La Antártida, ¿tuvo un clima tropical hace varios miles de años?

Es sorprendente que algunos mapas de los siglos XVI al XVIII detallen con precisión milimétrica el continente antártico, que no fue descubierto hasta 1818. Y aun es más sorprendente que estos mapas dibujen este continente sin hielos, cuando hace más de 6000 años está cubierto por  kilométricas capas de hielo. Algunos cartógrafos creen que estos mapas se copiaron de cartas de navegación dibujados en tiempos remotos. Pero ¿quiénes los dibujaron? A principios de los años treinta, durante una inspección de los fondos del antiguo palacio imperial de Topkapi, en Estambul, se descubrió un viejo mapa en una polvorienta estantería de madera. Pronto se supo que el mapa en cuestión fue dibujado en 1513 por un almirante de la flota otomana llamado Piri Reis. Este hombre, un navegante de reconocido prestigio en su época, que incluso llegó a publicar un libro,  el Kitabi Bahriye, en el que describe palmo a palmo el Mar Egeo, dibujó con extraordinaria precisión las costas atlánticas de África, la Antártida, España y Sudamérica sobre aquel pedazo de piel. Y lo hizo tomando los datos necesarios de un buen número de mapas antiguos cuyo origen nunca se ha llegado a esclarecer.  Pese a la extraordinaria precisión geográfica que muestra ese mapa, tuvieron que pasar casi tres décadas hasta que Charles Hapgood, un profesor de Historia de la Ciencia, de New Hampshire, se interesara por él.

El mapa de Piri Reis es un fragmento de un mapa elaborado por el almirante y cartógrafo otomano Piri Reis en 1513. Piri Reis nació en Galípoli hacia 1470. Sobrino de un célebre corsario, Kemal Re’is, desde muy joven acompañó a su tío en sus correrías marinas, participando en las campañas navales contra Venecia y en la conquista de la isla de Rodas en 1523. Dos años antes de esta fecha había publicado el Libro de las Materias Marinas, cuya exhaustiva información hacía referencia exclusivamente al Mediterráneo. Una nueva versión ampliada, dedicada al sultán Suleiman, concluyó en 1526, con una dedicatoria en verso en la que contaba la historia de un astrónomo que se llamaba Kolón, que salió en busca de Antyle y la descubrió. Hoy la ruta es muy conocida y su mapa llegó hasta nosotros. En ella se refería también al mapa que él mismo había dibujado años atrás y del que había hecho obsequio a Selim I en El Cairo. En los márgenes detalla sus fuentes: un mapa de Cristóbal Colón, encontrado en un barco español apresado en 1501, y cuatro mapas portugueses más recientes. Además contó con los informes de un marino que había participado en los primeros viajes colombinos, posteriormente capturado por su tío, que lo había hecho su esclavo. Por contener aparentes representaciones de tierras entonces desconocidas y a raíz de los propios escritos de Reis indicando que otras de sus fuentes habían sido “los antiguos reyes del mar”, ha suscitado gran interés como «enigma». Es, por otro lado, el mejor testimonio de los mapas que dibujó Colón de las tierras por él descubiertas, de los que tan sólo se ha conservado un pequeño boceto del norte de La Española. El original se conserva en el Museo Topkapi Sarayi, de Estambul, donde se localizó en 1929, pero no suele estar expuesto al público.

El mapa está pintado en cuero de gacela, con un entramado de líneas que atraviesan el océano Atlántico. Estas llamadas líneas de rumbo son típicas de las cartas de los marinos medievales tardíos y no indican latitud y longitud, sino que se usan como ayuda para establecer direcciones, como actualmente en aviación. En el bahriye anotó: “Un mapa de esta clase no lo posee nadie hoy en día”. El mapa incluye bellísimos dibujos, acompañados de inscripciones que indican descubrimientos importantes. Uno de ellos se corresponde, casi con total certeza, con la expedición de Pedro Álvares Cabral en el año 1500. Navegante portugués, considerado el «descubridor» del Brasil. De familia noble, fue nombrado almirante por el rey Manuel I, el Afortunado. Aunque el español Vicente Yáñez Pinzón llegó poco antes que él a las costas del nordeste del Brasil y la desembocadura del Amazonas, fue Cabral quien tomó posesión del territorio en nombre de Portugal en el año 1500. Había llegado a las costas meridionales brasileñas a la cabeza de la segunda expedición que los portugueses enviaban a la India; parece que se desvió accidentalmente de su ruta al adentrarse en el Atlántico en busca de vientos que le empujaran hacia el sur, aunque es posible que buscara conscientemente visitar las tierras americanas que le habían correspondido a Portugal en el reparto con Castilla realizado por el Tratado de Tordesillas (1494). Después de una breve escala, partió de nuevo hacia la India bordeando África por el sur, exploró las costas de Mozambique y llegó hasta Calcuta. Regresó a Lisboa en 1501. Se cree que Cabral redescubrió Brasil cuando los vientos lo sacaron de su ruta, en un viaje a las indias orientales.

Se conoce como Tratado de Tordesillas al compromiso suscrito en Tordesillas (actualmente en la provincia de Valladolid) el 7 de junio de 1494 entre Isabel, Fernando, reyes de Castilla y Aragón, y Juan II rey de Portugal en virtud del cual se establecía un reparto de las zonas de conquista y anexión del Nuevo Mundo mediante una línea divisora del Océano Atlántico y de los territorios adyacentes. El tratado se firmó para evitar conflictos entre las coronas de España y Portugal interesadas en el control de los mares y tierras exploradas por sus marineros. El 4 de septiembre de 1479 se selló la paz entre los dos vecinos mediante el Tratado de Alcáçovas suscrito por Alfonso V de Portugal y los Reyes Católicos, poniendo fin al conflicto desencadenado por la sucesión de Castilla. Además de servir para formalizar el fin de la beligerancia, el pacto contenía otras cláusulas concernientes a la política de proyección exterior, en un momento en que los dos reinos competían por el dominio del Océano Atlántico y de las costas africanas. Portugal obtenía el reconocimiento de su dominio sobre Madeira, las Azores, Cabo Verde, Guinea y en general “todo lo que es hallado e se hallare, conquistase o descubriere en los dichos términos, allende de que es hallado ocupado o descubierto”, mientras que Castilla recibía las Islas Canarias. Finalizados todos los preparativos, la expedición zarpó de Palos de la Frontera (Huelva) el 3 de agosto de 1492, con las carabelas La Pinta y La Niña, y con la nao, Santa María. Hasta el 6 de septiembre estuvo en las islas Canarias, concretamente en La Gomera (visitando a Beatriz de Bobadilla, gobernadora de la isla) y en Gran Canaria, arreglando el timón de La Pinta. El 12 de octubre de 1492 Colón llega a América, específicamente a una isla de las Bahamas llamada Guanahani, cuya exacta localización aún se discute. El 25 de diciembre de 1492 las embarcaciones llegan a la isla de Santo Domingo donde se hundió la nave capitana, la Santa María. Sus restos fueron usados para construir el Fuerte de La Navidad, constituyendo así el primer asentamiento español en América.

Las dos carabelas, al mando de Colón, regresaron al puerto de Palos el 15 de marzo de 1493. El día 3 de abril de 1493, Colón fue recibido por el Rey Fernando el Católico en Barcelona para recibir el informe de su llegada por el oeste a lo que él creía era la India. Varios años después, ya muerto Cristóbal Colón, los europeos descubrirían que las tierras a las que había llegado no eran en realidad parte del Asia, sino de un continente cuya existencia desconocían. De regreso de su primera expedición a «las Indias» el 4 de marzo de 1493 Colón llegó a Lisboa forzado por el temporal. Once días antes de rendir viaje en Palos de la Frontera tuvo ocasión de entrevistarse con Juan II de Portugal y ponerle al corriente de sus descubrimientos. Inmediatamente el monarca portugués reclamó la pertenencia de las nuevas tierras alegando derechos derivados del Tratado de Alcáçovas. Los Reyes Católicos, por su parte, negaron tal pretensión aduciendo que la navegación se había efectuado siempre al oeste, y no al sur de Canarias. En demanda y confirmación de la plena soberanía castellana sobre los recién hallados territorios, Isabel y Fernando acudieron al veredicto papal. La arraigada tradición teocrática de los pontífices romanos imponía la aceptación de su arbitraje en el mundo cristiano en estos asuntos territoriales. Le correspondió pues al valenciano Rodrigo Borgia, a la sazón titular de la sede de San Pedro como Alejandro VI, proceder al reparto de las tierras y los océanos del Nuevo Mundo entre las dos potencias que optaban a su descubrimiento, colonización y dominio: Castilla y Portugal. En las cuatro bulas Alejandrinas de mayo a septiembre de 1493 (las dos Inter Cœtera, Eximiœ Devotionis y Dudum Siquidem) dictadas con tal ocasión, se fijó el meridiano divisorio de las zonas de influencia española y portuguesa a 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde, siendo la zona occidental la correspondiente a Castilla y Aragón y la oriental a Portugal. Se dejó notar el origen eclesiástico de dichos documentos, pues se decretaba la excomunión para todos aquellos que osasen viajar a las Indias sin autorización de los reyes de Castilla.

