Iglesias y Sánchez cultivan a Rivera

En una semana irrepetible, la pasada, dos líderes políticos de la izquierda han dominado la actualidad. Pablo con su moción de censura y Pedro con el congreso que le ha permitido certificar su victoria. Muy pronto las encuestas dictarán sentencia.

Antes de seguir, viene a cuenta recordar que la toma de conciencia de los propios traumas constituye un paso necesario para superarlos, incluso aunque no tengan cura. A tantos españoles que se han tirado media vida, o toda, reivindicando la memoria, es normal que les suenen las alarmas en cuanto escuchan que un partido político necesita olvidar para sobrevivir. O también cuando los dirigentes de otro partido pierden los nervios cada vez que alguien les recuerda una deuda contraída.

Tenemos a Pedro Sánchez, víctima en el pasado octubre de quien, según dicen, dijo de él que “no sirve, pero nos sirve”. Qué felices se las prometía Susana utilizando a Pedro a su conveniencia, tras una más que deficiente lectura de las consecuencias políticas de la crisis económica. Pues bien, tras triunfar en las primarias, en las ponencias del congreso le ha convenido excluir las maldades y componendas que la andaluza y los suyos organizaron para conseguir que “dimitiera”. Calificaremos de olvido pacificador y de ámbito solo interno la actitud de Pedro, destinada a evitar conflictos futuros no haciendo sangre en el presente. Aunque sabiendo cómo se las gastan los suyos, no hay nada asegurado.

Y también está Pablo Iglesias, el hombre que no se llama así por casualidad según sus propias palabras, pues por mucho que los demás hablen de él nunca lo harán tanto como él lo hace de sí mismo. Fue el 4 de marzo de 2016, fecha en la que cometió un error de cálculo, nada inocente, porque no fue tropiezo ni trampa de un tercero el que decidiera libremente comprar aquel tocomocho demoscópico que llevaba un premio, el del “sorpasso”, que resultó ser falso. Ahora tiene traidores dentro que filtran hacia fuera papeles comprometedores.

Ambos vienen de triunfar en sendas batallas en sus partidos. En Vista Alegre 2 Pablo, con la mayoría del aparato de Podemos a su favor, solo consiguió el apoyo efectivo del 19,7% de los inscritos, pues en el escrutinio en el que competía con errejonistas y anti-capi le votó el 58%, pero de una participación en las urnas del 34%. En cambio, un Pedro contra la gestora, contra los ex presidentes socialistas del gobierno, contra los barones, contra los grupos de comunicación más importantes y que no podía lucirse como diputado, consiguió el 21 de mayo un apoyo del 40% del censo total, más del doble que Pablo, pues apostaron por el más del 50% de los que acudieron a las urnas, que fueron el 80% de los afiliados al corriente de pago. Sí que ha sido sorpresa comprobar que, tras sendas crisis internas, los afiliados del PSOE están mucho más movilizados que los de Podemos.

El olvido que le conviene a Pedro, en tanto en cuanto es de orden interno, puede funcionar. En cambio, Pablo lo tiene más complicado, pues los adversarios tienen siempre buena memoria. Necesita tanto que se olvide su negativa a la investidura de Pedro que no son pocos los que piensan ahora que el principal motivo de la moción de censura, además de hacer daño a un PSOE en crisis, era el de forzar a este partido a una votación en el Congreso que se pareciera a la de Podemos de aquel 4 de marzo, en una acción destinada a dar munición a esas decenas de activistas que en las redes y los foros de noticias se enfrentan a muchas personas, cada día más, que les recuerdan la fecha maldita. Y si usted no se lo cree, recorra los digitales. Ahora podrán acusar al PSOE no de una ni dos, sino de tres traiciones a Podemos. A saber: primero, la negativa a pasar por el aro ardiendo de la rueda de prensa tras el 20D, después la abstención que permitió seguir a Rajoy y, por último, esta moción de censura. Se obstinan en falso porque, si pensaran, se les caerían los esquemas. Tras el 20D hacían falta los nacionalistas, ante la investidura de Rajoy se abstuvo un PSOE que ya no existe y con la moción de censura tampoco daban los números porque, para muchos, Iglesias está más para ser prescindible que presidenciable.

En cambio, ante aquella investidura de Sánchez, únicamente fallida porque Podemos votó con el mismo NO que el PP, habría bastado que Iglesias no hubiera hecho pública su postura, dejando honestamente libertad de voto a sus afiliados, para que aquella consulta interna que celebraron y en la que solo participó el 38% de los inscritos ofreciera, quizás, un resultado distinto. Por ejemplo, el de abstenerse, y hoy Rajoy, en lugar de testigo tendría que acudir al tribunal de la Gürtel vestido como le corresponde, con el traje de imputado. Probablemente.

