mié. Mar 27th, 2019

No se puede transigir con la corrupción

Yo sí recuerdo lo que iba a ser la época dorada del turismo en La Gomera. Aquellas 17 mil camas turísticas que iban a plagar nuestra orografía de grandes hoteles, complejos de apartamentos, puertos deportivos, campos de golf, playas artificiales. Las Petroleras, Abrantes, La Rajita, El Cepo, Taguluche, La Caleta… Conseguiríamos con ello el funesto record de tener la ratio más alta de Canarias de turistas por habitante.

En aquellos tiempos poco importaba el turismo rural y la conservación de nuestro patrimonio histórico y natural, nuestro territorio era un campo yermo donde construir. El desarrollismo, en su sentido más nocivo, había llegado a La Gomera. Era la época en que Casimiro Curbelo y Antonio Pérez, el ahora “delincuente” y antes íntimo amigo, se reunían para dividirse lo que le tocaba a cada uno. No en vano la isla era del presidente como ya lo había sido antes de los Condes. Nuevos lugares de nuestra geografía salían a la palestra: El Machal, Santa Ana, Puntallana, Enchereda. En las actas del Patronato de Espacios Naturales de La Gomera queda reflejada aquella singular amistad, los intentos ímprobos del presidente del cabildo por aprobar una obra auspiciada por Antonio Pérez: el ya olvidado hotel que se pretendía construir en Majona, Espacio Natural Protegido, contraviniendo la normativa legal vigente. Lo escrito impide olvidar.

Pocos se enfrentaron a aquellos disparates de planificación, la asociación de Vecinos La Mérica, el Colectivo Yorima, Tagaragunche, la Seo, Los Verdes, no más, y por ello sufrieron improperios y ataques en los discursos electorales del señor Presidente del Cabildo. Ahora el tiempo les dio la razón, aquel boom de ladrillo no era más que una mera y vana ilusión en la que unos pocos querían llenar su bolsillo mientras que al resto les tocaba las migajas de tan suculento banquete, y a la isla y a las generaciones futuras un territorio hipotecado de por vida. Testigos de aquellos horrores: El Clavo, Avalos, la destrucción de la Fábrica de La Rajita… nos recuerdan, impertérritos, aquellas formas de entender el desarrollo. Era el tiempo de Gomeristán, patético remedo insular de aquel magnífico Españistán elaborado por el humorista gráfico Aleix Saló.

El globo del ladrillo estalló y el silencio acalló los discursos desarrollistas, los que defendían el turismo masivo de sol y playa se convirtieron, ipso facto, en los adalides del turismo sostenible.

Antes no sabíamos nada sobre qué motivaba tanto afán edificatorio, ahora sí conocemos cómo ocurrió todo. Esta semana gracias al diario digital Público hemos podido oír los entresijos de cómo se forjaba la planificación turística en La Gomera, cómo se repartía nuestro territorio a dos, tres, cuatro partes y parece ser que una siempre le tocaba al mismo.

Ahora nadie puede negar lo que se oye, ya no es un rumor, tenemos un testimonio directo del devenir de los hechos. No vale decir que no lo sabíamos, no se puede esgrimir el falaz argumento de que todos los políticos son iguales, no vale replicar que roba pero su gestión pública es correcta, no es de justicia el horrorizarnos ante un Bárcenas, un Rato, los ERES o un Urdangarín y la Infanta, y a la vez justificar a un Casimiro. La Gomera no puede seguir siendo una galaxia distante donde la corrupción no solo es justificada sino incluso apoyada electoralmente. La Isla y su gente no se lo merecen. Es probable que un día de estos, y tal como se desarrollan los hechos, veamos al que fue nuestro máximo representante en una foto similar a la de Rato; entonces muchos de aquellos que lo apoyaban le darán la espalda y dirán que ellos no sabían nada. Tampoco son creíbles quienes lo han acompañado y aún lo sostienen, pero que ahora se enfundan tras el discurso de la regeneración democrática, más porque las circunstancias obligan que por convencimiento.

No estamos abocados inexorablemente a este tipo de políticas y políticos. Existe otra forma de gestionar lo público, sin líderes imprescindibles, con transparencia y sin opacidad, con tiempo limitado de mandato, con un programa realizado entre tod@s y con un código ético firmado para ser cumplido. Esa es nuestra apuesta, en la seguridad de que somos capaces de airear la maltrecha política gomera y gestionar los asuntos públicos de una manera diferente en beneficio de tod@s, sin favoritismos y con derechos. Apostemos por creer en nosotros mismos. Sí se puede.

Rubén Martínez Carmona. Portavoz de Sí se puede La Gomera

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