mié. May 22nd, 2019

Los inicios de la lucha contra el caciquismo gomero

Existe una equivocada creencia entre algunos historiadores que la lucha contra el caciquismo imperante en La Gomera comenzó en la década de los años veinte y luego fue desarrollada en los treinta durante la II República. Realmente el malestar social y la organización de las clases populares de la isla contra el caciquismo comienza a principios de siglo, incluso mucho antes que en otros grandes municipios canarios. Sabemos que ya por esta época se reúnen clandestinamente en Cruz de Tierno (Agulo) distintos grupos de las clases populares de todo el norte de la isla para hacer frente a los abusos caciquiles.

Este artículo que ahora presentamos es una muestra de ese intento de las clases más humildes por hacer un frente común y organizarse.

El saludable resultado de la Asamblea de Mayo comienza á influir en la vida política de los pueblos.

Frecuentemente recibimos cartas de adhesión á la campaña emprendida contra el funesto caciquismo que ha venido imperando en esta isla, y todos nuestros comunicantes se muestran animados del mejor deseo para secundar esta labor de lesa patria, que tiende al saneamiento de nuestras costumbres políticas y á la restauración de nuestras perdidas libertades regionales.

Los primeros en dar este edificante ejemplo de patriotismo han sido nuestros paisanos de la Gomera, levantándose de su postración para arrostrar las iras del caciquismo, combatiéndole en sus mismos reductos.

Por cartas que hoy hemos recibido dé aquella isla hermana nos enteramos de la cruzada que algunos pueblos, de los más explotados, han emprendido contra los caciques que allí secundan la nefasta política de don Fernando y á los que el poder oficial ha entronizado en los puestos públicos para ejercer un irritante despotismo sobre aquellos sufridos isleños.

Véase lo ocurrido últimamente en el Valle de Hermigua, donde hoy se agita una entusiasta juventud que lucha ardorosamente por emanciparse de toda tutela caciquil. El viernes primero de Mayo circuló por el pueblo una convocatoria dirijida á las personas más significadas de dicho pueblo, excepción hecha de dos ó tres suizos del caciquismo, entre ellos el alcalde, hechura de aquél. La convocatoria estaba redactada en estos ó parecidos términos: «Se suplica á los señores que á continuación se expresan se sirvan concurrir á la casa ó salón de D. José Ascanio, el día 3 del corriente, á las dos de la tarde.» El día 2 apareció en la puerta de la Iglesia y en la de una tienda de comestibles, un edicto de la Alcaldía, prohibiendo, según unos imaginarios artículos de las ordenanzas municipales que invocaba, las reuniones sin permiso de la autoridad competente. El úkase [edicto] del monterilla se le comunicó verbalmente á D José Ascanio, para que no permitiera, por ningún concepto y con amenaza de multa, el acto mencionado. Nadie hizo caso del edicto, y, en efecto, la reunión privada se celebró, concurriendo á ella más de cien vecinos, que, poseídos por el mismo interés patriótico, acordaron constituir un directorio de once individuos para contrarrestar las inicuas persecuciones del caciquismo. Aquella misma noche, una parranda de tres ó cuatro individuos, parece que disparó unos cohetes en señal de júbilo; y este tremendo delito sirvió de pretexto al alcalde para mandar á San Sebastián un aviso á la guardia civil, la cual se constituyó en Hermigua, procediendo á practicar las correspondientes averiguaciones. Y, claro está, como no había habido ninguna alteración de orden público, ni nada reclamaba la presencia de los guardias, éstos comprendieron que estaban siendo juguetes del caciquismo, y así se lo manifestaron al alcalde, añadiéndole que, para otra vez, tuviese en cuenta que ellos no eran chiquillos dispuestos á satisfacer ruines y mezquinas venganzas; quiso replicarles D. Ciro Fragoso, presente en la entrevista, pero los guardias le cortaron la palabra, diciéndole que él no era el alcalde y, por tanto, que no tenía derecho para hacerles amonestaciones de ninguna clase. En vista de esto, la Alcaldía anda ahora instruyendo un expediente, y el caciquismo hace incansables trabajos para intentar una represalia en medio de su completa derrota.

Tal ha ocurrido en Hermigua, y el amigo que esto nos refiere,—un amigo imparcial y completamente desapasionado—termina su carta con estas halagüeñas palabras: “Barrunto, amigo mío, que estas son las últimas boqueadas del caciquismo”.

¿Verdad que es notable el acto de Hermigua, decretando en forma tan gallarda la muerte del caciquismo? Pues ese acto debiera reproducirse en los demás pueblos canarios, y principalmente en aquellos que se llaman ciudades cultas, progresivas y amantes de su decoro.

Entre ellas no hacemos excepción de la capital de la provincia. ¿Por qué no se hace aquí lo mismo que en Hermigua? ¿Es que por ventura no impera también entre nosotros un no menos odioso caciquismo, amparado por el poder oficial?…

Pues, á combatirle sin tregua.

El civismo hay que demostrarlo con hechos, y no con vana palabrería.

El Progreso. Viernes 15 de mayo de 1908.

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