Sobre la eutanasia y los cuidados paliativos

A día de hoy, según datos de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, se puede afirmar que una amplia mayoría, aproximadamente dos tercios, de los enfermos que se encuentran en situación de enfermedad terminal no son tratados por un equipo de trabajo multidisciplinar especializado en atender todas sus necesidades; además, una parte importante de estos enfermos se ven abocados, sin ninguna información previa, sin pedir su opinión al respecto e incluso ignorando su pronóstico fatal a corto o medio plazo, a veces incluso sin conocer su condición de moribundos, a una Medicina que niega la muerte y cuyo objetivo principal consiste en la curación de enfermedades y en alargar la supervivencia, lo que genera intervenciones diagnósticas y terapéuticas no adecuadas o desproporcionadas que originan, además de un gasto económico innecesario y un uso incorrecto de los siempre limitados recursos sanitarios, un sufrimiento inútil en los últimos momentos de la vida.

Ante este panorama, si el enfermo diagnosticado de una enfermedad incurable y que progresa irremediablemente hacia la muerte próxima no tiene la “suerte” de ser atendido por un equipo especializado, bien formado y capacitado, ante la posibilidad de ser objeto de una obstinación terapéutica o vivir sus últimos días o meses de vida con un sufrimiento intenso físico y/o emocional sin posibilidades de ser resuelto o al menos de conseguir una adaptación a él, podría preferir, asumiendo que está correctamente informado de todo lo que le ocurre y que su competencia es absoluta desde el punto de vista cognitivo, que se le practicase una Eutanasia activa si se le diese esta opción.

Si es que existe alguna situación en la que podría justificarse la Eutanasia, es precisamente en la que nos encontramos, es decir, ante un enfermo con una enfermedad que irremediablemente le va a conducir a la muerte en un periodo de tiempo corto y que además presenta un sufrimiento persistente e intenso que no responde al tratamiento administrado.

En este contexto, la Eutanasia, acto siempre doloroso y lamentable ya que supone la pérdida de una vida humana, es una manifestación de la libertad del individuo para planificar el periodo final de su existencia y elegir el momento y las circunstancias que él considere adecuados para su propia muerte, ya cercana independientemente de la actitud que se adopte.

Cualquier argumento que se utilice para prohibir o permitir la Eutanasia debe basarse en la razón y no en dogmas de fe imposibles de demostrar, que nunca pueden ser válidos para todos ni deben imponerse en una sociedad democrática, plural y aconfesional. En estas sociedades, el concepto de dignidad adquiere significados distintos dependiendo de la educación recibida o de los valores, creencias, proyectos o concepción de la vida y de la muerte de la persona que lo analice; así, expresiones como “muerte digna” pueden tener concepciones diametralmente opuestas, de modo que hay quien opina que la muerte con dolor y sufrimiento dignifica y otros relacionan la dignidad en la muerte con la Eutanasia o el Suicidio Asistido.

La Sociedad Española de Cuidados Paliativos sostiene, por un lado, que la solicitud de la Eutanasia por parte de los enfermos disminuiría drásticamente si dispusiesen de una Medicina Paliativa de calidad y que promover la legalización de la misma en una sociedad en la que todavía están insuficientemente implantados los Cuidados Paliativos parece una solución equivocada. Desde mi punto de vista,  mientras esto no ocurra, quizás debido a que la gestión de la Sanidad Pública se ha mostrado incompetente, la única realidad evidente es que la mayoría de los enfermos que están en situación de enfermedad terminal, a día de hoy, siguen viviendo su última etapa de la vida en condiciones inadecuadas, no reciben los cuidados que precisan y, ni ellos ni sus familiares, ven atendidas correctamente todas sus necesidades. A estos enfermos no les importa si en un futuro se dispondrá de una Medicina Paliativa de calidad que cubra a toda la población subsidiaria ya que simplemente no estarán cuando esto suceda, si es que llega a suceder. En este mismo instante hay miles de enfermos que necesitan una solución inmediata para aliviar el sufrimiento que están padeciendo ahora mismo. Promover la legalización de la eutanasia en una sociedad en la que todavía están insuficientemente implantados los cuidados paliativos podrá ser una solución equivocada para las personas que ahora están sanas, para los que no asumen su propia muerte, para los que ven su muerte y la de sus seres queridos como algo muy lejano o irreal, para los que piensan que su muerte será un acto puntual que ocurrirá de una manera súbita o para los que tienen la certeza de que pertenecerán al reducido grupo de enfermos “afortunados” que van a ser atendidos correctamente durante los últimos momentos de su vida por un equipo asistencial bien formado y capacitado para ello, pero promover la legalización de la eutanasia no sería una solución equivocada para los que ahora están sufriendo y no tienen la posibilidad de acceder a una Medicina Paliativa de calidad.

