vie. Mar 22nd, 2019

Lo que para un ministro es una gracieta para los pobres es veneno mortal

Eran un árbol con cuatro ramas. Era una familia. Padre, madre y dos hijas de 14 y 13 años. Reirían, verían la televisión, se sentarían en torno a la mesa camilla, los padres taparían a sus hijas a la hora de dormir, soñarían con un futuro mejor y en salir de una situación de crisis como otras muchas familias. Lo estaban pasando mal, críticamente muy mal por hallarse en el extremo inferior de eso que hemos dado en llamar el maldito “umbral de la pobreza”. Residían en la humilde barriada de Rabesa de la localidad sevillana de Alcalá de Guadaíra, gran urbe metropolitana al lado de la capital de Andalucía.

El padre, antiguo fontanero damnificado de la burbuja inmobiliaria, estaba en el paro. El matrimonio no tenía trabajo por lo que sobremalvivían de la recogida de cartones y se alimentaban -se envenenaban poco a poco mejor expresado- con alimentos caducados que pedían y les daban. Ambos madrugaban todos los días y desde las siete de la mañana hasta el anochecer salían a la calle con una vetusta furgoneta y “recolectaban” cartones, cajas de plástico y ropa vieja para así hacer algo de dinero con su posterior venta. Cuando conseguían un palé de algún alimento tales como zumos envasados en cajitas, practicaban la solidaridad entre pobres y daban parte a vecinos del bloque o del barrio. El piso en el que residían se hallaba embargado por el banco desde hace años. Las niñas iban de manera regular, como todos sus amigos, al instituto y hacían una vida normal.

En la noche del viernes cenaron pescado. No era lenguado fresco llegado a los mercados de Sevilla. Tampoco era una lubina a la sal comprada en la pescadería del barrio, ni boquerones ni jureles del día del Mediterráneo o Atlántico del litoral andaluz. Todo indica que ingirieron pescado caducado pero finalmente veneno puro. No lo pudieron detectar porque estaba adobado, un modo culinario que con el poder del vinagre tapa, oculta y elimina el sabor desagradable de los alimentos podridos y en mal estado.

Pasadas 24 horas el padre, la madre y una de las hijas fueron atendidos por los servicios críticos de urgencias pero ya encontraron a los adultos en estado grave y a la niña de 14 años en parada cardiorrespiratoria sin que le pudiesen hacer nada por salvarle la vida. Los padres morirían más tarde. La otra hija, la menor, se encuentra ingresada aunque no se teme por su vida.

Tomo y hago mío para el título de esta columna, “Lo que para un ministro es una gracieta para los pobres es veneno mortal”, de un tuit leido anoche cuando la red estaba consternada por este cruel hecho y masivamente se lamentaba de lo sucedido.

Y es que habría que preguntarse a que tipo de sociedad pertenecemos cuando familias enteras tienen que pedir comida para poder alimentarse a riesgo de que esté caducada. Pero más lejos aún me pregunto como hemos terminado en un Estado que era del Bienestar Social, en Europa y en pleno siglo XXI donde autoridades con tanto peso como ministros afirman en público que alimentarse de comida caducada no conlleva ningún peligro: ‘Veo un yogur y ya puede poner la fecha que quiera que me lo como‘, Arias Cañete dixit.

No seré demagogo y, por supuesto, que no responsabilizaré al ministro jerezano de esta desgracia luctuosa. Pero si que reflexiono que al igual que como decía el castizo torero “en mi hambre mando yo”, también otros creen que en su “riqueza mandan ellos y en su pobreza los demás”. Pues yo no creo que ni Cañete coma yogures pasados de fecha ni Celia Villalobos comiera carne de “vacas locas” cuando recomendó los huesos del puchero en pena crisis endémica. Siempre nos quedará que Rajoy animó a los pobres “percebeiros” en el desastre del “Prestige” a que no pasaría nada pues eran “hilillos de plastilina”. Y como cita reciente la recomendación de ayer de Nuñez Feijóo a tomar “más miel y menos medicamentos“. Será miel para quienes puedan pagarla y menos medicamentos para ahorrarse el copago farmaceútico.

