Presos políticos o políticos presos y Sánchez

Hacia las once de la noche del once de octubre al inconfundible García Ferreras, de La Sexta, se le ocurrió preguntar a Pedro Sánchez si los líderes independentistas que podrían dar con sus huesos en la cárcel serán “presos políticos”, cosa que a nuestro protagonista de hoy no se le ocurrió otra cosa que responder que serían “políticos presos”, añadiendo a continuación, para rematarse a sí mismo, el hecho de que habíamos visto a presidentes de Comunidad Autónoma entrar en la cárcel. Sorprende que no se sintiera obligado a la decencia de aclarar a cientos de miles de espectadores que siempre fueron condenados por delitos comunes.

Salvo que aceptemos como menú de cada día una tergiversación tal del lenguaje que convierta en soportable lo que es simplemente indecente sin que se nos caiga la cara al suelo para siempre, “preso político” es la persona que entra en la cárcel por realizar actos exclusivamente políticos que, según las leyes del país en el que vive, tanto si se trata de una dictadura, de una democracia o de un sistema medio pensionista, sean castigados con penas de cárcel.

Asumido lo anterior, uno de los parámetros para medir la calidad de cualquier democracia podría consistir precisamente en comprobar cuántos actos expresamente políticos, que no impliquen el empleo de la violencia y que incluso pudieran no tener efectos legales de ninguna clase, puedan ser castigados, según la propia legislación, con penas que afecten al patrimonio o a la libertad de los sentenciados, y no solo con el castigo que a cualquier persona con sentido común se le ocurre que sería el proporcional a esa clase de “delitos”: la inhabilitación temporal o definitiva para desempeño de cargo público, sin más. Por cierto, que ni siquiera esta pena tuvieron que sufrir los criminales que colaboraron con la dictadura franquista. Se ve que no se les podía condenar a nada porque cumplieron aquellas leyes, que también había. Y que levante la mano quien defienda, siempre que aporte pruebas, que aquella “compasión” de los neo demócratas bajo amenaza exagerada no tiene nada que ver con lo que ahora nos pasa en España.

Es evidente que lo de Catalunya está conduciendo a los que aún no son Rajoy por la senda de las incongruencias verbales y los errores lamentables, para vergüenza de los propios y risas de los extraños, de las que cada día recibimos memorables y variadas versiones en nuestras pantallas. Desde el Pablo Iglesias que el pasado 7 de julio dijo que si fuera catalán no votaría en el referéndum del 1-O a costa de agudizar el conflicto interno en Podemos, hasta la tontería de Arrimadas hablando del pasaporte para entrar en una Catalunya republicana pero Schengen, o el mismo título que justifica este artículo, nadie es capaz de asegurar que no termine don Mariano encontrando líderes de la oposición cuya mejor competencia se la hagan a la hora de decir idioteces.

Creo que el amigo Sánchez no puede estar apuntándose el tanto de impulsar una reforma necesaria de la Constitución y no decir que procede corregir ciertas aberraciones como las de las penas de cárcel por hacer política incómoda, pero solo política. Seguro que a mediados de septiembre de 2015, por poner una fecha en la que también opinaba en público el que firma esto, a muchas personas, incluso dentro del PSOE, se les estaba ocurriendo la idea de que los del PP y el PSOE podrían reunirse en cualquier momento, dado que aún eran mayoría, y aprobar una disposición adicional que pusiera fecha de caducidad definitiva a esta Constitución, sin opción a prorrogarla tal como está, lo que les obligaría a actualizarla. Se les pedía que demostraran que confiaban en la sociedad y en ellos mismos. De lo contrario, la confusión iría en aumento y después vendrá el pesimismo. Cabe preguntarse en cual de ambas fases estamos.

Cada día que pasa parece consolidarse la idea de que Sánchez, que protagonizó una de las aventuras más sorprendentes de la política, termine condenado a convertirse en una especie de fajador que recibirá golpes desde todos los puntos cardinales. Quizás su reelección en las primarias del PSOE, mérito que le aplaudí, fuera solo el resultado de una intuición certera que le llevó a pensar que, entre los afiliados que querían dar una lección a jarrones, jarroncitos y barones por una parte, y los que querían avisar a Podemos que no tenían que repetir la irresponsabilidad del 4 de marzo de 2016, por otra, conseguiría, con la suma de ambos sentimientos, los votos necesarios para aplicar a Díaz y a López el correctivo de una humillante derrota. La verdad es que bien merecido se tenían el escarmiento ambos grupos de prepotentes, pues nunca será bastante el castigo que reciban por no haber dejado que Sánchez sacara de La Moncloa a la “no decente persona” Rajoy, cuando entre todos juntaban los diputados necesarios, tras el 20D. ¿Recordaba usted aquel debate preelectoral a dos antes de llegar al punto y final de esta lectura?

 

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