Cuando la muerte es inevitable y existe un sufrimiento intenso y sin posibilidades de ser resuelto, bien por su naturaleza, por falta de recursos o por la incompetencia del sistema sanitario, se debería procurar que la persona muera de acuerdo a lo que ella siempre ha considerado que es digno, aceptar su decisión y procurar su cumplimiento; para ello, no es suficiente una ley que regule las Voluntades Anticipadas, sino que además habrá que atreverse a legislar sobre la Eutanasia.

En una sociedad plural y democrática en la que conviven distintas corrientes ideológicas y donde no es posible ni se debe intentar definir y mucho menos imponer una ética válida para todos (de ser así, estaríamos abocados a una forma de totalitarismo), es evidente que hay personas que consideran la Eutanasia activa una opción válida y éticamente correcta en determinadas situaciones; por tanto, en el ámbito sanitario y político, donde obviamente también existe esta pluralidad ideológica, el esfuerzo no debe dirigirse a intentar llegar a un consenso global que resuelva el dilema sobre la permisividad o no de la eutanasia, nunca se llegaría a él dado que se trata de una cuestión en la que se suele adoptar una postura extrema, antagónica y enfrentada que poco aporta al debate ético, sino que debe dirigirse a buscar la manera de, si no evitar, que sería lo ideal pero objetivo actualmente inalcanzable, al menos reducir su demanda en el mayor número de casos posible. Hoy en día, la única opción válida para intentar llegar a este objetivo consiste en la aplicación sistemática de algunos principios en los que se basa la Medicina Paliativa (un buen control de síntomas evitando la utilización de medidas terapéuticas y diagnósticas agresivas o desproporcionadas, un correcto apoyo psicológico, emocional, social y espiritual y una adecuada información y comunicación respetando la autonomía del paciente) para de esta manera controlar o atenuar en la medida de lo posible el sufrimiento que padece el enfermo que está en situación de enfermedad terminal, aunque sería una utopía pensar que así se resolverían todos los casos de petición de Eutanasia debido a que los Cuidados Paliativos no garantizan un alivio del sufrimiento en todas las situaciones, muchas veces fracasan, de ahí que no sea nada excepcional hacer uso de una sedación irreversible, medida terapéutica que, hay que reconocerlo, cuando se aplica con la certeza de que va a precipitar la muerte del enfermo, resulta bastante difícil de distinguir de una eutanasia activa.

Dado que queda asumido que uno de los pilares fundamentales sobre los que se basa la filosofía de los Cuidados Paliativos consiste en el respeto a la voluntad de los pacientes en el momento de tomar las decisiones, habría que tener en cuenta que no todos los enfermos que están en situación de enfermedad terminal desean vivir la muerte como un proceso más o menos largo en el tiempo, y más si durante todo este proceso se objetiva un deterioro orgánico y/o cognitivo progresivo e irreversible, por más buena voluntad y buenas intenciones que tenga un equipo asistencial dispuesto a ayudarles; la Medicina Paliativa, por tanto, no es el único remedio capaz de solucionar todos los problemas que padecen todos los enfermos que están en situación terminal. Hay pacientes que, aunque tengan los problemas físicos más o menos resueltos y un apoyo psicoemocional adecuado, no quieren vivir el proceso de la muerte, les ocasiona un sufrimiento emocional intenso y prefieren, y a veces solicitan, que ésta sea un hecho puntual antes que llegar a ella en condiciones de gran deterioro físico y/o cognitivo y dependencia absoluta; en estas circunstancias pueden rehusar a ser atendidos por un equipo de cuidados paliativos que promulga, y podría intentar imponer, unos valores distintos a los suyos basados en defender la santidad de la vida, en no pretender adelantar ni retrasar la muerte y en oponerse rotundamente a la Eutanasia activa voluntaria.

Quería concluir con lo siguiente: Mientras no se garantice a todos los ciudadanos subsidiarios unos Cuidados Paliativos de calidad y elegidos libremente, habría que aplicar una legislación que permitiese la práctica de la Eutanasia activa directa, sin imponerla absolutamente a nadie, actuando con la máxima prudencia y exigiendo garantías de plena libertad en quien la pide y también en quien la lleva a cabo, siendo muy rigurosos con el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario, que debe salvaguardarse siempre y,  cuando la cobertura de los Cuidados Paliativos se aproxime al 100%, no hay que perder nunca la esperanza, esta ley podría quedar en el olvido o como una simple anécdota de la que se haría uso sólo en los enfermos que no quieran vivir el proceso de la muerte.

Lo que debería quedar claro es que no se debería permitir que el enfermo que sufre tenga como única opción la de continuar sufriendo hasta que llegue su muerte y esto actualmente ocurre como mínimo en las dos terceras partes de ellos.


Armando Azulay Tapiero | Médico Especialista en Medicina Interna | Máster en Derecho y Bioética por la Universidad de Valencia | Máster en Gestión para la Humanización de la Sanidad por la Universidad CEU-Cardenal Herrera

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