mié. Abr 24th, 2019

Cuando ya no llamemos a esto crisis

En pocos días hemos conocido tres noticias económicas que evidencian que esa supuesta recuperación es más falsa que la herencia de Jordi Pujol. Dos de esas noticias hasta hace poco eran jinetes que anunciaban el apocalipsis. Hemos vuelto a la deflación interanual como en 2009, en tiempos de Solbes y Zapatero, algo que no se había producido desde la II Guerra Mundial y nunca en la Historia de España. La deuda pública sigue disparada, alcanza el billón de euros y casi el 100% del PIB: esta era la madre de todas las batallas, a la que sometimos todos nuestros derechos, por la que cambiamos la Constitución en un cuarto de hora; y seguimos perdiendo esa batalla supuestamente central.

El tercer dato es el del tipo de contratos que se están firmando, qué empleos permiten decir que baja el paro. De los contratos temporales (que son la práctica totalidad de los que se firman pese a que cada recorte de derechos se hace con la excusa de fomentar la contratación indefinida) el 25% son contratos de una semana o menos. Hace seis meses ya sabíamos que el 40% de los nuevos contratos duraban menos de un mes. Quizás esta sea la herida más honda que está causando la crisis, el cambio más estructural: que conseguir un trabajo ya no signifique empezar a poder vivir mal que bien, salir de la pobreza. Ello, mientras el paro sigue en índices absolutamente insostenibles y sin políticas públicas que palien el sufrimiento. Obviamente la situación de los trabajadores no supone el apocalipsis para los grandes popes de la ideología económica dominante (inluso probablemente lo analicen como un dato positivo apelando a la “competitividad”) pero es quizás el dato que mejor indique la radicalidad del empobrecimiento de los españoles.

Son tres datos que en cualquier situación constatarían la profundidad con la que seguimos en la crisis o incluso profundizamos en ella. Pero no. Ninguno de ellos han tenido gran eco mediático. Al día siguiente de conocer la situación de deflación y el récord de deuda pública Rajoy hablaba públicamente (¡!) para decir que España era el país cuya economía iba mejor de toda Europa. Que ello no causara ningún escándalo indica que, al menos en las élites que se siguen pretendiendo constructoras de opinión pública, está cuajando el mantra según el cual estamos abandonando la crisis.

Y puede que lleven razón. Cuando empezó la crisis no faltaban quienes nos invitaban a ver nuestro empobrecimiento con optimismo. “Crisis sólo significa cambio” nos decían. Y apelaban a supuestas sabidurías orientales para decirnos que “crisis es oportunidad”. Obviaban que ese cambio es empobrecimiento de los de abajo, que esa oportunidad se estaba aprovechando para radicalizar el saqueo de los de siempre. ¿Hasta cuando llamaremos a esto crisis?

Llevamos así desde 2008. Son seis años. Y no tiene pinta de que estemos recuperándonos: no hay nadie que suponga que puede haber recuperación en el sentido de vivir como antes. Por tanto puede tener cierto sentido que interioricemos que esto ya no es crisis sino lo que pretenden instaurar como nueva normalidad. Una normalidad de empobrecimiento y saqueo, de restricciones sociales y democráticas y de necesidad de huida del país para quienes busquen construir una vida en condiciones decentes.

Ello no quiere decir que no continúen los recortes. Para hacer sostenible su nueva normalidad seguirán arrasando con todo. Podemos tener claro que en poco tiempo nos explicarán que no podemos pagar los estudios universitarios de jóvenes cuyos conocimientos aprovecharán otros países. Y por tanto en vez de intentar que esos jóvenes permanezcan en España enriqueciéndonos (en todos los sentidos) a todos radicalizarán el desmantelamiento de la Universidad pública. El crecimiento de la deuda tras cuatro años de austeridad social prueba que ésta no es ninguna solución, por lo que la seguiremos recorriendo el círculo infernal que nos lleva de más recortes a más empobrecimiento y por tanto a más deuda pública que nos lleve a más recortes. Pero eso ya no será, ya no es, crisis, sino el modo de vida que tenían planeado para los pueblos periféricos de Europa con la complicidad culpable de nuestros presuntos gobiernos.

Hemos pasado en unos años del saqueo como forma de enriquecimiento colectivo (los años del ladrillo y la gran corrupción) al saqueo como forma de gestión de la crisis y de éste al saqueo como forma de nueva normalidad realista (lo que no es saqueo es populismo, según su lógica). Con ello no cambiará la injusticia y se aumentará el malestar de las capas populares. Pero de lo que se trata ahora es de que asumamos que esto no es transitorio: que la salida de la crisis no era volver a estar donde antes ni emprender una forma más sensata de vida colectiva (¿alguien se acuerda del cacareado nuevo modelo productivo?) sino asumir la normalidad de nuestra pobreza, interiorizar que no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades y que por lo tanto tendremos que vivir por debajo de nuestras necesidades.

La tranquilidad con la que hemos asumido datos económicos catastróficos nos indica que ya no se trata de explicar cómo salimos de la crisis sino de plantear qué normalidad queremos para nuestro país.

(*) Hugo Martínez Abarca es miembro del Consejo Político Federal de IU y autor del blog Quien mucho abarca.

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