dom. Mar 24th, 2019

Historia de la iglesia El Salvador, Alajeró

Alajeró-La Gomera| De todas las antiguas parroquias gomeras ésta de Alajeró es la que llega a nosotros con un desconocimiento mayor. Sus archivos conservan gran parte de los libros sacramentales pero los otros (Cuentas de fábricas, tributos, visitas y mandatos de obispo), donde aparecen el mayor número de noticias que afectan al edificio y su contenido, han desaparecido.

Tenemos que recurrir a los datos que de manera esporádica surgen en los fondos documentales de instituciones que tuvieron relación con ella: la Parroquia de la Asunción de San Sebastián, el Obispado, etc.; pero, como es lógico, éstas sólo ofrecen informaciones muy puntuales y sin conexiones que nos permitan tener una visión algo más amplia.

Se ha dado como fecha de fundación el año de 1550, a nuestro juicio un poco tardía. Quizá sea más lógico pensar en algunos años antes, pues por ejemplo en 1550, para lograr el desenvolvimiento más holgado de la fundación el Conde D. Guillén concede a la ermita:
“Un canon del seis por ciento del valor de cantería blanca que se extrajera entre Valle Gran Rey y Chipude, salvo que fuera para la construcción de monasterios, iglesias y ermitas de la isla.”

Desde un principio se coloca bajo la advocación del Salvador y durante más de un siglo permanece vinculada plenamente a La Asunción, pero la paulatina desmembración que a lo largo del siglo XVII experimentan los principales núcleos poblacionales de la Isla –Vallehermoso primero en 1635, Hermigua después en 1642 y finalmente Chipude en 1655- hizo pensar en la posibilidad de una mayor autonomía religiosa, siempre conveniente dada la lejanía del lugar de la matriz.

Así fue como el 11 de octubre de 1675, gobernando la diócesis de Canarias el obispo D. Bartolomé García Jiménez, los vecinos del lugar, se comprometen, ante el escribano Martín Mederos, a mantener un curato en el pueblo. En el documento, conservado en el libro de mandatos de la parroquia matriz de la Isla, leemos:

“Y porque proveíamos de resto, el día 11 de este presente mes de Octubre sobre la forma que se ha de tener para exigir una ayuda de Parroquia de la principal en Nuestra Señora de la Asunción de esta Villa la ermita del Señor San Salvador del lugar y aldea de Alajeró cumpliendo los (borrado) de dicha aldea lo que ofrecieron por la escritura que otorgaron ante Martín Mederos escribano público de esta dicha Villa en cinco del presente mes de Octubre y lo que otorgaron los beneficiarios presentes y el sorchante ante dicho escribano en dicho día once de dicho mes y que da licencia condicionada con el (borrado) dado a los vecinos de dicha aldea hasta fin de junio del año que viene para dar alhajas y demás cosas que de presente y en dicho tiempo han de hacer para el uso parroquial y cómoda administración de los Santos Sacramentos por el sorchante coadjutor amovible y ayuda de los Beneficiados propios. Por el presente tiempo (borrado) que cumplan dichos vecinos en el término dado hemoselo permitido que el religioso que antes tenía persevere en dicho lugar a decirles misa y administrarle el Santo Sacramento de la Penitencia y el de la Eucaristía en la misa o misas que celebraran por el viático si al tiempo de decir dicha misa hubiere enfermo de peligro de muerte con el de la Extremaunción a su tiempo. Pero que no reserve formas consagradas ni tenga sagrario por (borrado). Y que si (borrado) tarde se necesitare de viático siendo así necesario de avisar a los beneficiados y que en manera alguna no administre el Santo Sacramento ni solamente el del Bautismo ni haya Entierro sino que para él llame al beneficiado que venga con la cruz de la parroquia y en lo demás se guarde nuestro auto y penas en él contenidos (borrado) de 22 del pasado y que quedó en el legado de otros edictos y instrucciones de esta parroquia y que en poder de dichos vecinos que de testimonio del auto referido que proveímos en 11 del corriente mes.”

No significa esto, como se ha deducido erróneamente, que sea la creación de la parroquia; hasta el mes de marzo de 1681 no se le concede la completa autonomía, erigiéndose entonces en parroquia. Cabe pues pensar que sea entre estas dos fechas, 1675 y 1681, cuando se erige la fábrica. Más tarde nos resulta difícil creerlo sobre todo por razones de estilo en la construcción.

El frente del templo ofrece una curiosa fachada por la utilización de la piedra como único material. Carmen Fraga la denominó acertadamente campanario fachada, emparentándola con las torres fachada de la Baja Andalucía. A nuestro juicio resulta muy atractivo el hecho que en uno de los lugares más aislados de la Isla, con unos medios de vida francamente duros (no adversos), con el volumen de población más bajo de la Gomera, se sienta la necesidad de superar el simple estadio del propio menester para ir en busca de la necesidad artística. En todo el territorio sólo la Iglesia de la Asunción -y por razones de representatividad- añade a la necesidad de la arquitectura el sentido estético de la misma. Alajeró, en este sentido, es un bello enigma aún por descifrar.

En cuanto a la cronología de la construcción, hemos usado su estilo para una aproximación en los años; con toda su ingenuidad, la aportación de soluciones renacentistas nos indica un retraso poco común. Aún para los edificios más arcaizantes, estos años -la década de los 80- resulta para el Renacimiento casi obsoleto. Pensar ya en una fachada como ésta entrado el siglo XVIII sería insólito.

