España: Los grandes retos de la nueva ministra de Defensa

El brusco giro político acaecido en el final de la primavera en España, en el que los socialistas arrebataron el gobierno a los conservadores en una moción de censura, sitúa a la nueva ministra de Defensa, Margarita Robles, ante un reto mayúsculo que su antecesora no quiso ni supo afrontar: reformar y regenerar las Fuerzas Armadas.

Más allá del gasto armamentista, cuestión que parece ser la única de gran relevancia para la mayoría de los medios de comunicación, o la solución a la precariedad laboral de los militares temporales, los cuales están cesando en su puesto de trabajo a los 45 años de edad, existen retos de capital importancia si España pretende tener un Ejército a la altura de los existentes en la mayoría de Europa.

Por ello, los verdaderos –y grandes– objetivos de la nueva ‘jefa’ de Defensa deberían ser muy distintos de los marcados por la agenda mediática, controlada por un poder económico siempre deseoso de adquisiciones armamentistas. En mi opinión los verdaderos retos de Defensa serían los siguientes:

Civilizar la justicia militar

La gran mayoría de los enormes problemas de nuestras Fuerzas Armadas, desde la negligencia, la corrupción, el acoso y la agresión sexual, los abusos o los privilegios anacrónicos se sustentan en la existencia de una justicia militar anacrónica, dependiente y parcial. Una jurisdicción castrense que, además, constituye un endemismo en Europa. Si la justicia militar fuera civilizada, esto es formada por civiles expertos en derecho militar que gozasen de las imprescindibles independencia e imparcialidad, comenzarían a curarse una gran mayoría de las enfermedades que tanto daño causan a una institución que lleva siglos en decadencia. Obviamente, unas Fuerzas Armadas con más de cien oficiales/suboficiales delincuentes necesita una drástica reforma en todos sus ámbitos.

Los modelos que se presentan ante este reforma serían dos: el alemán o el británico. El primero de ellos optó por eliminar la justicia militar y someter todo lo que acontece en los cuarteles a la jurisdicción ordinaria, mientras que los británicos eligieron conservar la jurisdicción militar pero adaptada a los estándares internacionales: compuesta por personal civil ajeno al mundo militar que no puede ser removido ni promocionado ni evaluado por el ministerio de Defensa ni su cúpula militar. Es decir, personal absolutamente ajeno al mundo castrense que asegurase las imprescindibles independencia e imparcialidad objetivas.

Sindicatos, derechos y libertades

Desde mi punto de vista, el segundo y más importante reto de la ministra de Defensa será modernizar sindicalmente a las Fuerzas Armadas, ya que nuestros militares, a diferencia de la mayoría de militares de Europa, carece de la posibilidad de sindicarse. No es el único derecho o la única libertad que tienen cercenados los militares españoles a diferencia de sus colegas europeos, ya que no pueden manifestarse ni poseen una verdadera libertad de expresión. Derechos y libertades que hace ya décadas sí tienen otros militares como los portugueses, alemanes, belgas, griegos, etc.

“Más de 20.000 militares serán abandonados a una edad en la que reinserción laboral se antoja más que compleja. Militares que si bien puede ser cierto que en muchos casos no están o no estarán en condiciones de cumplir con todas las exigencias propias de su trabajo, no lo es menos que pueden y deben ser reubicados en otros puestos”. Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.

No cabe duda que será la existencia de sindicatos la que garantice que jamás nos volvamos a encontrar con una crisis como la que las fuerzas Armadas están viviendo a causa del despido de militares a los 45 años de edad. Más de 20.000 militares serán abandonados a una edad en la que reinserción laboral se antoja más que compleja. Militares que si bien puede ser cierto que en muchos casos no están o no estarán en condiciones de cumplir con todas las exigencias propias de su trabajo, no lo es menos que pueden y deben ser reubicados en otros puestos de la administración, militar o civil, pero jamás abandonados en el mercado laboral. Menos aún si no se ha invertido, que no se ha hecho, lo necesario en formarlos para que puedan competir con solvencia y rehacer su vida profesional. Militares que han entregado su juventud a su país merecen mucho más.

Dimensionar la cúpula militar

Muchos oficiales, muchos suboficiales. Demasiados mandos. Demasiados jefes para tan pocos indios. La macrocefalia o excedente de oficiales es un mal que lleva persiguiendo al Ejército español durante siglos, un tumor que se puede diagnosticar en las obras de Ramón J. Sender o Arturo Barea. Un tumor que en algún momento habrá que extirpar. Sobre todo, porque tiene un coste económico muy elevado para el bolsillo de los contribuyentes y una consecuencia terrible para la milicia: endogamia. Y es la endogamia la raíz del pensamiento ultraconservador de la cúpula militar y su falta de pluralidad ideológica.