Las prerrogativas derivadas de las bulas Alejandrinas, en especial de la última Inter Caetera muy favorables a los Reyes Católicos, no satisficieron a Juan II de Portugal, quien quedaba excluido en la práctica de las empresas americanas, toda vez que la línea imaginaria de demarcación trazada por designio papal le relegaba a las costas africanas, quedando el Nuevo Mundo de forma privativa para el rey y la reina de Castilla, de León, de Aragón, de Sevilla, de Granada, etc. Las circunstancias internas y externas del momento político aconsejaron a los Reyes Católicos pactar con el lusitano unas nuevas condiciones. Los pactos se recogieron en el Tratado de Tordesillas, firmado en esa localidad vallisoletana el 7 de junio de 1494 por los delegados de ambas monarquías. Por parte de los Reyes Católicos firmaron Enrique Enríquez de Guzmán, mayordomo mayor de los reyes, Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Santiago y contador real, y el doctor Francisco Maldonado; por el lado portugués firmaron Ruy de Sousa, su hijo Juan de Sousa y el magistrado Arias de Almadana. Se fijó un plazo de cien días para su ratificación por los respectivos monarcas; los Reyes Católicos lo refrendaron el 2 de julio de 1494 en Arévalo, y Juan II lo hizo el 5 de septiembre siguiente en Setúbal. Los originales del tratado se conservan en el Archivo General de Indias en Sevilla (España) y en el Arquivo Nacional da Torre do Tombo en Lisboa (Portugal).El Tratado indicaba que se solicitaría su confirmación por la Santa Sede pero también estipulaba claramente que ninguna de las partes podría ser dispensada de cumplirlo alegando el «motu proprio» papal. El papa Alejandro VI nunca confirmó el Tratado y hubo que esperar a que Julio II lo hiciese por medio de la bula Ea quae pro bono pacis en 1506.

La esencia del Tratado consistió en el convenio de una nueva línea de demarcación, siendo ésta la que, teniendo sus extremos en ambos polos geográficos, pasase a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Esta línea viene a coincidir con el meridiano situado a 46º 37’ longitud oeste (meridiano que pasa prácticamente por el sector este de la actual ciudad de São Paulo). La gran diferencia con la demarcación establecida en las bulas pontificias es que la parte oriental de América del Sur, el extremo este de Brasil, quedaba ahora adscrito al área de acción de Portugal, lo que posibilitó el sometimiento a su soberanía cuando en 1500 Pedro Álvares Cabral arribó a costas brasileras. Otros puntos del tratado contemplaban la renuncia de Castilla a los derechos que tenía sobre el Reino de Fez, salvo la región que rodea a Melilla, así como la exclusión de navíos de pesca castellanos al sur del Cabo Bojador y la confirmación del derecho castellano, dentro del área portuguesa, de realizar «Cabalgadas» entre ese punto y el Río de Oro. En su Historia de España, Menéndez Pidal califica el Tratado de Tordesillas como el primer tratado moderno de la historia europea pues, por primera vez, al lado de los diplomáticos que llevaban las conversaciones había dos grupos de peritos (españoles y portugueses) que asesoraban técnicamente a los primeros: “Que se haga y asigne por el dicho mar océano una raya o línea derecha de polo a polo, del polo Ártico al polo Antártico, que es de norte a sur, la cual raya o línea e señal se haya de dar e dé derecha, como dicho es, a trescientas setenta leguas de las islas de Cabo Verde para la parte de poniente, por grados o por otra manera, como mejor y más presto se pueda dar, de manera que no será más. Y que todo lo que hasta aquí tenga hallado y descubierto y de aquí adelante se hallase y descubriere por el dicho señor rey de Portugal y por sus navíos, así islas como tierra firme, desde la dicha raya arriba, dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte de levante, dentro de la dicha raya a la parte de levante, o de norte o sur de ella, tanto que no sea atravesando la dicha raya, que esto sea y quede y pertenezca al dicho señor rey de Portugal y a sus subcesores para siempre jamás. Y que todo lo otro, así islas como tierra firme, halladas y por hallar, descubiertas y por descubrir, que son o fueren halladas por los dichos señores rey y reina de Castilla y de Aragón, etc., y por sus navíos, desde la dicha raya, dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte de poniente, después de pasada la dicha raya, para el poniente o al norte sur de ella, que todo sea y quede y pertenezca a los dichos señores rey y reina de Castilla y de León, etc., y a sus subcesores para siempre jamás“.

El tratado sólo especificaba la línea de demarcación en 370 leguas desde las islas de Cabo Verde. No especificaba la línea en grados de meridiano ni identificaba la isla desde la que debían contarse las 370 leguas ni tampoco la longitud de la legua. El tratado declaraba que esas materias serían establecidas por una expedición conjunta que nunca se llevó a cabo. A eso debía agregarse que no era conocido exactamente el tamaño de la esfera terrestre y por lo tanto la distancia entre cada meridiano variaba de acuerdo a la longitud que se le atribuía a la esfera, esto hacía que aunque se estuviera de acuerdo en cuantas leguas había en un grado de longitud, su distancia en kilómetros variaría de acuerdo al tamaño atribuido a la Tierra. La determinación de la longitud era la única manera de poder fijar distancias en el mar y la única forma muy imprecisa de determinarla era por medio del tiempo empleado en recorrer una distancia determinada: “…para que la dicha línea o raya de la dicha partición se haya de dar y dé derecha e a lo más cierta que se pudiere por las dichas trescientas setenta leguas de las dichas islas de Cabo Verde a la parte de poniente, como dicho es, es asentado con los dichos procuradores de ambas las dichas partes, que dentro de diez meses primeros siguientes, contados desde el día de la fecha de esta capitulación, los dichos señores constituyentes hayan de enviar dos o cuatro carabelas, una o dos de cada parte, o más o menos, según se acordare por las dichas partes que sean necesarias, las cuales para el dicho tiempo sean juntas en la isla de Gran Canaria (…) Los cuales dichos navíos, todos juntamente continúen su camino a las dichas islas de Cabo Verde, y de ahí tomarán su rota derecha al poniente hasta las dichas trescientas setenta leguas, medidas como las dichas personas acordaren que se deben medir, sin perjuicio de las dichas partes, y allí donde se acabare, se haga el punto y señal que convenga por grados de sur o de norte, o por singladuras de leguas, o como mejor se pudiere concordar (…)“.

Observando las áreas de ocupación portuguesa en el Brasil antes del Tratado de Madrid de 1750 que anuló la línea de Tordesillas, se observa que Portugal transgredió en su colonización del continente americano la demarcación del Tratado de Tordesillas. De igual manera España colonizó las islas Filipinas en Asia, que estaban dentro del hemisferio portugués. Aunque gran parte esto fue debido a la dificultad existente en el siglo XV para la determinación de la longitud, y así fue hasta 1580, no hay que olvidar que durante 60 años el tratado dejó de tener sentido legal, puesto que entre 1580 y 1640 Castilla y Portugal tuvieron un mismo monarca en una unión dinástica aeque principaliter, y los reyes otorgaron a exploradores portugueses capitanías y concesiones en la cuenca amazónica. Así, a partir de 1580 los comerciantes y colonos portugueses podían establecerse sin preocupaciones más allá del citado meridiano, penetrando profundamente en la selva brasileña. De este modo, cuando en 1640 se produjo la independencia de Portugal, retuvo consigo las posesiones adquiridas hasta entonces mucho más al Oeste de la demarcación del Tratado de Tordesillas en virtud del precepto uti possidetis ite possideatis. En 1534 el rey portugués Juan III creó el sistema de capitanías hereditarias para colonizar Brasil, donó a Pero Lopes de Sousa la Capitanía de Santana que se extendía desde la isla de Mel, en el grupo de Cananéia, hasta Laguna, que entonces era considerado en Portugal como el punto extremo de su territorio en América del Sur, es decir por donde creían que pasaba la línea de Tordesillas. Posteriormente en diversos mapas portugueses la boca del Río de la Plata e incluso del Estrecho de Magallanes aparecían como situadas “al Este” de la línea de Tordesillas, es decir, como “territorios del Brasil“. Además los portugueses transgredieron con creces las fronteras que les señalaba la línea de Tordesillas debido a la dificultad para fijar las longitudes (ubicación de los meridianos) debido a la imprecisión de los instrumentos de la época, ya que entonces para señalar las longitudes o meridianos se hacían cálculos aproximativos en los cuales el recurso más apropiado solía ser la corredera. Recién a mediados del siglo XVIII Inglaterra desarrolló precisos cronógrafos (cronómetro de Harrison inventado en 1765) que, unidos a los sextantes, dieron la posibilidad de ubicar con bastante precisión la posición de los meridianos.

En el mapa de Piri Reis la península Ibérica y la costa de África occidental están dibujadas con mucho cuidado, casi como en las cartas portulanas, también conocidas por el nombre de portulanos, que son mapas que hicieron posible el uso de la brújula. Aparecen en el siglo XIII y continúan elaborándose en varias centurias, incluso muy avanzada la Edad Moderna, aunque son productos típicos de los s. XIV y XV principalmente. Se caracterizan por ser mapas que  tienen como fondo una retícula trazada a base de los rumbos o líneas de dirección de la rosa de los vientos y que son mapas con escala gráfica llamada tronco de leguas. Muchos de los nombres de estas regiones se dan en turco, sin transliterar del castellano o el portugués. En lo alto del mapa hay un barco anclado junto a un pez, con dos personas sobre su lomo, como una clara referencia a la leyenda medieval de San Brandán, de Irlanda. Como está copiado cuidadosamente de uno de sus mapas fuente, evidencia que al menos uno de los mapamundis mencionados por Piri Reis era una producción europea medieval y no un mapa de “los antiguos reyes del mar”. Brandán el Navegante (Irlanda,  484–578), en irlandés Breandán, o Brendán, también llamado Brandano, Barandán o Borondón, fue uno de los grandes monjes evangelizadores irlandeses del siglo VI. Abad del monasterio de Clonfert (Galway, Irlanda) que fundó en el 558 ó 564, fue protagonista de uno de los relatos de viajes medievales más famosos de la cultura gaélica medieval, relatado en la Navigatio Sancti Brandani, una obra que fue redactada en torno a los siglos X-XI. Tempranamente traducida al francés la leyenda de su viaje se extendió durante siglos por la Europa cristiana en copias manuscritas, aunque los bolandistas no dudarían en calificarla de «apocripha deliramenta», y no fuese editada hasta 1836, cuando salió en Francia una versión preparada por Achille Jubinal.

