jue. Feb 21st, 2019

La derecha ultramontana y los gánsteres contra el Gobierno y contra España

El 14 de abril de 1931, tras la huida del rey Alfonso XIII, tomó posesión el Gobierno Provisional de la II República. No hubo revolución, tampoco sucesos violentos, ni algaradas de ningún tipo, hasta el punto que fueron militantes de UGT quienes custodiaron a la familia real en su real abandono del país. Llegaba al poder pacíficamente, con las estructuras del poder monárquico intactas, un gobierno variopinto del que formaban parte antiguos realistas decepcionados con la Corona y demagogos como Lerroux, siempre dispuesto a cambiar de bando y a traicionar por cuatro cuartos. Azaña accedió a la Presidencia del Gobierno en octubre de 1931, en plena discusión de la nueva Constitución que daría carta de naturaleza un Estado democrático avanzado. Apartado Alejandro Lerroux porque todo el mundo lo conocía y nadie se fiaba de él, bueno nadie no, la derecha tenía muchas esperanzas en su “volubilidad”, Azaña se dispuso a gobernar apelando a las mayorías parlamentarias, creyendo, como muchas veces dijo en sus maravillosos discursos, que los demás aceptarían esa condición democrática clave. No fue así, y tras aprobar la Constitución que consagraba a España como un país laico y prohibía -como había sucedido en Francia en 1905- a la Iglesia regir colegios, institutos y universidades, se le declaró la guerra por aquellos que tenían el dinero, las armas y los medios de comunicación mayoritarios.

La derecha antirrepublicana, agrupada en torno a la Iglesia Católica, a las empresas de ese sesgo fundadas por Herrera Oria, al carlismo y a los nuevos partidos fascistas, declaró la guerra al gobierno republicano desde el mismo 14 de abril, provocando una cantidad de altercados intolerables que culminaron con la matanza de Casas Viejas en enero de 1933. Ajenos a la democracia, contrarios al progreso de España, a la alfabetización del pueblo y a los derechos de los trabajadores, anteponiendo, como siempre habían hecho, sus propios intereses a los de la nación, los fascistas de aquellos años se lanzaron mediante bulos e insidias a machacar al gobierno, acusando a Manuel Azaña de haber ordenado, cuando se le comunicó lo que ocurría en la aldea gaditana, que solucionasen el conflicto disparando a la barriga de los jornaleros. Días y días, semanas y semanas, la prensa ultramontana, que era, como hoy, la mayoría puesto que para montar un periódico hacía falta dinero, acusó al Presidente del Gobierno que quería solucionar los problemas seculares de España, de haber organizado la matanza, haciendo caso omiso a las comisiones que investigaron lo sucedido y determinaron que los asesinatos cometidos en Casas Viejas fueron obra personal del capitán de la Guardia de Asalto Manuel Rojas Feigenspan, militar que durante la guerra civil destacaría igualmente por su brutalidad insaciable. Pese a que en las semanas siguientes quedaron despejadas todas las dudas, la prensa reaccionaria continuó con su cantinela, logrando, a base de repetir mentiras, que una parte de la población creyese que el gobierno Azaña había dado semejantes órdenes. Quienes conocían a Azaña sabían, antes de que las comisiones hubiesen llegado a concluir sus trabajos, que esas palabras jamás habrían salido de la boca del Presidente, que no cabían ni en su pensamiento, ni en su vocabulario, ni en su modo de concebir la política. No obstante, el daño estaba hecho y como consecuencia de aquellas mentiras y bulos pertinaces-¡por favor dejen de decir de una vez “fake news”, qué vergüenza!- la CNT decidió no apoyar al Gobierno en las elecciones que se celebraron en noviembre de 1933. Todos eran iguales, los republicanos y los monárquicos, los carlistas y los socialistas, los falangistas y los librepensadores. Así nos fue.

Durante años, después de aprobada la Constitución de 1978, creímos que esos tiempos habían pasado al desván de la historia, pero siempre hemos sido muy ingenuos. La derecha franquista no sufrió diezma alguna en sus privilegios por la entrada en vigor de la Norma Fundamental, antes al contrario continuaron en posesión de todo aquello que había robado durante la dictadura, siguieron en el ejército, en la policía, en la judicatura, en la iglesia, en la prensa y en las grandes empresas y bancos de todos el país. El Boletín Oficial es muy poderoso, pero sobre todo cuando quien lo usa es de la vieja guardia, de los de siempre, de los que durante siglos se sucedieron en el poder para provecho propio a costa de España. Fueron ellos quienes pusieron un terrible arancel para obligar a todo el país a comprar productos industriales vascos y catalanes mucho más caros que los de otros países o cereales castellanos producidos por grandes terratenientes que no tenían el menor interés en modernizar y hacer más productivas sus fincas; fueron ellos quienes decidieron machacar Cuba y Filipinas antes que negociar un acuerdo que las hubiese mantenido cerca; fueron ellos quienes hicieron pasar hambre a millones de españoles al destinar toda la producción nacional a los países beligerantes en la Primera Guerra Mundial, y fueron ellos -¡bestias sanguinarias!- quienes dieron un golpe de Estado que ensangrentó España y la sumió en el periodo más oscuro y cruel de su historia.

Hoy, después de uno de los periodos de corrupción más grandes de nuestra historia reciente, un gobierno en minoría pero que puede acceder a la mayoría negociando con diversas fuerzas políticas que podrían estar dispuestas a ello, está siendo atacado por las fuerzas ultramontanas y los gánsteres de las cloacas del Estado. Hace tiempo que dejé de votar al Partido Socialista, pero el espectáculo a que estamos existiendo de la mano de todos los miembros de la caverna institucional y mediática -que de nuevo vuelven a ser mayoría en el panorama mediático español- están poniendo en serio riesgo la posibilidad de arreglar nuestros problemas mediante el diálogo y la cordura. En tan sólo tres meses han puesto como instrumentos de acoso y derribo el chantaje, la persecución y la violentación de las instituciones, llegando al extremo de que la mesa del Congreso pueda vetar unas propuestas que la Cámara podría haber votado afirmativamente por mayoría, negando a los españoles la posibilidad de ampliar los gastos para financiar la Seguridad Social y a las Comunidades Autónomas, las reformas que acaben con las leyes represivas y anti-trabajadores montadas por el Partido Popular o el pacto territorial que acabe definitivamente con la desafección de una parte del pueblo catalán.

Como alternativa se ofrecen los que montaron el mayor periodo de corrupción de la democracia, los que privatizaron sin tregua y se llevaron todo lo que quisieron, los que desprecian todo aquello que es de todos y sirve a todos, los que no ven otra solución a los conflictos y la disidencia que la fuerza bruta y la cárcel, en fin, los que quieren que España continúe siendo su cortijo “ad perpetuam”. No en mi nombre: Nunca mais.

 

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