El trazado de la Iglesia es desproporcionado, pero no antiestético. La nave de 23,20 m. de largo por 5,10 de ancho, es a toda vista excesivamente angosta, lo que corrobora su altura. Ya en el siglo XVIII se le adosa una capilla casi cuadrada, 5,87 m. por 5,80 m., en el costado del Evangelio y precediendo a la capilla mayor. Todo ello termina por descomponer nuestro habitual sentido de la proporción. Pero esto a su vez se ve compensado por el empleo del orden clásico a través de las sobrias y elegantes pilastras toscazas encargadas de articular la construcción. La techumbre, bastante renovada a finales del siglo XX, se compone armaduras mudejáricas carentes de interés.

La Iglesia queda en un anonimato total hasta que por el Decreto de 30 de julio de 1862 su párroco, como los demás, debe exponer el estado en que se encuentra la construcción. El informe supera la media general de los de por sí maltratados edificios eclesiásticos de la isla.

“Debo manifestar en virtud de dicho examen que se halla en estado de ruina el techo de la iglesia y de la capilla que llaman de San Vicente, lo mismo que la pared de enfrente de esta sacristía, se halla sin forrar el techo y la madera de la tierra de que está armada está corrompida. El piso de la Iglesia, con motivo de los enterramientos en ello, está impracticable pues se hallan unas sepulturas elevadas, otras hundidas y las guías lo mismo y sin ladrillos parte de los sepulcros. La puerta traviesa necesita una reforma lo mismo que la sacristía y las vidrieras pues no tiene ninguna expuesta a los vientos.”

La dinámica que se sigue es la misma e inoperante de siempre; se designa a un arquitecto para que haga un estudio de la situación, solución ridícula pues el arquitecto nunca llegará; un año después el arcipreste se dirige a la curia de La Laguna para sumarse a las advertencias de la necesidad urgente de reparo. Ya como último extremo, en 1864, es el alcalde del lugar quien suplica al gobernador eclesiástico la perentoreidad del arreglo pues, como él mismo explica “el deterioro de dicho templo es de tal magnitud, que en tiempo de viento y de lluvia nadie puede entrar en el recinto de la iglesia, hasta el mismo cura se siente amenazado a poner su vida en peligro sin una superior necesidad.”

A todo ello, un nuevo problema viene a sumarse: la malversación de fondos de la parroquia por parte del párroco, D. Ignacio Trujillo, guardados en parte para las obras de reparación. En realidad deducimos que debió ser una pésima administración acompañada por la total ignorancia del presbítero, pero aún así el hecho era muy grave. Habían desaparecido 19.000 reales de vellón. El sacerdote terminó con su cuerpo en los lugares que la iglesia reservaba para estas escasas ocasiones, tamizando este castigo con toda una serie de eufemismos que esta institución ofrecía con exquisita prudencia. En un lugar se encargó de la iglesia el párroco de Barlovento y hasta su llegada el de Chipude simultaneaba la atención de ambas.

Lo que tanto se había predicho ocurrió el 12 de Septiembre de 1864, la capilla de San Vicente se derrumbó por una de sus esquinas y la nave de la iglesia parecía seguir dinámica similar. Lo único que se pudo hacer fue apuntalarla desde el coro pues no quedaba dinero para nada más. Poco después cayó también el testero de la capilla Mayor y el templo tuvo que cerrarse. La feligresía tenía que ir a las parroquias vecinas, de manera particular a Hermigua, para cumplir al menos con las obligaciones sacramentales.

El Estado, apoyándose en la reglamentación establecida para el cumplimiento del concordato de 1851, nunca se hizo cargo de la reconstrucción. Según éste, si las reparaciones no llegaban a cuatro mil reales, los arreglos podían ir adelante pues no era necesario un técnico superior. Sin embargo, el monto era mucho mayor y por ello aunque se instruyese expediente, con arreglo al artículo 7 y 8 de la Real Orden de 5 de octubre de 1861, se tropezaba con el inconveniente de que en la Provincia no había en ese momento ingeniero civil, de modo que el expediente de Alajeró pasaría a formar parte de la colección de casos por resolver que se amontonaron en el despacho del gobernador eclesiástico.

La Iglesia se reconstruyó, no con dinero del Estado sino con las recaudaciones de la feligresía y un fondo de 50 pesos (750 reales) que había donado el gobernador eclesiástico. Su restauración se hizo de manera irregular y en dos momentos; el primero se remató el 15 de agosto de 1865 y correspondía a la nave. Los mentores mismos de la obra nos señalaron el resultado “…se halla finalizada la reforma que se hizo en la parroquia de este pueblo lo que quedó en algunos puntos bien reformada” (el alcalde). En otra ocasión el párroco comentaba se halla reformada en la parte que ha sido posible.

La capilla de San Vicente tardó algo más. Durante mucho tiempo estuvo sin tejar, pues los colindantes con ella no quisieron arreglarla valiéndose de evasivas ridículas e impertinentes contra lo dispuesto por el patrono de la citada capilla. De modo que no podemos hablar de una obra concluida hasta un año después.

Hoy en día, además de su interés arquitectónico, el templo posee una de las piezas más atractivas del patrimonio religioso de la isla: el Crucificado. No creemos en su atribución a Pérez Dónis ni por supuesto la más descabellada que lo afilia a Alfonso de la Raya por el hecho de haber nacido en este lugar. La obra parece anterior a ambos autores, factible que sea del siglo XVI, de un artista de fuerte tradición arcaizante.

También merece la pena mencionar la custodia de plata, obra manierista de escuela indiana, del siglo XVII, con ciertas similitudes al ostensorio de la parroquia de Santa Úrsula en Tenerife.

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