De acuerdo con la citada Navigatio,  Brandán partió en un barco el 22 de marzo del 516 con otros catorce monjes, a los que se sumaron tres advenedizos, con el sorprendente objetivo de buscar el Paraíso Terrenal. Después de un largo viaje, recaló en un mar lleno de islas. La identidad de estas islas y en particular de la mítica isla de San Brandán, ha sido motivo de controversias, y se ha afirmado que posiblemente se tratara de la Isla de Terranova, lo que haría de Brandán quizá el primer europeo en llegar a América. También se las ha identificado con Islandia y las islas Feroe, e incluso con las islas del mar Caribe o las islas Canarias (España). La leyenda cuenta que los monjes celebraron una misa de resurrección en una isla que resultó ser una ballena, y así nació la leyenda de la isla errante en las aguas del Océano Atlántico. La Iglesia Católica lo honra como santo. Es el patrón de los marinos, celebrándose su fiesta el 16 de mayo. Mucho se ha discutido acerca de la historicidad de este religioso, y aunque fue eliminado del santoral en tiempos de Pablo VI, no cabe duda de que se trató de un abad irlandés que llevó a cabo tareas de evangelización en las aguas del Mar del Norte. En realidad, fue un fiel seguidor de la tradición misionera del cristianismo irlandés de la que los santos Columba y Columbano fueron claros exponentes. Desde principios del siglo V enteras comunidades monásticas se lanzaron a la mar en curraghs (lanchas de cuero calafateado) para predicar el Evangelio hasta los confines de la Tierra. El San Brandán histórico, abad de Clontarf, estaría acreditado por el testimonio de Adamnano, que redactó una Vida de San Columbano aproximadamente cincuenta años después de la muerte de Brandán. En ella cuenta que el santo visitó la isla de Iona(occidente de Escocia) donde se encontró con San Columbano, y llegó con sus exploraciones hasta las islas Feroes. Abades irlandeses posteriores completarían su obra, llegando hasta Islandia e incluso Groenlandia, donde establecieron nuevas comunidades cenobíticas y abrieron el camino para su colonización posterior por los gaélicos y los noruegos.

Pero San Brandán es más conocido por su periplo legendario a la Tierra de Promisión. Según la Navigatio Sancti Brandani, Brandán tuvo noticia de su existencia a través del relato de Barinto, un monje que ya había visitado aquel lugar. Barinto, entre lágrimas, le cuenta que Mernoc, quizá su propio hijo, había partido hacia Islandia o isla de San Ailbeo a hacer penitencia. Barinto teme que no pueda regresar, pues las aguas ya no tardarán en congelarse, y solicita a Brandán que vaya en su busca. Brandán decidió construir un curragh y partir hacia Occidente en compañía de catorce monjes. A ellos se sumarán luego otros tres que acabarán siendo fuente de conflictos. Brandán y sus compañeros vagaron durante siete años por el océano, encontrando islas maravillosas, monstruos marinos y la tierra donde habitan los condenados para alcanzar finalmente el paraíso de los bienaventurados (relato con ciertas coincidencias con la Odisea). En su navegación arribaron primero a la isla del Castillo Deshabitado, en la que fueron recibidos por un perro que los guió hasta una villa despoblada. Allí permanecieron durante tres días, encontrando siempre comida preparada para ellos, aun cuando fueron incapaces de ver a una sola persona, excepto un diablo etíope (!). Uno de los recién llegados muere tras admitir haber robado. Luego llegan a una isla con un joven que les trae pan y agua. Las siguientes estaciones fueron la isla de las ovejas, que se ha querido identificar con las islas Feroe, donde pasan la Semana Santa, y la isla-pez, que posteriormente sería conocida como Isla de San Brandán. Era una ínsula completamente desprovista de vegetación en la que Brandán celebra la misa de Pascua. Tras la celebración decidieron encender una hoguera para calentarse y cuando se sentaron en torno al fuego se estremecieron al comprobar cómo la isla comenzó a moverse. Se dirigieron rápidamente a su barco y se alejaron precipitadamente de ella. Se trataba del pez gigante llamado Jasconius (¿o tal vez algún tipo de ovni marino?).

La siguiente etapa del viaje transcurrió en el Paradisus Avium (Paraíso de los pájaros), habitada por pájaros de todo tipo que se unieron a los monjes en sus oraciones. Uno de ellos confesará al santo que los pájaros habitantes de la isla son ángeles que se mantuvieron neutrales en el enfrentamiento entre el arcángel san Miguel y Lucifer (!). Vueltos a la mar, navegaron durante tres meses hasta que, exhaustos, alcanzaron la isla de Ailbe, habitada por monjes que habían realizado un estricto voto de silencio y que habían residido allí durante ochenta años, sin padecer enfermedad o desgracia alguna. El viaje continúa, retornando a algunas de las islas por las que ya habían pasado, hasta alcanzar una isla con tres anacoretas, donde se pierde el segundo de los monjes advenedizos. Luego visitan la isla de las uvas, donde obtienen el vino necesario para la consagración. Retornan a Ailbe para pasar la Navidad. Tras el abandono de este lugar llegó la prueba más terrible que tuvieron que afrontar san Brandán y sus compañeros: El paso por el infierno. Monstruos sin número se acercaron a la nave escupiendo enormes ráfagas de fuego. Los monjes reemprendieron el rumbo a toda prisa pero no pudieron evitar que el tercero de los frailes advenedizos fuera devorado por una de esas criaturas. Su viaje prosiguió, y la siguiente etapa tuvo lugar junto a un enorme pilar de cristal que tardaron casi tres días en bordear, a través de un mar lleno de niebla. Finalmente alcanzaron la frontera de la Tierra Prometida, donde fueron recibidos por un anacoreta, san Pablo el Ermitaño que había vivido en su isla sesenta años. Por fin, tras volverse a encontrar con Jasconius encuentran la isla del Paraíso, de la que el relato no hace ninguna descripción y regresaron a Irlanda, lugar donde Brandán murió poco después de su llegada.

La leyenda de San Brandán y su viaje al Paraíso va a influir sobre otros relatos difundidos por toda Europa occidental, como las narraciones viajeras de Saint-Malo, en Bretaña, o San Amaro, en España.  Los intentos de localizar la ubicación de las islas visitadas por Brandán comenzaron ya en el siglo XII con Honorio de Autun, quien hablaba de una isla situada en el océano Atlántico llamada Perdida, a la que habría llegado Brandán, pero que si se la buscaba no se encontraba. En las islas Canarias aún persiste una leyenda popular de una isla que aparece y desaparece desde hace varios siglos y que fue bautizada como isla de San Borondón. Según los testigos que dicen haber visto la isla, normalmente la sitúan en el extremo occidental del archipiélago, entre las islas de La Palma, La Gomera y El Hierro. Hay relatos desde siglos que narran la aparición de dicha isla, de la visión por muchos testigos y de su posterior desaparición, mientras otras personas atribuyen la extraña aparición debido a alguna acumulación de nubes en el horizonte o a un fenómeno de espejismo. La leyenda de San Borondón llegó a adquirir tal fuerza en Canarias que durante los siglos XVI, XVII y XVIII se organizaron expediciones de exploración para descubrirla y conquistarla. Incluso Leonardo Torriani, ingeniero encargado por Felipe II para fortificar las Islas Canarias a finales del siglo XVI, describe sus dimensiones y localización y aporta como prueba de su existencia las arribadas fortuitas de algunos marinos a lo largo del siglo XVI.

Y aquí introducimos otro tema enigmático relacionado con la Antártida , que luego trataremos en mayor profundidad. Es importante la utilización que de ella hicieron los navíos de la Marina de Guerra Alemana (Kriegsmarine). Durante la Segunda Guerra Mundial todavía estaba sin cartografiar y resulta que marinos alemanes, al mando del almirante Dönitz, sabían de la existencia de las enormes grutas antárticas donde un navío se podía cobijar sin ningún problema, llevar a cabo reparaciones, descansar la tripulación y estar tranquilamente sin riesgo alguno de ser localizados. Pero los planes del Tercer Reich y las actividades de la Kriegsmarine respecto del territorio antártico iban mucho más lejos: los alemanes reclamaron la soberanía sobre un enorme territorio antártico al que denominaron “Neuschwabenland” (Nueva Suabia, en español). Suabia (en alemán: Schwaben o Schwabenland) es una región histórica repartida actualmente entre Baden-Wurtemberg y Baviera en Alemania. Hoy en día Suabia es también una región administrativa del Estado libre de Baviera (capital: Augsburgo).  Su nombre se deriva de la tribu de los suevos, que se fundieron con los alamanes. En la Edad Media, el ducado de Suabia tenía por capital a Augsburgo y la región era conocida en la antigüedad como Alemania. La desaparición del ducado fue establecida por la Paz de Westfalia (1648). Tras las guerras Napoleónicas, parte del territorio fue cedido a Baviera en 1803. Y, tal como hemos dicho, la Alemania nazi reclamó soberanía sobre un territorio de la Antártida al que llamaba Nueva Suabia. En éste territorio construyeron varias bases permanentes, siendo la principal la denominada como “Neuberlin” (Nueva Berlín). No por casualidad el almirante Dönitz, que estaba al mando de la flota de submarinos del Tercer Reich, había declarado durante la guerra lleno de orgullo: “La flota alemana de submarinos está orgullosa de haber construido para el Führer, en otra parte del mundo, un Shangri-La, una fortaleza inexpugnable“.

