les habían cortado el presupuesto–, con unas 400.000 personas trabajando y cobrando sueldos, fue una gran inversión pública. Aumentó el prestigio de sus productos, el número de patentes y la competitividad de la industria americana. El estado recaudó en impuestos muchísimo más de lo que había gastado. La inversión reportó el 800 %.

Usted desde el Ministerio ha lanzado un plan sexenal de 2020 a 2026 que permitirá el incremento de 700 millones de euros en la aportación de España a la ESA. ¿En qué misiones estará destinado ese dinero?

Ahora es un poco prematuro decirlo porque aún se deben definir las propuestas desde la ESA. Por supuesto, está enmarcado en un incremento general de los presupuestos de I+D en España, que es lo que necesita el país para crecer, para que nuestros hijos tengan trabajo y las pensiones se puedan pagar; al final, ese ciclo se cierra con la I+D.

Si se produce este aumento de los presupuestos de investigación y desarrollo, intentaremos incrementar nuestra participación en la ESA. Lo máximo a lo que aspiramos es llegar a la media de Europa, tampoco vamos a tirar la casa por la ventana. Sin embargo, con eso sí conseguiríamos que la industria española se pudiera desarrollar mucho más. Mejoraría la competitividad de las empresas en microelectrónica, metalurgia, máquinas y herramientas, etc., y eso después permearía al resto de los sectores industriales.

Esa competitividad también aparece entre los países que retoman ahora las misiones a la Luna.  ¿Qué nos queda por saber de nuestro satélite?

Casi todo, porque al final hemos ido seis veces con doce personas que han traído muestras de unas zonas muy determinadas, pero no han ido a los polos, no han estado en la cara oculta… La exploración de la Luna era en realidad una carrera, explorar era secundario. Por lo tanto, no se hizo un plan absoluto. Así que, ¿qué nos queda por saber? Toda la geología planetaria se basa en las pocas cosas que sabemos de la Luna. Se determina la edad de la superficie de los diferentes planetas viendo la cantidad de cráteres que tienen y comparándolos con las rocas del satélite y su edad. Cuanta más precisión tengamos sobre la Luna, más sabremos de la geología planetaria.

¿Y qué hay de lo tecnológico?

Ya que tenemos un lado oculto que no recibe interferencias de la Tierra, podríamos poner detectores y hacer una explosión del conocimiento radiotelescópico del universo, por ejemplo. Pero hay cosas que nos faltan por hacer. Todavía no sabemos cómo vivir un tiempo razonable en la Luna y poder dedicarnos a la exploración. Habría que explotar los recursos in situ, construir refugios contra la radiación y aprender para después ir a otros sitios, como Marte, que es el plan que tiene EE UU. A ver si hay suerte y Europa puede participar ya de alguna manera.

¿Pero una base lunar sería realmente factible?

Claro, todo es factible. Es una cuestión de invertir en desarrollo y poner el dinero que requerirá su mantenimiento. Alguna gente piensa que cogemos el dinero y lo tiramos al espacio. Pues no. Todo ese dinero son sueldos de ingenieros, técnicos, científicos que trabajan en tierra para mejorar las tecnologías existentes. Si tienes una base en un sitio es cuando puedes hacer ciencia, si no, es como hacer geología sin tener ni tiendas de campaña. Hay que quedarse y pasar tiempo allí.

Yo creo que una base en la Luna sería factible y permitiría utilizar recursos in situ que podrían ser útiles en la exploración futura del resto de planetas y cuerpos del sistema solar. También, el hecho de ponernos esa meta haría que se desarrollara el transporte, los métodos de trabajo, la metalurgia, etc.

A pesar de todo el esfuerzo y el trabajo de ingenieros, técnicos y científicos y de sus gobiernos, sigue habiendo gente que no cree que las misiones espaciales nos aporten algo. ¿Qué les diría como astronauta y como ministro ahora?

Por supuesto que aportan. Ahora mismo la única forma de medir el clima global es utilizando sensores y detectores que están por fuera. Para eso tenemos el programa europeo Copérnico, con satélites de observación de la Tierra, del cual tenemos que estar muy orgullosos. Tampoco se puede vivir sin los satélites de telecomunicaciones. Ahora viene una nueva ola de baja cota que nos hará descubrir cosas sin las cuales ya tampoco podremos vivir. La Tierra es tan pequeña que, a poco que quieras hacer algo muy avanzado, tienes que salir al espacio.

¿Y qué les dice a los que siguen creyendo que nunca llegamos a la Luna?

Les digo que deberían tener cuidado. Creer en conspiraciones inverosímiles, como que las 400.000 personas de la NASA estaban implicadas en una gran mentira pero nadie se fue de la lengua, puede ser perjudicial. Pensar que todo el mundo está conchabado puede perjudicar a tu salud. Puedes empezar a creerte cosas que resultan realmente peligrosas y escuchar a un señor que te propone no ir al médico para curarte un cáncer, sino abandonar a tu familia y darle tu dinero.

Les diría que sí, que es verdad, que estuvieron en la Luna, que trajeron unas rocas y que la geología se basa en esas rocas. Ahora mismo tenemos satélites alrededor de la Luna que han hecho fotos a todas las banderas. El otro día las vi, menos alguna, que se ha caído. Creo que una de ellas fue la de Armstrong que claro, cuando es la primera vez que la pones, tampoco sabes cuánto hay que pinchar [risas]. A mí me preocupa que todavía haya gente que se crea que no fuimos a la Luna, que la Tierra es plana o hueca; pero más me preocupa que nieguen los mejores cuidados médicos a sus hijos.

¿Hay algún otro acontecimiento que haya pasado en estos 50 años que se pueda asemejar a lo que se vivió en 1969, o tendremos que esperar a poner los pies en Marte para vivir lo mismo?

En la conquista del espacio, poco o nada puede compararse a aquello, sobre todo en el imaginario de las personas. Más de la mitad de los españoles se cree que yo he estado en la Luna [risas]. ¿Por qué? Pues porque fue lo que llenó las mentes de ilusión. Las personas entienden que los exploradores llegan a sitios, no dan vueltas alrededor del planeta.

Desde luego, no ha habido nada parecido, aunque hayamos desarrollado unas tecnologías fantásticas y ahora tengamos satélites de 4 kilos que hacen lo que antes hacían los de 4.000 kilos. Tenemos satélites de telecomunicaciones con unos anchos de banda inimaginables. Tenemos el sistema Galileo, que es capaz de aportar precisiones de centímetros a localizaciones de cualquier punto de la Tierra. Todas esas cosas han sido grandes hitos, pero en la mente de las personas, llegar a un nuevo sitio es lo que realmente aporta.

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