dom. Mar 24th, 2019

Los Reyes Magos

Por Montserrat Martín Blanco

Los Evangelios nos indican pocos datos sobre los Reyes Magos: en tiempos de Herodes el Grande, rey de Judea, sabiendo el nacimiento de Jesús en Belén, llegan unos magos de Oriente preguntando por el niño (Mt 2, 1); Herodes les llama en secreto para que le precisen cuándo supieron la noticia y le avisen en el momento en que le encuentren, a fin de rendirle él mismo homenaje (Mt 2, 8).

Se ponen poco después los dichos magos en camino, ofreciéndole como regalos oro, incienso y mirra como signo de adoración ante su madre (Mt 2, 9-11), regresando por otro camino a su lugar de origen tras recibir en sueños un aviso (Mt 2, 12), burlando así a Herodes (Mt 2, 16), que manda matar a todos los niños menores de dos años de la zona de Belén.

El Evangelio de Mateo aclara que este episodio es el cumplimiento de las profecías de Miqueas (Miq 5, 1), sobre el nacimiento de un jefe en las ciudades de Judá; y de Jeremías (Jer 31, 15) sobre el llanto de Raquel ante la pérdida de sus hijos (Jesús es descendiente de Jacob a través de Raquel, cuya estirpe es descrita en Gn 29).

No se debe perder en el horizonte que los Evangelios no son libros históricos, sino libros de fe: no se explica una verdad factual, empírica sino que hablamos de una historia revelada y vivida, experiencial, donde lo subjetivo cobra importancia junto con el fondo de lo histórico que permanece detrás.

Lo que se transmite en los Evangelios es una evocación histórica, suficiente para que el oyente contextualice los acontecimientos. De esta forma, la Historia es evocada e interpretada por medio de la fe transmitida.

El Evangelio de Mateo –o de los seguidores de Mateo– está dirigido a un público judío, de manera que el evangelista incluye referencias de las Escrituras judías o datos que tienen interés concreto sólo para los judeocristianos, en el difícil momento de los años 40 al 80, cuando la primera generación cristiana está ya desapareciendo, tomando el relevo la segunda (70-110 d.C.).

El hecho de que sólo se nombre a los Magos en este Evangelio responde, con plena seguridad, al uso por parte del evangelista de una fuente propia de tradición oral, diferente de la empleada en común con Marcos y el uso de la llamada fuente Q, esto es. la fuente propia de los dichos de Jesús que fue usada por los tres evangelistas anteriores, originalmente en griego.

Varios son los aspectos que aparecen en este texto para mostrarnos hasta qué punto siglos de cristianismo europeo occidental han convertido unos breves versículos en toda una tradición.

El uso del término magos, según los investigadores, nos remite a la figura de los astrólogos o sacerdotes paganos, posiblemente de origen persa, y en ningún momento se nos indica su número concreto: es Orígenes de Alejandría (siglo II) el que, ante la presencia de los tres regalos entregados, los asocia a tres personas diferentes; conveniencias artísticas posteriores colaboraron en asentar el número de tres magos –tres reyes– en la imaginería popular, así como al papa León I (año 461), que establece el número de tres como oficial.

En el siglo V se habla de un cuarto Rey Mago, tradición popular que ha pasado incluso a librerías y a la gran pantalla. El mundo oriental habla de doce regalos: siguiendo la lógica occidental, ¿cabría pensar entonces en una docena de magos homenajeando al Niño?

La tradición cristiana occidental, a lo largo del asentamiento y expansión del cristianismo, ha sido rica en la reflexión y el adorno de la presencia en Belén de los Reyes Magos.

Fue Tertuliano (c. 160-220), uno de los Padres de la Iglesia, quién, basándose en el salmo 72 (sal 72, 10-11: “[…] que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo, que los reyes de Sabá y Arabia le ofrezcan sus dones, que se postren ante él todos los reyes […]”) emplea por primera vez el término de Reyes aplicado a los magos del Evangelio, evitando así el uso de un término que tenía ya por entonces referencias peyorativas (Ad. Marción III, XIII)

En la mayoría de los belenes que adornan en tiempo de Navidad casas o ciudades, estos magos acuden a visitar al Niño en caballo o camello. Nada nos cuenta de esto el Evangelio de Mateo, pero es San Agustín (350-430) el que se hace eco de una costumbre de su tiempo y, basándose en las palabras del profeta Isaías (Is 60, 1-6), justifica la presencia de los camellos.

El santo puntualiza que serían, en realidad, dromedarios, ya que, conocedor de la zona, son más resistentes y habrían podido cubrir la distancia que separa Belén de Asia en los días que la tradición ya venía estableciendo: del 25 de diciembre al 5 de enero.

Tampoco hay referencias bíblicas al nombre de los magos. Pero, el evangelio apócrifo Armenio de la Infancia (siglo VI) habla de tres reyes persas llamados Melkion, Baltasar y Gaspar, de tres procedencias geográficas distintas, y que se habrían dado cita en Belén. Según el texto, conocían el nacimiento de Jesús por medio de una carta dada por Dios a Adán y transmitida de generación en generación.

Otro evangelio apócrifo, el Liber de infantia Salvatoris (siglo IX) aporta nuevos elementos iconográficos, con la descripción detallada de las vestimentas de los Reyes Magos: birretes y túnicas y pantalones bombachos, como corresponde a las ropas propias de un mago. Esta iconografía irá transformándose con el tiempo, dotando a los Reyes de coronas y túnicas o capas, añadiendo además cofres o copones dorados para llevar los regalos ofrecidos a Jesús, a partir del siglo XI.

Sobre los regalos, Mateo puntualiza en los dones del oro, el incienso y la mirra (aunque el Liber de infantia Salvatoris añade también una corona y un anillo real). Evidentemente, estos presentes tienen una clara importancia económica, pues, además de lo evidente del oro, la mirra era un producto mucho más caro que el resto.

La Iglesia posterior realizó una reflexión teológica en torno a estos regalos, otorgándoles además un valor simbólico: el oro haría referencia al poder real de Jesús, el incienso a su carácter divino –era usado en ritos y ofrendas mucho antes ya del siglo I, por lo que fue entendido como signo oracional–, y la mirra se empleaba para ungir en ritos funerarios, haciendo así referencia a su Pasión y Muerte, así como al componente humano de Jesús.

La tradición cristiana occidental, además, ha dotado a los propios Reyes Magos de un sentido teológico, pudiendo representar a los paganos convertidos al cristianismo sin ser antes judíos –haciéndose eco del debate de Hch 15, 1-11, donde se plantea la cuestión de si es necesario circuncidarse como primer paso para ser cristiano–, pero también a todas las razas y continentes conocidos –de ahí la representación del rey Baltasar como un hombre de raza negra– o el paso del tiempo ante la divinidad (de hecho, la iconografía actual nos muestra a cada rey en una etapa de la vida diferente).

Sin duda, tanto los evangelios apócrifos como la tradición cristiana han dotado a la historia de los Reyes Magos de la iconografía con la que actualmente asociamos a estos personajes en nuestras tradiciones navideñas.

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