La historia de la exploración antártica alemana se remonta al año 1873, cuando Eduard Dallmann, por encargo de la antes creada Sociedad Alemana de Viajes Navales Polares (Deutsche Polarschiffahrtsgesellschaft), con su barco “Grönland” (Groenlandia) descubrió nuevas regiones y pasos en las aguas antárticas. Dallmann descubrió la isla llamada Kaiser-Wilhelm  entre las islas Biscoue. Los alemanes ya entonces se mostraron innovadores en la exploración de las regiones polares, pues el “Grönland” era el primer barco de vapor que exploraba las aguas antárticas. En los siguientes 60 años tuvieron lugar otras ocho expediciones, dos de ellas fundamentales. En 1910, bajo el comando de Wilhem Filchner, con el barco “Deutschland”, y en 1925, con el barco polar “Meteor“, bajo la dirección del Dr. Albert Merz. En los años previos a la guerra, los deseos hegemónicos de los jefes militares alemanes se hicieron cada vez más fuertes, teniendo la firme intención de construir una base militar en el hielo antártico. En ese tiempo no existía sobre el Polo Sur ningún tratado internacional y una toma de posición respecto a tales deseos territoriales poco antes del estallido de la inminente guerra mundial pareció, estratégicamente hablando, tener mucho sentido. Además, gracias a la propaganda del Reich, podía ser mostrado como una demostración de fuerza. De modo que, en colaboración con la Lufthansa alemana, se desarrolló y llevó a cabo la idea de una operación político-militar, pero bajo la apariencia de una operación civil. El mando de esta empresa la recibiría el experimentado capitán Alfred Ritscher. Como barco se eligió el “Schwabenland” (Suabia, en español, el nombre de una región alemana), un barco portador de hidroaviones de la Lufthansa desde el que, con ayuda de catapultas de vapor, podían despegar hidroaviones Dornier “Wale” de 10 toneladas de peso. Esta revolucionaria técnica la empleaba la Lufthansa ya desde 1934 para el tráfico postal con Suramérica. En Otoño de 1938 el “Schwabenland” fue adaptado para la expedición antártica en los astilleros de Hamburgo, lo que costó la enorme suma de un millón de marcos alemanes de la época, un tercio del presupuesto de la expedición.

A mediados de Noviembre de 1938, mientras se preparaba el barco “Schwabenland“, la Sociedad Alemana de Viajes Navales Polares (Deutsche Polarschiffahrtsgesellschaft) invitó a Hamburgo al por entonces ya legendario explorador antártico norteamericano Rychard E. Byrd, con motivo del visionado especial de su nueva película antártica. Esta película fue proyectada en Hamburgo ante 82 asistentes, de los cuales 54 eran miembros de la tripulación del “Schwabenland“, como forma de adiestramiento y preparación ante la inminente expedición. Byrd, quien ya en 1929 había sobrevolado el Polo Sur, era en aquel tiempo aún un civil, si bien era un héroe nacional para los americanos. Ironía de la historia que exactamente este Rychard E. Byrd, en el año 1947 y con el rango de almirante de los EE.UU., dirigiera la mayor operación militar en la Antártida: la misteriosa Operación Highjump. Todo indica que aquella secreta operación, que muy probablemente tenía como objetivo la destrucción de la base alemana conocida como ‘Base 211’, fracasó completamente. En el año 1938 se produjo la famosa Expedición Antártica Alemana, que culminó en la toma de un extraordinario territorio, que recibió el nombre de “Neuschwabenland” (“Nueva Suabia“), inspirado en el nombre del propio barco nodriza “Schwabenland“. El iniciador del proyecto fue Hermann Göring y, por tanto, la Luftwaffe alemana. En este proyecto también se incluía la construcción de enormes bases secretas alemanas en el territorio antártico, en la cual ayudaron de manera fundamental flotas enteras de submarinos. Varios autores, basándose en testimonios, han observado que se llevó a Neuschwabenland maquinaria de construcción muy moderna, así como numerosos científicos,. Los técnicos habrían vaciado montes enteros para convertirlos en refugios camuflados. Debieron de ser colosales obras de ingeniería. Neuschwabenland  era de suma importancia para el  Reich Alemán por algún motivo que desconocemos. Tanto como para destinarle recursos que desviaba de los que necesitaba urgentemente para la guerra que estaba librando.

Julius Evola, seudónimo del barón Giulio Cesare Andrea Evolay esotérico e ideólogo de la derecha italiana, conoció la esencia esotérica del Nacionalsocialismo, y escribió lo siguiente: “La primera expedición que realizaron las SS habría buscado una relación con un centro secreto de la tradición, la otra habría tendido a un contacto con la Thule hiperbórea oculta“. Evola se refiere a la enigmática expedición al Polo Sur que ha desatado el interés de algunos investigadores. Tal expedición va siempre unida a la doctrina esotérica nacionalsocialista, según la cual la Tierra sería un planeta hueco habitable en su interior. En 1945, varios meses después de terminada la guerra, llegaron hasta las costas argentinas de Mar del Plata un par de submarinos alemanes de última generación, capaces de permanecer hasta seis meses sumergidos, y cargados de más hombres de los que necesitaría cualquier misión usual. Transportaban una curiosa carga de cigarrillos, a pesar de que ninguno de ellos fumaba. Los submarinos llevaban mucho tiempo en el mar, lo que es más extraño aún. La tripulación no pudo explicar satisfactoriamente su presencia en estas aguas australes ni por qué las naves estaban falsamente clasificadas con las series U-530 y U-977, correspondientes en realidad a dos viejos submarinos que en los archivos navales de la Marina Alemana aparecían en reparación, una clara muestra de que se trató de ocultar la desaparición de estas naves. Los norteamericanos enviaron en tiempo récord una enorme dotación de oficiales que apresaron a los alemanes y se los llevaron a Estados Unidos, haciéndolos desaparecer de la escena. Fueron sometidos a durísimos interrogatorios y se actuó con tal rapidez que prácticamente nadie supo lo que sucedió.. Sin embargo, inmediatamente después comenzaron los aliados sus extrañas  “expediciones” a la Antártida, siendo la principal la del almirante Byrd, quien volvió convencido de que los jerarcas alemanes que no estaban en Nuremberg estaban en un secreto refugio antártico. Sus expediciones principales tuvieron lugar entre 1946 y 1947, y en ellas los americanos utilizaron sus más modernos aparatos de sondeo y rastreo, con aviones y buques. Tal despliegue jamás habría tenido lugar en base a un mero rumor fantasioso.

La noticia que circuló entonces, incluso entre algunos medios de prensa de la época, era que los dos submarinos habrían sido parte de un enorme convoy que salió de Alemania con Hitler y sus principales asesores hasta algún lugar secreto de las tierras australes, el “paraíso inexpugnable” del almirante Doenitz. Los dos submarinos, debido a fuertes tormentas, se habrían extraviado. Y, como es habitual en las misiones ultra secretas, desconocían el lugar al que se dirigían, limitándose a seguir a sus guías. Fue así como, extraviados y rendidos a su mala fortuna, llegaron perdidos hasta Mar del Plata. Pero aparentemente, pese a los intentos aliados de destruir las bases antárticas, Neuschwabenland nunca fue conquistada. Por ello toda la Antártida fue declarada “territorio hermético“. Debía olvidarse el nombre de la Antártida. Hasta se firmó un tratado internacional que prohibía las pruebas nucleares en la Antártida hasta el año 2000. ¿Alguien se ha fijado en que en la bandera de las Naciones Unidas (ONU), que muestra un mapa del mundo, falta por completo la Antártida, como si no existiera? ¿Por qué aparece el Polo Norte y no el Polo Sur? Vemos Europa, Asia, África, América, Australia, Groenlandia y hasta Nueva Zelanda, pero ¿por qué se ha eliminado precisamente la Antártida? Tal vez lo que hemos comentado en relación a los nazis en la Antártida tenga algo que ver con esta omisión.

En 1929 el Palacio de Topkapi, en Estambul, Turquía, estaba en proceso de ser convertido en museo. Un grupo de eruditos que trabajaban clasificando material en la sección de archivos del Imperio otomano hizo un descubrimiento notable: una sección de un mapa de principios del siglo XVI estaba basada, en apariencia, en cartas dibujadas por Cristóbal Colón en su viaje al Nuevo Mundo. El hallazgo fue presentado a la comunidad científica dos años después por el orientalista alemán Paul Kahle en el decimoctavo congreso de la especialidad, causando una profunda impresión. El portulano presentaba una inscripción particularmente relevante: “Las costas e islas de este mapa fueron obtenidas del mapa de Colón“. De acuerdo a la investigación subsecuente, la historia del mapa comenzó en 1501, nueve años después del descubrimiento de Colón, cuando Kemal Reis, capitán de la flota otomana, capturó siete naves cerca de las costas de España y descubrió, mediante interrogatorio a las tripulaciones, que uno de ellos, que había viajado con el Almirante hacia el Nuevo Mundo, poseía un mapa dibujado por Colón en persona. Kemal envió el marino a su sobrino Piri, también capitán naval y cartógrafo. En 1511 Piri Reis comenzó a diseñar un nuevo mapa que contendría todos los recientes descubrimientos ibéricos. Usó unas veinte fuentes cartográficas, de las cuales se conoce la procedencia de catorce: cuatro (por entonces novedosas) cartas portuguesas, ocho ptolemaicas, una árabe y la colombina entregada por el marino español capturado. La carta arábiga describía la India; las portuguesas, América, el Océano Índico y China; la de Colón, el Caribe. Pero no se ha determinado aún a que cartas ptolemaicas se refería.