“En la actualidad hay menos de 80.000 militares de tropa, de los que poco más de la mitad son soldados, y unos 50.000 mandos entre oficiales y suboficiales. Es decir, ¡hay más mandos que soldados!”. Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.

Para situarnos, basta revelar unas breves cifras: En la actualidad hay menos de 80.000 militares de tropa, de los que poco más de la mitad son soldados, y unos 50.000 mandos entre oficiales y suboficiales. Es decir, ¡hay más mandos que soldados!

Para el total de militares de tropa existentes sería más que suficiente un máximo de 10.000 mandos (lo que reduciría nuestro Ejército en 40.000 componentes de ‘golpe y porrazo’). Si alguien lo duda, que analice las plantillas de la Guardia Civil y la Policía, pues en la primera de ellas, los guardias, el equivalente a soldado, equivalen al 80% de todos los componentes (los soldados suponen algo más del 30% en las Fuerzas Armadas). Y funcionan, oye.

Obviamente, ello no debe implicar en ningún caso despedir a los mandos militares, sino trasladarles a otros organismos públicos, reconvertir el modelo educativo militar y edificar unas plantillas acordes a las verdaderas necesidades y no a los intereses de una cúpula militar que siempre aspira a que sus apellidos se perpetúen.

‘Blanquear’ el gasto militar

Gastar dinero de forma encubierta ha sido una tradición de los gobiernos y ministros de Defensa. De todos hasta la fecha. Hasta el punto de haber sido declarados inconstitucionales el verano pasado los créditos extraordinarios para pagar la deuda generada por armamento innecesario y en muchos casos defectuoso. Unos créditos que de excepcionales e insólitos tenían más bien poco. Todo ello para evitar explicar a la ciudadanía que a la vez que se recorta en gasto social se gasta en armamento militar.

No puede ser ni puede volver a repetirse que, según la fuente consultada, el gasto militar sea uno u otro, lo que genera entre un 50% y un 80% de gasto oculto. Lo cual es fácil de comprobar si analizamos las enorme diferencias del gasto militar español entre los Presupuestos Generales del Estado, la Agencia Europea para la Defensa, el SIPRI o la OTAN. No solo eso, sino que incluso existen enormes desviaciones presupuestarias entre lo que se afirma que se va a gastar (PGE) y lo que finalmente se gasta, desviaciones que se asientan en una media del 30%.

Hay que ser claro con la ciudadanía, dotar el gasto militar de transparencia y explicar por qué y para qué se gasta el dinero.

Repensar el modelo militar

Tenemos demasiados componentes para las intervenciones militares fuera de nuestro país y tenemos demasiados pocos efectivos para poder defendernos de una muy improbable agresión externa. Ello hace que debamos repensar un nuevo modelo militar, lo cuál invariablemente debe conducirnos hacia un escenario de disminución del gasto. Si reducimos el número de militaresde 120.000 a 30.000 habremos conseguido unas Fuerzas Armadas sostenibles económicamente que podrían cumplir sobradamente los compromisos internacionales adquiridos, pero que contarían con presupuestos y necesidades de adquisición de armamento y material mucho más reducidos. Ello derivaría en menor gasto en mantenimiento y reducción drástica de las muertes por negligencia.

Lo que no puede ser es que vivamos permanentemente en el ‘quiero y no puedo’, que compremos armamento que almacenamos mientras los militares siguen muriendo en negligencias en vehículos, material explosivo o aeronaves que deberían haber cesado su actividad hace décadas.

Por ello mismo, formar un Ejército reducido pero altamente cualificado y dotado es una solución objetiva para mantener la operatividad militar al tiempo que se reducen los presupuestos. Hasta ahora, la dirección ministerial es la contraria: aumentar el gasto en adquisiciones sin ningún tipo de planificación al tiempo que se mantienen las negligencias que tantas vidas de militares han arrebatado.

Pero esta reducción de presupuestos y efectivos que tanto reportaría a la sociedad implicará que esta tenga que hacer un esfuerzo a cambio. Será necesario, evidentemente, mayor compromiso de la ciudadanía ya que el mencionado ‘mini-ejército’ debería ser complementado con un servicio ciudadano de reclutamiento (obligatorio) o reservista (voluntario). Personalmente, me inclino más por este último modelo, por incentivar a la ciudadanía a que participe de la Defensa de una agresión que a día de hoy es casi improbable. Ante escenarios improbables, ‘gasto cero’. Todos salimos beneficiados.