En resumen, por mucho que insistan los de Podemos, en los últimos quince meses la única ocasión efectiva e indiscutible de sacar a Rajoy del gobierno sin pasar por ningún otro trámite fue la que de manera calculada impidieron Pablo Iglesias y los suyos, convirtiéndose en colaboradores necesarios para que los que ellos mismos, muchos españoles y no pocos jueces denominan “organización criminal”, siguiera en el gobierno de España. Un lastre de los que marcan para toda la vida.

Y ahora, en la moción de censura, Iglesias renunció desde el primer momento a conseguir que Rajoy fuera derrotado y a promocionar su propia candidatura a la presidente del gobierno.

Para lo primero podría haber ofrecido su dimisión inmediata de todo, con regreso a la Facultad, a cambio del voto a favor de PSOE y Ciudadanos, lo que habría expulsado a Rajoy del gobierno y acelerado la convocatoria electoral.

Para lo segundo, lo de promocionar su candidatura, podría incluso haber enviado un mensaje a Catalunya anunciado que, de salir elegido, convocaría un referéndum en toda España para decidir de una vez sobre República o Monarquía. No se ha atrevido a ser el único en algo tan radical como necesario y hoy es, para todo el mundo, más cobarde que los de las Juventudes Socialistas, que consiguieron bloquear durante dos horas el congreso de Sánchez en defensa de un compromiso similar del PSOE ante los españoles.

Por motivos que nunca sabremos, así como tampoco si tal actitud ha sido un error o un acierto, durante la moción de censura el PSOE decidió no hacer daño en la herida aún sangrante de Pablo Iglesias, pues Ábalos podría haber condicionado cualquier negociación futura con Podemos a pedir perdón por lo de aquel 4 de marzo, y hubiera podido hasta presumir de exigirlo no tanto por el daño infligido al PSOE, que no ha sido poco, sino a todos los españoles. Pedro Sánchez tampoco ha insistido en esa línea y anoche oímos a Narbona decir lo mismo que a Borrell hace tiempo: los de Podemos son como “nuestros hijos”, siempre radicales. Seguro que a muchos socialistas no les parece bien tanta comprensión cuando se juega con las cosas de comer.

Así que tuvo que ser Rivera quien pusiera la guinda, ya que un Iglesias en franca decadencia no se atrevió a sorprendernos. Contra toda lógica, el de Ciudadanos le recordó lo del 4 de marzo y Pablo cayó, otra vez, en la trampa de dar protagonismo a su enemigo más odiado. Porque, me pregunto ¿qué sentido tenía que Rivera acusara a Iglesias de no haber dejado gobernar a Sánchez, si aquel pacto de Ciudadanos con el PSOE habría dejado a los “naranjas” en tierra de nadie, contradiciendo además su posterior giro para mejorar la búsqueda de votos entre los que se vayan avergonzando por tanta corrupción en el PP? Es probable que Albert intuya, y hasta puede que acierte, que la apertura del PSOE hacia Podemos le puede abrir los brazos de algunos votantes socialistas que jamás perdonarán a Iglesias que “matara” a su secretario general en aquella investidura, y todo lo que han sufrido después para poder resucitarlo.

No hay final que no regrese al principio. Decíamos de las encuestas y la de hoy, la de “El Español” de Pedro J. no hace sino redundar en lo mismo que el último CIS y todas las demás del segundo trimestre. Esta se ha realizado después de la censura de Pablo pero antes del Congreso de Sánchez. Suben los de Rivera y los de Pedro y bajan los extremos, Podemos y PP. Una tendencia que no hará sino acentuarse en los próximos meses y que convierte a PSOE y Ciudadanos en los más interesados en celebrar elecciones anticipadas, aunque eso no ocurrirá con Rajoy en el Gobierno.

Con este panorama, Iglesias solo podrá perder o perder, cosa que les ocurre a los jugadores que solo apuestan en posiciones de ventaja y, si no ganan, tampoco saben rendirse dignamente. O perderá coherencia y desmoralizará a sus militantes bloqueando una posible moción de censura pactada entre Sánchez y Rivera para forzar nuevas elecciones, o perderá diputados acudiendo a contra pie a esas mismas elecciones, porque ya no le convienen.

 

Domingo Sanz

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