mar. Mar 19th, 2019

Deslegitimar la política es la política del mercado

Beatriz Talegon

Se critica, se piensa, se debate, se propone transformarla, se la ama y se la odia, es el principio, el medio y el fin para algunos; es la causa y la consecuencia; es éxito logrado o el fracaso más estrepitoso. Pero sin lugar a dudas es, y lo es más que nunca.

Costaría hacer creer a los clásicos, a los revolucionarios, a quienes dieron su vida por los ideales que en cierto modo encarnan algunas maneras de entender la política que hoy defenderla sea algo considerado casi indigno. No hace falta viajar en el tiempo, pues con viajar simplemente a países como Birmania (para la UE Myanmar) en nuestro conocido presente nos bastaría para encontrar estupefacción al explicar que los políticos que defienden la democracia son interpelados en muchas partes del mundo (allí dan la vida y la libertad por organizar una asociación de estudiantes).

Aunque no falten razones para que muchos de los que se consideran “políticos” sean criticados, en términos generales el desprestigio de la política responde a cuestiones que poco tienen que ver con los hechos circunstanciales, con los chorizos de turno o con los que se aprovechan de su responsabilidad pública para obtener beneficios privados (todo ello reprobable, por descontado). La deslegitimación del servicio público a través del ejercicio de la política es, en definitiva, la deslegitimación de la democracia.

Y como quiera que sea este sistema lo más parecido que tenemos a la soberanía del pueblo, deslegitimar el sistema democrático trae consigo la deslegitimación de la participación ciudadana -aunque sea a través de representantes-. No es casualidad que nos pasemos el día escuchando noticias que desacrediten (con datos ciertos o inventados) a quienes tenemos vocación política. De hecho, la mayoría de la información sobre política es precisamente negativa, morbosa y en muchos casos genera una alarma social y una desafección que conlleva a la odiosa generalidad tan destructiva. ¿Cuántas veces se escucha hablar de los logros conseguidos a través de la política? ¿De aquéllos que dedican su tiempo, su valía y sus ganas más allá de lo que cualquiera aportaría a su trabajo cotidiano para aportarlo al bien común?

Rara vez se escucha una buena noticia: en muy contadas ocasiones la política arroja una luz o una esperanza. Y no es porque no existan casos; la simple razón es porque “no vende” este tipo de información. No vende que miles de jóvenes nos dediquemos a debatir, estudiar, compartir y aprender para tratar de aportar nuestras ganas y conocimientos al bienestar de la ciudadanía. No venden los proyectos de cooperación que desarrollamos. Ni el esfuerzo que miles de personas, activas a través de partidos políticos dedican cada día de manera anónima para mejorar las condiciones de vida de sus vecinos; ni vende explicar las complicaciones que supone formar parte de una organización y lo positivo que es realizar encuentros para compartir ideas. Lo que vende es el morbo, el desprestigio, la mentira amasada y la verdad precocinada. Y dará lo mismo que se trate de mejorar por todos los medios: lo que llegará al ciudadano será un logro irrisorio, un error magnificado, una falsa acusación.

¿Qué pasaría si nadie participase en política? Sencillo: la especulación, el libre mercado se encontrarían en su hábitat ideal. Sin nadie que los controle (amén de la mano invisble, el nuevo dios de la religión neoliberal), nadie que los limite ni sancione. Libertad, de la “auténtica”, de la que a los liberales les hace vibrar (esa misma que engulle a quien se plantee la injusticia, a quien tenga escrúpulos y pretenda cuidar de otros criterios más humanos y menos cuantificables). Que la conciencia colectiva no quiera votar, sienta repulsión por los políticos, no pretenda plantearse la militancia en un partido ni por asomo le está poniendo en bandeja a los defensores de la “libertad” poder terminar con los derechos colectivos (¿les suena esto de algo?). ¿Quién va a defender lo que es de todos si nadie respalda a quien debe defenderlo, y si nadie da el paso para tratar de hacerlo mejor?

Y por mucho que nos sorprenda, estamos mucho más influidos de lo que nos gusta reconocer. Porque los medios de comunicación también responden, en la mayoría de los casos al interés del mercado, donde el que paga, manda. Y la información es la mejor herramienta para hacernos creer que la repulsa y el amor que sentimos por ciertas cosas es una elección fruto de nuestra libertad -cuando en realidad, es fruto de la estrategia para estructurar la libertad de los mercados-.

Solamente cuando estemos preparados para vencer la política del miedo podremos defender la libertad (la libertad de elección que se fundamenta en la igualdad de oportunidades, fruto de pactos sociales donde el Estado, a través de las normas nacidas de un poder legislativo elegido por la ciudadanía, debe garantizar por encima de todo el bienestar de sus ciudadanos). Hace falta valor, pero no queda otra.

Beatriz Talegón es secretaria general de la Unión Internacional de Jóvenes Socialistas @BeatrizTalegon

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