En 1517 presentó su mapa al sultán Solimán el Magnífico, que, impresionado, lo retribuyó ascendiéndolo a almirante. En 1521 produjo otra contribución a la cartografía mundial: una cartilla de guía a las costas e islas del Mar Mediterráneo, publicada bajo el nombre de “Kitab-i Bahriye” (“El libro del marinero“). Incluía un recuento del descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón, virtualmente idéntico a una extensa descripción en el lado izquierdo del portulano. Esta obra fue de suma ayuda para los peritos que intentaban determinar la autenticidad del mapa de Piri Reis, que llegaron a una conclusión positiva. Piri Reis se retiró a Galípoli, y trabajó durante los siguientes tres años, reduciendo los mapas fuente a una misma escala, lo que era una labor muy dificultosa. Al terminarla, agregó esta inscripción: “El autor de esto es el humilde Piri ibn Hajji Muhammad, conocido como el sobrino de Kemal Reis, en la ciudad de Galípoli en el Sagrado Mes de Muharram del año 919 [1513 cristiano]“. Hasta el descubrimiento del mapa de Piri Reis había únicamente dos fuentes cartográficas —ambas indirectas— para comprender cuál era la visión de Cristóbal Colón sobre sus propios descubrimientos. Una de éstas era un boceto recogido en un códice de 1522 por Alessandro Zorzi, cartógrafo de Venecia, que dijo que se basaba en un mapa traído por Bartolomé Colón (hermano del descubridor) en 1506. Pero el mapa de Zorzi contenía información que en ese año era desconocida y por lo tanto no puede usarse para deducir cómo eran los conceptos geográficos del Almirante, aunque muestre al Nuevo Mundo como una parte de Asia.

El único otro mapa superviviente de la época es el dibujado por Juan de la Cosa, miembro de la primera expedición colombina de 1492, que posteriormente navegaría también con Américo Vespucio. Pero este mapa —datado en 1500— muestra correctamente Cuba como una isla, mientras que Colón no sólo opinaba que Cuba era una península asiática sino que se lo hizo jurar a sus tripulantes por miedo a las consecuencias que el hecho de haber arribado a una isla y no a un continente podría causar en su reputación, ya que la expedición había zarpado de España con el propósito de hallar una ruta a las Indias a través del Atlántico. De todos modos se tiene la certeza de que Colón sabía muy bien a dónde iba. El mapa y sus relatos debieron haber sido muy útiles al gobierno otomano: demostraban que las nuevas rutas descubiertas por los exploradores hispanos y lusitanos suponían una amenaza para el dominio turco de los mares del Océano Índico y el Golfo Pérsico. Muchos años después, en 1551, el mismo Reis fue puesto al mando de una flota con la misión de ahuyentar a las fuerzas portuguesas que frecuentaban el Golfo. Es por estos motivos que la conferencia de Paul Kahle en 1931 sobre el mapa sorprendió tanto a su audiencia y tuvo una repercusión tan grande. Parecía casi milagroso que el único registro cartográfico directo del mayor descubrimiento de todos los tiempos se hubiera preservado en una biblioteca de Estambul, y que debamos su conservación a un pirata de la marina otomana. Sin embargo, a pesar de la dimensión del hallazgo documental, su atracción se disipó rápidamente. Pocos investigadores desde la época de Kahle han examinado con detalle los componentes colombinos del mapa de Reis, y la cuestión de hasta qué punto representa las ideas del descubridor no está resuelta en absoluto. Imago Mundi, por ejemplo, una de las más importantes revistas sobre la historia de la cartografía, jamás dedicó un artículo propio al mapa de Piri Reis.

Hay una hipótesis que intenta correlacionar el contorno inferior del mapa de Piri Reis con el de la costa patagónica argentina y las Islas Malvinas. Otra hipótesis, menos aceptada, intenta correlacionar el contorno americano del mapa de Piri Reis con el de la costa venezolana y brasileña. La mayoría de los eruditos considera que las alegadas similitudes del perfil meridional del mapa de Reis con el de la costa antártica son en extremo tenues y casuales. Durante siglos, antes del descubrimiento del continente helado en el siglo XIX, los cartógrafos habían dibujado una gran masa austral de tierra (la Terra Australis Incognita) basados en la presunción de simetría exigida por Aristóteles y Eratóstenes, entre otros naturalistas griegos.  Terra Australis (de forma completa en latín Terra Australis Ignota o Terra Australis Incognita, “Tierra Desconocida del Sur“) fue un continente imaginario con orígenes en la Grecia clásica que solía aparecer en los mapas europeos a partir del siglo XV y hasta el siglo XVIII. El concepto fue introducido por Aristóteles y por Eratóstenes sobre la base de prejuicios relacionados con la simetría geométrica. Sus ideas fueron posteriormente extendidas por Ptolomeo, un cartógrafo griego del siglo I, que creía que el océano Índico estaba cerrado por una masa de tierra al sur. Cuando, durante el Renacimiento, Ptolomeo se convirtió en la principal fuente de información para los cartógrafos europeos, este continente empezó a aparecer en sus mapas. Aunque los viajes de exploración fueron haciendo que se redujese la masa de tierra del alegado continente, los cartógrafos continuaron pintándolo en sus mapas y los científicos defendieron esta opción con los usuales argumentos aristotélicos tales como que debería haber una gran masa de tierra en el hemisferio sur que hiciera de contrapeso a la masa conocida en el hemisferio norte.

Era frecuente que este continente se dibujara alrededor del Polo Sur, pero con una superficie mucho mayor que la actual Antártida y extendiéndose mucho más al norte. Por ejemplo, Fernando de Magallanes en 1520 creyó que la isla Grande de Tierra del Fuego era parte de esta Terra Australis Incognita. Nueva Zelanda, descubierta por Abel Tasman en 1642, así como Australia, también fueron consideradas como parte de esta mítica masa terrestre. El 30 de abril de 1606 Pedro Fernández de Quirós tomó posesión de todas las tierras del Sur hasta el Polo para la Corona de España en la isla de Espíritu Santo, en Vanuatu, a la que llamó Austrialia del Espíritu Santo pensando que era parte de la Terra Australis Incognita. A inicios del siglo XVI marinos españoles como Francisco de Hoces (quien descubrió el pasaje luego llamado “de Drake“) y Gabriel de Castilla, ubicaron concretamente las costas de la aún entonces llamada Terra Australis Incognita en las latitudes reales. El concepto de esta mítica tierra meridional fue finalmente corregido por James Cook. En su primer viaje circunnavegó Nueva Zelanda mostrando que no era parte de un continente mayor. En su segundo viaje circunnavegó el globo a una elevada latitud sur (en algunos lugares incluso cruzando el círculo polar antártico) con lo que mostró que si hubiera un continente en el hemisferio sur éste debería estar confinado en zonas polares y no en regiones de clima templado como se había pensado. En tiempos modernos se ha usado en ocasiones el término “Terra Australis” como sinónimo del continente australiano.

La masa meridional del mapa de Reis podría ser una continuación de esta tradición. En un principio se creía que el extremo sur de Sudamérica y el de, una vez descubierta, Australia, debían estar unidos a esta gran tierra polar, de la que se pensaba que era mucho mayor de lo que es el verdadero continente blanco. Se ha sugerido que la supuesta Antártida que figura en la parte meridional del mapa no es otro perfil que el de la costa patagónica oriental, girada en sentido anti-horario unos noventa grados debido a los mapas portugueses en los que Reis se basó. Entre los navegantes de la península ibérica era común el modificar substancialmente la longitud posicional de los territorios para situarlos a un lado u otro del límite asignado por el Tratado de Tordesillas. Otra de las limitaciones podía proceder del espacio disponible en la piel de gacela que sirve de sustrato al dibujo. En efecto, pudo darse el caso de que Piri Reis, o el escriba que copió su obra, reparase en que al llegar al Río de la Plata, se estaba acabando la valiosa piel de gacela. En este momento podría haber girado la línea costera hacia el este y haber descrito un semicírculo que cupiera en el cuero. Este tipo de prácticas eran muy habituales en la época. Una examen minucioso del borde costero apoya esta visión, revelando representaciones de las bocas y angosturas del Estrecho de Magallanes y zonas aledañas, los principales golfos y bahías, y las Islas Malvinas (el archipiélago cuya isla principal es llamada por Reis isla de Sare); la zona de la gran bahía o golfo intermedio correspondería al Río de la Plata, y el punto más oriental de la costa, al extremo meridional de Argentina, en Tierra del Fuego. Además, las anotaciones del mapa, que indican que el área es calurosa y habitada por serpientes, no encajan en la suposición de que se trata de la Antártida, pero sí en la hipótesis patagónica. Al mismo tiempo, una nota sobre las alegadas Malvinas dice que allí la primavera “llega antes“, lo cual no es cierto para los territorios insulares al sur de la Convergencia Antártica.

