lun. Sep 23rd, 2019

La eutanasia en “A vivir…” de Javier del Pino

Domingo Sanz: Nacido 1951, Madrid, Ciencias Políticas. Cárcel y todo eso, 1970-71. Licenciado en 1973. Director comercial empresa privada industrial hasta de 1975 a 1979. Traslado a Mallorca. de 1980 a 1996 gerente y finanzas en CC.OO. de Baleares. Actualmente jubilado pero implicado, escribiendo desde verano de 2015. _____________________________

En uno de los programas de radio más tristes y dignos que recuerdo, esta misma mañana de 24 de marzo Javier se preguntaba porque motivo, estando el 80% de la población a favor de la eutanasia, los partidos políticos no la legalizan y no lo plantean en las campañas electorales, más o menos así lo ha dicho, e inmediatamente me pasaron por la cabeza dos respuestas no tan distintas.

La primera es que en este asunto se juntan “el hambre con las ganas de comer”. La derecha española, que tanto inventa siempre para cerrar las puertas a cualquier cambio que signifique más libertad para las personas y que, por lo mismo, tantos huevos pisa a la hora de dar algún paso de los prohibidos por la cruel Iglesia Católica española, esa que tantos crímenes bendijo también en nuestro pasado reciente, confluye con la izquierda cuando gobierna, pues la eutanasia no deja de teñir los rincones de nuestro subconsciente con cierta sensación de fracaso, enlazando así con ese deseo de vida eterna a la que se apuntarían muchos ateos, y que a tantos alquimistas ha llevado de cabeza, en busca del elixir de la juventud eterna.

Por tanto, las malas noticias, y cualquier expectativa de muerte siempre lo parece, no son para las campañas electorales. Eso sí, salvo que sirvan para derrotar a quien, por maldad o debilidad, las oculta. Ejemplo de lo segundo, que se lo pregunten a Zapatero, por lo muy caro que pagó el PSOE la incapacidad de reconocer que nos estaba alcanzando una crisis económica que era mundial en 2008, ante unos dirigentes del PP que responsabilizaban al Gobierno de España hasta del Diluvio Universal pero que, a su vez, fueron ejemplo cabal de lo primero, la mentira consciente que proclamaron entre los días 11 y 14 de marzo de 2004,

Y pensando precisamente en lo políticamente incorrecto que es no dibujar el paraíso terrenal en los programas electorales, es cuando me ha venido la segunda respuesta, más personal.

Es la que me duele cuando yo mismo, que no tengo la menor obligación de ser cínico ante el teclado pues, entre otras cosas, no voy en ninguna candidatura, me resisto a defender que la legalización de la eutanasia, que es ante todo un progreso imprescindible por el respeto a la libertad que la política le debe a las personas, puede tener unos efectos económicos evidentemente positivos sobre la reducción del gasto público. Y ya metido en este fuego destructor, no terminaré sin antes denunciar a muchos líderes de derechas, esos que tan bien saben a lo que me refiero por lo muy liberales que se manifiestan cuando proclaman demagogias como la de que “el dinero está siempre mejor en los bolsillos de las personas que en los del Estado”. A veces dicen cosas que me hacen pensar que, si pudieran, volverían a quemar en las hogueras a cualquier alma caritativa de las que se la juegan para ayudar a dejar de sufrir a quien ya no es persona.

Gracias a los retrógrados, cada cierto tiempo aparecen en los periódicos noticias sobre el gasto farmacéutico, y también otras de fallecidos hace años que siguen sobreviviendo en algunos ficheros de la Tesorería General de la Seguridad Social.

No quiero terminar sin dejar constancia de que ese 80% al que se refería Javier me parece una prueba palpable de que vivimos en una sociedad que es muy capaz de comprender por sí misma lo que necesita, cuando los políticos que la lideran están tan atrapados por el autoritarismo en su ADN, o por las conveniencias de su cuenta corriente, que no son capaces de abordar los problemas.

No es, ni mucho menos la eutanasia, el único caso en el que se manifiesta la madurez colectiva, y también la valentía, pero, de momento, este debate sobre la vida y la muerte disfruta de la ventaja de que ningún gobierno se atreverá a enviarnos a los guardias de la porra, incluso aunque decidamos reclamarlo sacando las urnas a la calle.

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