Otros países como Francia, Noruega, Suiza o Rusia han optado por alguno de los dos modelos y si queremos más gasto social deberemos hacer mucho más que reclamarlo.

Elegir entre un Ejército neocolonialista o pacifista

Actualmente, nuestras Fuerzas Armadas se dedican a casi todo menos a la Defensa, por mucho que nuestro ministerio haya cambiado su denominación de ‘Guerra’ a ‘Defensa’.

” Que nuestros militares estén y estemos para defender a la ciudadanía de una agresión externa es evidente, pero que estemos para jugar la partida geopolítica de guerras neocoloniales que generan estados fallidos, millones de muertos, heridos, refugiados o desplazados es algo más que cuestionable”. Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.

Ante este escenario, deben ser los ciudadanos los que decidan mediante referéndum dónde y cuándo intervendrán nuestros militares y para ello habrá que explicarles por qué y para qué queremos intervenir militarmente un país. Que nuestros militares estén y estemos para defender a la ciudadanía de una agresión externa es evidente, pero que estemos para jugar la partida geopolítica de guerras neocoloniales que generan estados fallidos, millones de muertos, heridos, refugiados o desplazados es algo más que cuestionable. No lo es menos que seamos usados por los Estados Unidos a su antojo. Son cuestiones sobre las que la ciudadanía debería poder decidir.

Modificar la cultura bélica y educar expertos en la guerra

A día de hoy la cultura bélica domina a los militares españoles. Una cultura bélica asentada en recompensas económicas y profesionales por acudir a conflictos en diferentes partes del mundo. Un militar que participa de una misión internacional duplica su salario y tiene la posibilidad de optar a medallas y reconocimientos que de otra forma serían imposibles. Debido a ello, nuestros militares son estimulados a participar de una cultura bélica que les convierte en personas acríticas. ¿Se plantean nuestros militares si Irak o Afganistán fueron intervenciones militares que fracasaron? No, desde luego que no. Ganaron dinero y obtuvieron reconocimiento por participar en las mismas, tantos parabienes narcotizaron cualquier pensamiento crítico que hubiera podido surgir.

Desde mi parecer, el pensamiento crítico solo llegará a nuestra milicia cuando los militares ganen lo suficiente como para que acudir a misiones internacionales no suponga un atractivo aumento salarial.

“Nuestros militares, desde los soldados, deben ser expertos en la guerra, sobre todo, porque se dedican y se dedicarán a ella (…) El conocimiento hará a nuestros militares libres y, sobre todo, les convertirá en alertadores de la ciudadanía”. Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra de España.

Por otro lado, pienso que sería saludable que la sociedad tuviera un alto conocimiento de la geopolítica para poder percatarse de una gran cantidad de acontecimientos que sin tales prismáticos pasan por completo desapercibidos, algo que en el caso de los militares se convierte en una obligación. Nuestros militares, desde los soldados, deben ser expertos en la guerra, sobre todo, porque se dedican y se dedicarán a ella. Deben tener conocimiento en derecho internacional, derechos humanos, geografía, historia y geopolítica. Deben conocer con exactitud lo que ha ocurrido en los últimos dos siglos y deben tener un profundo conocimiento geográfico e histórico de Oriente Próximo o el Magreb o aquellas áreas en las que actúen o potencialmente puedan actuar.

El conocimiento hará a nuestros militares libres y, sobre todo, les convertirá en alertadores de la ciudadanía. En representantes de una sociedad que alarmarán sobre aquellos conflictos que sean manifiestamente injustos o se produzcan por intereses políticos, económicos o de cualquier otro tipo que no responden a los de la ciudadanía.

Militares altamente cualificados y críticos para un nuevo tiempo o lo que Henry Kissinguer denominaba “militares estúpidos” para perpetuar un mundo que hace tiempo da muestras evidentes de colapso. Esa será otra de las grandes decisiones que tanto la nueva ministra de Defensa como la sociedad deberán tomar.

A nadie le debe extrañar que reformas de tal importancia y profundidad como las relatadas hasta ahora no hayan sido ni sean emprendidas por los poderes fácticos de este país, al menos hasta que las mismas sean exigidas por la ciudadanía. Y para ello es fundamental concienciar a la sociedad.

 

Puedes dejar tu comentario con Facebook

Otros artículos relacionados