jue. Abr 25th, 2019

Agarrotar a Sánchez, el plan A tras el 28 de abril

Domingo Sanz | Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid.

La demoscopia proclama que Pedro Sánchez será el líder que saldrá de las urnas con más opciones a la hora de formar gobierno. Y también que podrá hacerlo mediante geometrías variables.

Por muchos motivos, nos dejan cada día de piedra los mismos Casado y Rivera que no paran de demonizar al socialista, pero las cosas que se atreven a decir demuestran que cualquiera de ellos habría pactado hasta con Satanás para poder convocar a generales desde La Moncloa. Otra cosa es que nadie estuviera dispuesto a entenderse con ellos.

Teniendo en cuenta que saben que entre ambos van a sumar menos diputados de los que tenían, los sinceros defensores de la democracia deben preocuparse desde ya por lo que Casado y Rivera puedan estar tramando para seguir bloqueando la política tras el 28 de abril. A fin de cuentas, tienen experiencia y contactos pues ese objetivo, ilegítimo cuando busca alterar la voluntad del electorado, era el mismo que movía a la “policía patriótica” encargada de desestabilizar a Podemos para limitar sus posibilidades de alcanzar el gobierno, según sigue desvelando el poliédrico asunto Villarejo.

En consecuencia, los excesos verbales de los portavoces de PP y Cs solo buscan quitarse votos entre ellos, pues ya no pueden ni matizar su mensaje cargado siempre de amenazas, por mucho que las encuestas les muestren el abismo. Además, traiciona a ambos partidos el hecho de que están obligados a preferir que, quienes les abandonen hacia posiciones más radicales, voten a los de Abascal en lugar de abstenerse. Partiendo de que los tres de Andalucía no conseguirán sumar en un mapa electoral mucho más complejo, Casado y Rivera solo piensan en cómo apartar de Pedro Sánchez el cáliz de volver a comulgarse un pacto como el de la moción de censura. Porque, además, el del PSOE dispondrá de mucha más autoridad y poder que tras el 1 de junio.

Las elecciones del 28 de abril se van a celebrar en clave Catalunya, no hay más que contar la cantidad de veces que se escucha la palabra/número ciento cincuenta y cinco/155. Incluso a Pedro Sánchez no le ha quedado más remedio que nombrarla, quizás para compensar la avería que le acababa de ocasionar Iceta con su 65%. De hecho, nada malo le han hecho estos días los de Torra que justificara un 155 contra una unilateralidad que no están mencionando. Y le ha tenido que costar a Pedro mentar la soga en casa del ahorcado, pues nada había dicho de Catalunya en la presentación de su programa electoral, en medio de la sorpresa mediática. En mi humilde, lo que demuestra esa ocultación es lo de siempre: que si algo escondes es porque necesitas manejarlo sin condiciones (recuerde lo de ser “dueño de los silencios”) y también porque no se trata de una nimiedad.

Siempre con propuestas desde este teclado, nos permitimos pedir a la Junta Electoral que prohíba el número 155 del lenguaje en los medios públicos, más que nada porque se trata de una consigna política de un grupo de partidos contra otros, y para hacer justicia natural tras las palabras ya prohibidas, solo a los catalanes al parecer, de “presos políticos” o “exilio”. Y, de paso, que no ponga pegas al debate electoral en la cárcel solicitado por el otro Sánchez, Jordi. O que los dejen de una vez en libertad a todos porque, ausente el motivo, nadie tendrá que pronunciar la palabra prohibida.

Procede, en consecuencia, sostener que los votantes que elijan PSOE, Podemos o nacionalistas estarán a favor de dialogar sobre Catalunya y sin excesivas condiciones pues, por ejemplo, quien podría negar ahora que, si Casado más Rivera no consiguieran porcentaje de bloqueo, no será fácil convencer a Sánchez, que sigue siendo el mismo que renació de sus cenizas, para que renuncie a ser el líder de una reforma constitucional de cierto calado. Y, en cualquier escenario, si mediante presiones en la oscuridad los perdedores PP y Cs intentan impedir el diálogo, como ya hicieron con lo del “relator”, estarán torciendo la voluntad popular sin legitimidad.

El plan A de la derecha española consistirá en consentirle a Sánchez los presupuestos que le negaron los independentistas, y quizás alguna reforma en asuntos transversales, con tal de que mantenga mano dura en Catalunya mientras sigue el desastre judicial. Esto implica una diplomacia perdedora, pues necesitará seguir despreciando movidas contra los excesos represivos en España, como la de los senadores franceses, que no habrá sido la última.

En caso de que Sánchez insista en dialogar, el trío del pacto andaluz pensará en un plan B que solo podría ser golpismo entre bambalinas. Para especular sobre esta opción habrá que esperar a que se ponga en marcha la ronda electoral del 26 de mayo, con la mirada puesta en el nuevo Parlamento europeo y en el resultado de los independentistas catalanes que, si saben defender sus papeletas de voto en toda España, podrían provocar una sorpresa de tamaño superior.

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