Gregory McIntosh, un historiador de la ciencia cartográfica, examinó el mapa en detalle y publicó sus resultados en The Piri Reis Map of 1513 (Atenas y Londres: University of Georgia Press, 2000). Allí sostiene que la fuente colombina que Reis menciona fue usada para dibujar el Caribe, ya que esta zona es, en efecto, de excepcional importancia. En su extremo noroeste se halla una gran isla llamada La Española (hoy Haití y la República Dominicana), descubierta por Colón en su primer viaje y donde había establecido una colonia, indicada en el mapa con tres torres. Inmediatamente al sur de La Española se ve Puerto Rico, y al noreste un conjunto de islas que llama “Úndizi Vérgine” (“Las Once Vírgenes“). Dado que este nombre es claramente italiano, no portugués ni español, evidencia el origen colombino de este sector. En efecto, muchos de los nombres de puertos y accidentes geográficos usados por Reis se encuentran también en textos colombinos. Por lo tanto tampoco esta zona se basaría en mapas de la Antigüedad remota. Es evidente que Colón deformó La Española en sus mapas, haciéndola quedar completamente desproporcionada con respecto a Brasil y orientada de norte a sur en vez de este a oeste. De esa manera quedaba sorprendentemente parecida a las representaciones convencionales del Cipango (Japón) de Marco Polo que se ven en los mapas de Martin Behaim o Paolo Toscanelli, que Colón utilizó. El Almirante, al menos en su primer viaje, se dice que estaba convencido de haber hallado aquel territorio fabuloso, y habría dibujado su Españolacon esta forma para apoyar su tesis. Un elemento aún más importante para reafirmar el origen colombino de esta zona del mapa frente a su supuesto origen más antiguo es que la verdadera isla de Cuba no aparece en ningún mapa colombino, pues aparentemente Colón pensaba al principio que el territorio continental americano era una parte de Asia, y lo dibujó como tal. En el mapa de Piri Reis, la proyección continental que se halla frente a La Española es, con toda seguridad, Cuba; y aparece de norte a sur tal y como Colón creía, influenciado por las descripciones de Marco Polo sobre Catay. Dado que Colón pensaba que había hallado la costa asiática, lógicamente dibujó el continente de esta manera, según la representación convencional. De hecho, todo sector continental en el extremo noroeste está etiquetado con topónimos que en los viajes colombinos fueron asignados a lugares cubanos.

McIntosh afirma que el mapa muestra dos grupos de Islas Vírgenes porque Piri Reis las tomó de dos mapas distintos sin advertir que representaban lo mismo. La delineación de la costa brasileña en la carta de Piri Reis es mucho más precisa que la caribeña. La relación y distancia entre Sudamérica y la costa africana occidental, por ejemplo, es mucho más correcta que en la mayoría de mapas europeos de su época. Los nombres que aparecen en esa zona, claramente transliterados del italiano y el castellano, quedan nítidamente asociados a los informes de viaje de Américo Vespucio y otros. Pero el área caribeña del mapa es tremendamente imprecisa. El estadounidense Charles Hapgood intentó hacerla encajar postulando una proyección equidistante desde un punto de origen próximo a El Cairo, diciendo que la isla que aparece claramente identificada como La Española es en realidad Cuba y reorientando todas las regiones caribeñas del mapa. Esta tesis ha sido recibida con escepticismo por la comunidad científica, y se le ha acusado de deformar la realidad para adaptarla a la teoría. Charles Hapgood era un académico estadounidense que desarrolló la hipótesis del cambio de polos catastrófico. La teoría sugiere que el eje de rotación de la Tierra se ha desplazado en numerosas ocasiones en la historia geológica. Ese hecho crea calamidades sobre la Tierra, como las inundaciones en masa, terremotos, y la congelación instantánea. Charles Hapgood fue un graduado de Harvard y amigo de Albert Einstein. De hecho, Einstein se sintió muy intrigado por la investigación de Hapgood y escribió el prólogo de uno de sus libros discutiendo el tema. Charles Hapgood basa muchas de sus ideas en los mapas de archivo, que según él demuestran a la Antártida con el libre flujo de los ríos. Un ejemplo es el mapa dePiri Reis, que muestra un vasto continente similar a la forma de la Antártida. Hapgood argumentó que la sección del Caribe en el mapa fue girada casi 90 grados desde la parte superior de América del Sur, dando a la Tierra una “alternativa norte“. Él también uso los datos paleontológicos de los mamuts lanudos y otras especies de animales antiguos, que se han encontrado en el Polo Sur, congelados y con vegetación sin digerir en su estómago. Esto podría sugerir un solo evento cataclísmico ocurrido con tal fuerza que mató súbitamente a estas especies.

La teoría de Charles Hapgood es que la Tierra ha pasado por tres desplazamientos masivos de la corteza en los últimos 100.000 años, y, según sus datos, la última fue hace aproximadamente 12.000 años. Uno de los detalles topográficos más sorprendentes, y de los que han causado más discusiones, es la presencia de una cadena montañosa a lo largo de Sudamérica, que Hapgood identificó como los Andes. Los ríos que parten de ella, lógicamente, se consideran el Amazonas, el Orinoco y el Río de la Plata; y el animal con dos cuernos que se halla junto a las montañas, según Hapgood, es una llama. Sin embargo, el mapa de Piri Reis no es el primero en mostrar montañas en el interior de Sudamérica. El Planisferio de Caverio (Biblioteca Nacional de París) y la carta de Martin Waldseemüller de 1507 dibujan la costa este de Sudamérica —aunque esquemáticamente— y una cadena montañosa adornada con árboles. El mapa de Caverio se dibujó entre 1504 y 1505, mucho antes de que se explorara esa zona del interior. Existe una similitud extraordinaria entre este mapa y el de Piri Reis, por lo que cabe suponer que el uno se basa en el otro. Piri Reis podría haber tenido acceso también a los mapas de Waldseemuller (1507), Clareanus (1510) y Johannes de Stobnicza (1512). Todos están relacionados entre sí y, casi sin duda, se derivan del mapa de Caverio. En particular, el mapa de Johannes de Stobnicza pudo haber sido accesible para Piri Reis, pues fue impreso en Cracovia — en una edición de Claudio Ptolomeo— en 1512, un año antes del dibujo del pirata turco. Este podría ser uno de los mapas que llamó “dibujados en la época de Alejandro el Grande” (356-323 a. C.) a que hace referencia el propio Reis, cayendo en la confusión que existía entre los dos Ptolomeos (siendo el más antiguo Claudio Tolomeo, astrónomo, matemático y geógrafo griego, del siglo II a. C.).

La zona de la Antártida y la costa hacia el este situadas en el extremo inferior fue crucial para las hipótesis de Hapgood. Pero, aunque ninguno de los mapas derivados del de Nicolo Caverio muestre un continente antártico, otros grupos de mapas antiguos sí lo hacen. A partir del siglo XV los cartógrafos frecuentemente incluyeron una gran masa meridional que unía África con Asia, haciendo del Océano Índico un mar interior: esta noción geográfica se deriva de interpretaciones ptolemaicas de la Terra Australis. Cuando el portugués Hernando de Magallanes pasó entre Sudamérica y la isla de Tierra del Fuego, a través del estrecho que lleva su nombre, creyó que la Isla se trataba del extremo norte del mítico territorio del que hablaban los griegos antiguos. No fue sino hasta el viaje de Francis Drake de 1578 cuando esta idea se corrigió. La búsqueda de la Terra Australis duró siglos, produciendo el descubrimiento de la gran isla que ahora lleva el nombre que tanto fascinó a los cartógrafos renacentistas: Australia. Pero la Antártida no se quiso manifestar a los grandes descubridores. Existen indicios de que fue avistada antes de su descubrimiento oficial en 1820, por ejemplo el relato de Américo Vespucio —desplazado 500 millas (unos 900 km) de su ruta por los vientos— donde habla de una Tierra Vista: quizás las Islas Malvinas o tal vez la propia Antártida. Algunos de los textos que dan soporte a esta hipótesis son presumiblemente apócrifos, pero la evidencia cartográfica inmediatamente posterior tiende a apoyarla. En 1514, el año posterior a la finalización del mapa de Piri Reis, dos barcos portugueses y otros dos holandeses informaron cosas parecidas. Si era o no la Antártida es tema de discusión, pero no lo es el hecho de que un buque del siglo XVI bien construido y pilotado pudiera llegar muy al sur. Hapgood admite que hay unas 900 millas de la costa sudamericana que no aparecen en el mapa otomano.

Actualmente no existen evidencias históricas que sustenten que la carta de Reis procede de “antiguas civilizaciones” o de culturas desconocidas. El mapa de Piri Reis se considera actualmente una extraordinaria y bella compilación de todo el conocimiento geográfico de la Europa medieval tardía. El ex capitán de las Fuerzas navales británicas, y experto cartógrafo Gavin Menzies en su libro 1421: The Year China Discovered The World afirma que:La Hipótesis de 1421 presenta la teoría de que la masa terrestre meridional del mapa de Reis es realmente la Antártida y que está basada en cartas chinas anteriores. El almirante Hong Bao habría cartografiado esta costa a las órdenes del legendario almirante Zheng He unos setenta años antes de que Colón descubriera América. La expedición habría tenido como objetivo colocar a todo el planeta bajo el control tributario del emperador chino“. Pero la teoría de Menzies ha sido desacreditada por la historiografía científica. Charles Hapgood no tardó en poner en manos del Escuadrón de Reconocimiento Técnico de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, encargada de la cartografía militar norteamericana, una copia del mapa de Piri Reis con la intención de comprobar la precisión de sus contornos. El 6 de Julio de 1960, el teniente coronel Harold Z. Ohlmeyer redactó sus conclusiones. En ellas admitía que la costa antártica que representaba el mapa tuvo, forzosamente, que “ser cartografiada antes de que fuera cubierta por la capa de hielo“. Y añadía que, en nuestros días, “la capa de hielo en esta región tiene más de un kilómetro de grosor“. Las precisiones del teniente coronel Ohlmeyer despertaron todas las alertas de los científicos. Tal y como Hapgood no tardó en calcular, las regiones antárticas cartografiadas por Reis estuvieron libres por última vez de hielos hace al menos… ¡6.000 años! Esto es, varios siglos antes de la fecha que, según la arqueología ortodoxa, surgieran los primeros vestigios de la cultura egipcia en el delta del Nilo. Y es que, si en el 4.000 a.C. no existía “oficialmente” ninguna civilización desarrollada sobre el planeta, ¿cómo pudo haber alguien que cartografiara esas regiones hace tanto tiempo? Y lo que es más, ¿cuál era la antigüedad  de los mapas en los que se basó Piri Reis para confeccionar su famosa carta marina?

