Categorías: Opinión

l rey de España es el muro que separa la “calle” de la “política”

El viernes 25 supimos que la justicia del Reino Unido había decidido juzgar a un ciudadano español contra el que no se han atrevido ni los fiscales, ni los jueces, ni los parlamentarios españoles. En este caso, su ex amante Corinna lo acusa de unas amenazas en las que también estarían implicados el jefe del CNI y quien sabe cuántos altos cargos más.

Aymar Bretos, de la SER, leía esa misma noche un párrafo del juez británico que robó el sueño del fin de semana a Felipe VI y a su padre. Dice el magistrado que, si aceptaran la inmunidad de que disfruta en España, el emérito podría entrar en una joyería de Londres, llevarse un diamante sin pagar y largarse sin que nadie le detenga. ¿Verdad que le suena?

Le suena porque el ejemplo que ha elegido el juez UK es de lo más “normal”, pues coincide con lo que cualquiera piensa, y también escucha de otras personas, cuando alguien se imagina las consecuencias de ciertos privilegios.

En cambio, no es nada probable que alguien haya oído esa misma reflexión tan “normal”, la del rey de España cometiendo delitos impunemente, a ningún político importante, esos que siempre repiten lo de la Constitución de 1978 y etcétera. Sería “políticamente incorrecto”.

Ya era rey Juan Carlos I cuando Adolfo Suárez, en su discurso del 9 de junio de 1976, pronunció la frase que, para muchos, mejor definió la Transición: “Debemos elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es normal”. Pero en muy poco tiempo quedó claro que era una más de esas frases vacías que los políticos colocan en sus discursos para parecer trascendentales.

Soy de los que piensan que el de Ávila, para averiguar lo que “a nivel de calle era normal”, pues lo había dicho, se dedicó a realizar encuestas desde el gobernó y se enteró de que, para “la calle” lo más normal era República y no Monarquía, algo de lo que no nos informó, pero muchos años después desveló la periodista Victoria Prego.

No sabemos, Ley (franquista) de Secretos Oficiales mediante, si Suárez le dijo al rey que tendría que abdicar para que él cumpliera su promesa de acercar la  “calle” a la “política”, pero algo debió suceder porque, además de colocar la monarquía restaurada por el dictador en la Constitución, los Felipe González, Santiago Carrillo y otros “republicanos” tragaron además con una inviolabilidad del titular de la Corona que, con el paso de los años y los delitos del rey, está convirtiendo a España en un Estado-basura política y judicialmente hablando.

Dicho de otra forma, los políticos elegidos desde 1977 han sido y siguen siendo incapaces de legislar para consolidar una democracia que tiene mucho que mejorar, pues sus conflictos políticos de mayor relevancia terminan ante los tribunales internacionales.

De hecho, también serán jueces europeos los que dicten las sentencias firmes sobre los independentistas catalanes condenados a un siglo de cárcel por una justicia española que actuó de urgencia a la hora de coger el relevo de unos gobiernos del PSOE o del PP incapaces de resolver un problema político de España.

Y también acabamos de saber que, al hermano de la presidenta de Madrid y por lo del dinero que se llevó de unas mascarillas en cuya gestión no arriesgó ni un euro, donde lo van a investigar de verdad es en Europa. Ni que fuera rey de España. Para los europeos importantes e informados esto significa que Pablo Casado, el líder de la oposición que casi cada semana visitaba Bruselas, ha sido fulminado por investigar una operación presuntamente corrupta con fondos europeos de por medio, que ha implicado a líderes de su propio partido y que no estaba nada claro que fuera a ser investigada en España.

Hoy no tocaba corrupción, pero sí algunas de las grandes mentiras que, desde el fraude que supuso la Transición, no han faltado en los momentos decisivos de la política durante estas décadas de monarquía y que consiguen que la “calle” se distancie de los “políticos”.

La consigna de Felipe González, “OTAN de entrada no”, consiguió el peor resultado de cualquiera de todos los referéndums convocados desde la muerte del dictador. Aznar, por su parte, con la falsa acusación sobre los atentados del 11M de 2004 también hizo reaccionar al electorado en las urnas y provocó la inesperada derrota del PP tres días después. Por poner dos ejemplos.

Y las mentiras que traicionan con la excusa de una “razón de Estado” que en realidad va por barrios, también rompen la confianza de la “calle”. Es el caso de la perpetrada por Sánchez contra los saharauis, en la que, además, el hecho de que fuera Mohamed VI quien desvelara que el gobierno de España había cedido a sus exigencias, rompiendo también con lo establecido por la ONU para el futuro de una antigua provincia española, provoca que se haya multiplicado el número de marroquíes que sueñan con españoles que les limpian los zapatos, aunque cualquier trabajo puede ser muy digno.

No es extraño que sean demasiados los CIS consecutivos en los que “los políticos” aparecen como uno de los tres problemas más importantes para “la calle”, pero como dice el profesor Sánchez Cuenca en su nuevo libro, en todas las democracias hay partidos políticos y no se ha inventado una solución mejor.

En cambio, este mismo CIS nos oculta desde hace más de seis años la valoración que la monarquía le merece a “la calle”. Además, a diferencia de los partidos, solo una de cada cinco democracias son monarquías, y Jamaica ya está pensando en seguir los pasos de Barbados para abandonar la Corona inglesa y convertirse en república.

En cambio, en la monarquía española, a pesar de asuntos como el de Urdangarín o el del rey anterior huido en Abu Dabi y a punto de ser juzgado en el Reino Unido, se permite Tezanos, que es lo mismo que decir Sánchez, insultar a toda “la calle” respondiendo, cada vez que la prensa le pregunta, que la monarquía no es un tema de interés para la sociedad.

¿Seguirá la sociedad española, la misma a la que Suarez llamó “la calle”, consintiendo que se repita el gran fraude de la Transición e impedirle de nuevo que pueda trasladar su “normalidad” a la política?

¿Renunciará “la calle”, otra vez, a todas las ilusiones y los entusiasmos que despertaría la posibilidad de enviar la Monarquía al baúl de los recuerdos y construir la República?

¿Acaso siguen los miedos?

 

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