Por fortuna para nosotros, el Almirante Reis lo dejó bien claro: él no “inventó” su mapa, sino que se limitó a copiar varios otros mapas antiguos a los que había tenido acceso en la Biblioteca Imperial de Constantinopla. Según el profesor Hapgood, muchos de los mapas custodiados en el siglo XVI en ese recinto habían llegado hasta allí gracias a marineros fenicios. “Tenemos evidencia –asegura Hapgood – de que éstos los consultaron y estudiaron en la gran Biblioteca de Alejandría (Egipto) y que esas compilaciones fueron hechas por geógrafos que trabajaron allí“. Tampoco hay que perder de vista que, durante la Tercera Cruzada, los venecianos asaltaron Alejandría y muchos de los marineros de ese puerto italiano comenzaron a manejar mapas de precisión justo a partir del año 1204. ¿Fue, pues, el saber acumulado en el antiguo Egipto el que copió Piri Reis en su mapa? Un “pequeño detalle“, denunciado por el científico francés Maurice Chatelain tiende a asentar esta tesis. Según Chatelain, la deformación que presentan las líneas de costa en el mapa de Piri Reis obedece a que esta carta “representaba una proyección plana de la superficie esférica de la Tierra tal y como podría ser vista hoy por un astronauta situado a una gran altura sobre Egipto“. Efectivamente. Una foto de satélite tomada a 4.300 kilómetros sobre la vertical de El Cairo mostraría, exactamente, esa deformación de las costas. Esto ha permitido a científicos de la talla de Chatelain suponer que el mapa de Piri Reis es, en verdad, una copia de enésima generación de un mapa antiquísimo realizado desde la vertical de la moderna ciudad de las pirámides de Gizéh.  Sea como fuere, la precisión del mapa de Reis no se detiene ahí. El Almirante turco ubicó en su longitud y latitud correctas Sudamérica y África. Empresa, por cierto, nada fácil si tenemos en cuenta que hasta el siglo XVIII nuestros marineros no pudieron calcular con precisión las longitudes, al carecer de cronómetros que ofrecieran márgenes de error de pocos segundos. No obstante, y para ser ecuánimes, debe reconocerse que Piri Reis cometió ciertos errores, como repetir dos veces el curso del río Amazonas o el de ignorar la existencia del río Orinoco.

Sobre el primero, el profesor Hapgood atribuye el fallo a que el Almirante copió de mapas distintos dos veces el mismo río; y lo demuestra argumentando que si bien uno de esos Amazonas recoge la isla de Marajo en su delta, el otro no lo hace porque está basado en una carta de hace ¡15.000 años!, cuando todavía Marajo estaba unida al continente. En cuanto al Orinoco, Hapgood disculpa a Piri Reis argumentando que, en lugar de este rio, el Almirante dibujó dos profundos entrantes en el continente que debieron transformarse en el río hace también varios miles de años. Las rotundas afirmaciones de Hapgood cortan el aliento aún más de dos décadas después de ser formuladas. De hecho, recientemente, idéntica tesis ha sido retomada por el periodista e historiador Graham Hancock en su obra Fingerprints of the Gods, en la que pretende demostrar que hace más de doce mil años habitó la Tierra una cultura muy desarrollada, científica y tecnológicamente. Su libro, que ha merecido toda clase de críticas por haber pasado de largo investigaciones previas de expertos como Sitchin o Von Daniken, conduce hacia otros mapas antiguos que bebieron de las mismas misteriosas fuentes documentales que Piri Reis y que recogen las mismas cartografías “imposibles” preglaciales de la Antártida, así como costas en su época aún no descubiertas. El ejemplo más destacado es el mapa antártico de Oronce Finé, trazado en 1531. Su descripción del continente helado se ajusta casi totalmente a las cartografías de la Antártida desarrolladas a partir de su descubrimiento oficial en 1818. Y es que Finé no sólo dibujó detalles de sus costas no descubiertos hasta fechas recientes, sino que ubicó correctamente el emplazamiento del Polo Sur, trazando su mapa gracias a cartas necesariamente elaboradas, siempre según el profesor Hapgood, “cuando las costas debían estar libres de hielos“. Hapgood quedó fascinado con este mapa. Llevó copias del mismo al doctor Richard Strachan, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), para su análisis, confirmando que Finé copió su carta de otras anteriores y que las originales muestran el perfil de los ríos antárticos con el aspecto que debían presentar hace, al menos, seis milenios, antes de que los depósitos de sedimentos modificaran parte de su aspecto.

Pero Finé no fue el único en copiar esos misteriosos antiguos mapas. Un contemporáneo suyo, apodado Mercator, y al que muchos identifican con el célebre cartógrafo Gerard Kremer, trazó un Atlas en 1569 en el que ubicaba con precisión lugares descubiertos muchos siglos más tarde, como el Mar de Amudsen o el Mar de Bellinghausen. Lo cierto es que Mercator tuvo lazos muy estrechos con Egipto, llegando incluso a visitar la Gran Pirámide en 1563. Y no sería descabellado suponer que, fruto de esas conexiones, Mercator obtuvo los mapas o copias de los mismos, perdidas hoy, que le sirvieron de documentación para su obra. Una obra, por cierto, que sirvió de guía doscientos años más tarde a Philippe Buache, un cartógrafo que también dibujó la Antártida desprovista -esta vez en su totalidad – de hielos. Un mapa que, por cierto, no ha podido “imitarse” hasta que los científicos obtuvieron nuevos datos de este continente en 1958, con motivo del Año Geofísico Internacional. ¿No son los datos contenidos en estos mapas un claro indicio de la existencia de un saber muy anterior al que admite la historia? ¿Cómo es posible que mapas de los siglos XVI al XVIII detallen con tanta precisión el continente antártico, que oficialmente no fue descubierto hasta 1818? Y lo que es más, ¿cómo se explica que esos mapas lo dibujen sin hielos, cuando hasta hace 6000 años sus costas están totalmente congeladas?  Algunos cartógrafos creen que se copiaron los mapas de cartas de navegación diseñadas en la oscura noche de los tiempos. Pero ¿por quién?

Existe en muchas culturas un mito que cuenta y no termina las excelencias de aquellas islas que hoy están recubiertas con una coraza de hielos de cientos y en ocasiones miles de metros de espesor y que llamamos la Antártida. Pudo ser un conjunto de islas de clima templado, de exuberante vegetación, donde la vida animal, y la humana también, por supuesto, fue un regalo. Hubo una civilización basada en la agricultura, pero con una avanzada técnica. Seguramente, bajo los hielos impenetrables se esconden los campos de cultivo, los templos y las ciudades, sorprendidos en la fantasmagórica instantánea de un cataclismo total, un cambio del eje de la Tierra, por ejemplo, que hizo desplazarse los polos y situó la Antártida en otro lugar del globo, obviamente menos privilegiado: donde ahora se encuentra. Este relato parece extraído de una novela, pero, quizá no sea tan fantástico como aparenta a simple vista.  Los sondeos realizados en los últimos años por geógrafos y geólogos han puesto de manifiesto que el contorno de las tierras antárticas es distinto al contorno de la masa de hielos que lo cubre; que el hielo ha ocupado mucha más extensión, y en la actualidad podríamos considerarla como un sombrero desmesuradamente grande sobre la verdadera tierra firme. También los ríos, montañas y demás accidentes geográficos, representados en los misteriosos mapas primitivos, están siendo confirmados en su existencia por las técnicas modernas de exploración. De estas realidades comprobadas hemos de deducir que, en efecto, el clima antártico no fue como es; ni su situación geográfica la que hoy guarda con respecto a los polos magnéticos de la Tierra.

Luego debió, o por lo menos pudo ser, un continente habitado hace miles de años. Es una lástima que los estudios realizados allí no supongan todavía un bagaje suficiente para permitirnos una visión de conjunto completa. Por ahora sólo contamos con informaciones parciales, muy parciales, que aunque concuerdan de una manera asombrosa con los mapas y relatos antiguos, nos remiten a ellos inexorablemente, sin la posibilidad de un refrendo de la tecnología actual.  Tal como antes hemos indicado, la primera expedición científica, perfectamente pertrechada de medios y de hombres, que estableció sus observatorios en los suelos helados de la Antártida, muchos cientos de kilómetros en el interior, fue la dirigida por el capitán Ritscher, y que exploró el continente durante los años 1938 y 39. Era una expedición alemana por sus componentes y por su financiación, y fue conocida por el nombre de “Schwabenland“. Penetraron en línea recta en dirección al mismo polo Sur, partiendo del “gran muro helado” que supone la enorme barrera de hielos de un iceberg de kilómetros. Los pilotos sobrevolaron en varios de sus diversos viajes de exploración una región cercana al polo, en pleno corazón antártico, que fue descrita como llena de ondulaciones, sin rastro siquiera de hielos y poblada de lagos. Los informes de la expedición “Schwabenland ” fueron acogidos con cierto estupor: ¿Una zona sin hielos y con lagos dentro de la inmensidad helada, casi en el mismo polo? No resultaba lógico que el proceso normal de endurecimiento del clima, conforme se avanza desde los márgenes antárticos hacia el centro, se viera interrumpido y sufriera una regresión hasta convertirse en un clima lo suficientemente templado para permitir la existencia de lagos líquidos y colinas erosionadas, cubiertas de verdor.

Por fuerza allí debía hacer todavía más frío que en las regiones marginales. Pero la seriedad de un equipo de científicos tan prestigioso prevaleció sobre toda duda. Había que admitir aquella absurda realidad, esperando una confirmación. Confirmación que tardó ocho años en llegar, pero que llegó, avalada de suficiente documentación y testimonios como para que no se discutiera. La expedición mandada por el norteamericano almirante Byrd, en el año 1947 y 48, bautizó el lugar con el nombre tan sugestivo de “Jardín de la tierra de la Reina María“. Los aviadores de Byrd, pilotando aviones adecuados a la misión que tenían encomendada, sobrevolaron sistemáticamente el misterioso rincón y observaron con detenimiento las colinas cubiertas de coniferas, las manchas de musgo, anchas, diseminadas por doquier, y nada menos que 23 lagos de diferentes tamaños. Los hidroaviones se posaron sobre las aguas de los tres lagos mayores, los cuales, desde las alturas, aparecían coloreados de verde, rojo o azul. No hacía frío, sino más bien lo contrario. Los exploradores introdujeron sus manos en las aguas tranquilas y las removieron. Ofrecían una temperatura agradabilísima, templada. El fondo estaba cubierto por espesas alfombras de algas microscópicas, que eran las que proporcionaban los bellos reflejos coloreados. Aguas tibias en pleno polo sur, entre miles de kilómetros de hielos espesísimos. Cuando la expedición de Byrd hizo públicas sus investigaciones, se planteó el estudio de las causas de aquel microclima tan peculiar. Y hubo hipótesis para conformar a todos. Unos achacaron el fenómeno a restos de vulcanismo. Otros dijeron que las temperaturas cálidas eran producto de la radiactividad.

Hubo incluso quienes propusieron como solución una intervención intencionada de los extraterrestres, entre otras lucubraciones menos dignas de mencionar. La hipótesis vulcanista fue desechada de inmediato, pues los estudios de las expediciones, que ya se habían llevado a cabo, coincidieron en que no existían en la Antártida restos de vulcanismo. A los partidarios de un complejo turístico de nuestros hermanos del Cosmos no se les hizo mucho caso, pero cobró valor la explicación de la templanza por causa de la radiactividad, pues los detectores de uranio se habían conmovido durante las exploraciones en muchas ocasiones. La radiactividad podía ser admitida como causa, sin embargo, había que demostrarlo. De todas formas, el almirante Richard Byrd fue, con su expedición, quien más datos aportó y quien abrió las puertas atractivas del enigma antártico a los futuros estudiosos. Muerto en Bostón, en el año 1957, es una figura casi mítica en el fantástico libro de los navegantes y descubridores. Unos años más tarde, en el año 1958, Año Geofísico Internacional, científicos de 11 países montaron en el interior de la Antártida 33 campamentos e instalaron 60 estaciones de investigación, repartidas por todo el continente, siguiendo las indicaciones y sugestiones de las expediciones de Ritscher y Byrd. La participación de los Estados Unidos y Rusia debe contarse entre las más notables por número de miembros y calidad. Se confirmaron los descubrimientos de las expediciones anteriores y se encontraron “áreas oscuras” en la superficie de los hielos, como si la gran masa helada ocultara en su interior muros ciclópeos, relieves regulares que recordaban edificios. Eran, a juicio de los expertos, figuras geométricas demasiado regulares para que fueran obra de la Naturaleza.

Las conclusiones más significativas que pueden extraerse de los datos suministrados por las expediciones que exploraron la Antártida se resumen en un pequeño grupo de consideraciones, espectaculares casi todas: El espesor de la capa de hielos que cubre el continente oscila entre unos pocos cientos de metros y los 3.000, llegándose en determinados lugares a los 4.000 metros. Las masas heladas no permanecen estáticas, se desplazan de forma regular y continua hacia las aguas de los océanos circundantes. Esta circunstancia dificulta extraordinariamente el estudio del verdadero relieve terrestre y lo que en él se halle natural o fabricado.       Se han encontrado fósiles de helechos gigantes que nos inducen a pensar en un clima al menos subtropical hace miles de años, y extensos yacimientos carboníferos, alguno de ellos suficiente para abastecer al planeta entero de carbón durante mucho tiempo. El subsuelo contiene una riqueza considerable en oro, grafito, molibdeno, cromo, petróleo y uranio. La atmósfera es más cálida cuanto más cerca del polo y presenta una densidad un 50 % inferior a las demás zonas del globo terrestre. La fauna es inmune a las bacterias y el aire es absolutamente aséptico, a causa de unos microorganismos genuinos y exclusivos de allí.

Existe un misterio que gira en torno a la Antártida, y se remonta al año 1947, el mismo en el que la fuerza aérea norteamericana realizó la llamada “campaña a la Antártida”. La misma, según se informó, era con propósitos científicos y estaba principalmente destinada a cartografiar la Antártida; Sin embargo Estados Unidos llevó 4000 hombres, 13 buques, submarinos y portaviones al mando del almirante Richard Byrd. Si bien es cierto que las condiciones climáticas de dicho continente son especialmente hostiles, la cantidad de soldados enviados sugiere una excesiva cantidad para el fin propuesto. Algunos años atrás, precisamente en los años 1938 y 1939, los alemanes habrían realizado similares exploraciones del Continente Antértico. Después de hundir algunos barcos que circundaban el lugar se apoderan de un sector que pertenecía a Noruega, no muy lejano al sector de la Argentina, que se llamaba Queen Maud land y lo rebautizan con el nombre de “Neuschwabenland”. En esa ocasión descubrieron oasis de aguas cálidas, con líquenes o pequeños arbustos. Se sospecha que durante la guerra, fueron llevando material técnico y humano, y que habrían construido una base secreta. En algunos artículos periodísticos recientes, se habla de ésta “supuesta Base” como la Base 211. Se supone que allí montaron una factoría con personal militar y científico, continuando el desarrollo de las armas secretas y también se sospecha, que tenían otras bases en el continente americano, sobre todo en la Patagonia Argentina. Según la creencia popular, no aceptada por la mayoría de los historiadores, en la expedición de Byrd, realizada en 1947 y que se llamó “High jump” – (Gran Salto), perdieron varios hombres y varios aviones. También se cree que una de las flotas norteamericanas se encontraron con un Ovni que los habría atacado. Esta información jamás fue publicada y se mantuvo bajo el mayor de los secretos, tal vez porque se le dio mayor importancia a los casos de Kenneth Arnold y el mismísimo Caso Roswell, los cuales ocuparon durante meses los medios de comunicación y las primeras planas de los periódicos.

Luego de la expedición del 1947 tuvieron que pasar diez años para que los americanos realizaran una nueva expedición a la Antártida, nuevamente al mando del almirante Byrd. Esta vez, la operación se llamó :”Deep freeze” (Frío Profundo). Un investigador llamado Peter Kolosimo, que se dedicó a la investigación de numerosos enigmas de la humanidad, al igual que el conocido Von Daniken, escribió en su libro “Flores de luna”, que no creía en el “invento” de Bernard, sobre “la Tierra hueca“. En el diario secreto de Byrd se mencionan además de los ovnis, unos ríos y bosques completamente inusuales en aquel gélido lugar, que por naturalidad no deberían existir en medio de la Antártida; Una ciudad de cristal tipo futurista y una misteriosa base subterránea. Al año siguiente, precisamente en el 1958, se propone el “año geofísico internacional” y se declara a la Antártida como patrimonio de la humanidad, permitiendo a algunos países establecer bases militares con objetivos de investigación. Al regreso de ésta última expedición, Byrd debe ser internado en un hospital, por causas desconocidas. La prensa habló de que estaba recluido en un manicomio y de que se le prohibía hacer declaraciones y tener contacto con la prensa. Hace pocos años atrás, alguien encontró por casualidad, en una biblioteca de una universidad en EEUU un supuesto diario secreto del almirante Byrd. En él se realizan declaraciones muy sorprendentes. Por ejemplo, el libro “La Tierra hueca” de Raymond Bernard, se basa en una supuesta nota periodística en la cual Byrd comentaba que se había topado con una civilización más avanzada que poseía platos voladores. Es muy probable que los ovnis tengan su base fundamental en Neuschwabenland. Ver artículos “La Tierra, ¿es hueca y alberga un reino subterráneo?“.

De hecho Byrd, tras dirigir la fallida invasión,  habló de que “desde la Antártida salen aviones que pueden llegar al otro extremo de la Tierra en instantes” y que “el enemigo está entre nosotros y la Antártida” . Parece ser que el emplazamiento era óptimo por encontrarse tan cerca de una de las aperturas al “mundo interior” en los polos “. De hecho, en el mundo ufológico existe una teoría que habla de  “Antártida, la zona ufológica más caliente del mundo” o “las bases secretas OVNI en Antártida“. Además, existen relatos y testimonios de numerosos avistamientos, tanto de científicos como de militares, en bases antárticas. Por ejemplo, el 8 de Enero de 1956, varios investigadores de una expedición científica chilena en la Antártida observaron, durante varias horas, ovnis en forma de “puro” y de disco evolucionando en el cielo de la área del Mar de Weddell. En la actualidad y a pesar de la censura sobre estos temas, llegan noticias de “intensa actividad OVNI” en la Antártida. También es curioso leer en el periódico noticias como: “La base norteamericana permanente en la Antártida se está hundiendo en el hielo“. Según esta noticia, cada mes se hunde varios centímetros el firme sobre el que está la base americana. ¿A qué será debido?

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