¿Cómo hemos derivado a esta degeneración del sistema? ¿Cómo hemos aceptado ser genuflexos con Merkel y las autoridades económicas y europeas y no plantarles caras y decirles claro y a la cara que no cumpliremos la totalidad del objetivo del déficit mientras se muera de hambre mi pueblo o mis ciudadanos coman veneno en forma de pescado? ¿Cómo no decir que no?. Y decirles que no rotundamente porque con tan solo un 0,5 por ciento de lo que se nos exige ahorrar no serían necesarios hachazos de muerte a la sanidad, a las becas, a la dependencia, a la educación o a la asistencia social? ¿Cuántos comedores sociales se verían repletos de alimentos frescos y nutritivos con el 0,01 % de los que estamos ahorrando o un 10 % de lo que le hemos dado a la banca?

Decía ayer el Gran Wyoming que antisistema es quien se carga el Estado del Bienestar, no quien rompe una papelera. Y lleva razón. Antisistema es aquel que permite que lo de ayer en Sevilla ocurra. Antisistema es quien en una sociedad, se quiera o no se quiera próspera como es España, existan padres que no cenen para que sus hijos puedan hacer las tres comidas diarias. Antisistema sí que es quien permite que haya niños que los lunes vayan al colegio “muertos de hambre” porque apenas han comido en el fin de semana.

Cuando comenzamos a descubrir que gente como el ex presidente de Bankia tenía a su disposición diaria una exquisita y carisima colección de vinos o caviar del más lujoso pagado como no, por las comisiones de los hipotecados, frente a quienes mueren por ingerir pescado putrefacto, habría que preguntarse que algo muy grave está pasando. Si además este amigo de las delikatessen, pagadas por los intereses de sus clientes, ha cometido tales tropelías que es enviado a la cárcel por un juez y al final resulta que sale de la prisión varios días después y el que imparte la justicia es inhabilitado se sustenta más que una falla tremenda amenaza a España.

Un país donde la gente en Málaga hace cola en la calle para que la asociación los “Ángeles de la Noche” le den una bolsa de alimentos mientras su Diputación despilfarra 2,5 millones en un Museo taurino no tiene nombre. Un ayuntamiento pequeño como el granadino de Lanjarón que dedica los 140.000 euros destinados a la construcción del Centro de Día para los más necesitados a engrosar sueldos supuestamente irregulares es como un delito de “lesa patria”. Gastar dineros en Eurovegas a sabiendas que era un mafioso, chantajista y estafador quien lo gestionaba o dilapidar dinero público en un “Madrid 2020” de la mano de un consistorio arruinado es para como mínimo correrlo a gorrazos.

En una sociedad donde algunas grandes superficies y centros comerciales intentaron que alimentos sobrantes se destruyeran antes de darlos o depositarlos en contenedores porque daban “mala imagen” o donde algún ayuntamiento quiere imponer sanciones de 600 euros a indigentes que remuevan en la basura ¿Qué tipo de virus degenerativo ha adquirido para caminar hacia la más rotunda insensibilidad humanitaria? ”

“Porque cuando tuve hambre me dísteis de comer…” habría que recordar a algunas mentalidades autocalificadas de democristianas o impregnadas supuestamente -o cínicamente- de los valores evangélicos. ¿Que Iglesia Católica tenemos que hace que un Arzobispo como el de Granada deje un agujero de decenas de millones de euros por montar agencias de viajes, editoriales machistas o centros de estudios mientras feligreses de su diócesis son desahuciados, no tienen calefacción ni luz ni agua y escasos alimentos.

La semana próxima cuando la otra niña reciba el alta hospitalaria y pregunte donde están las otras tres ramas caídas del árbol de su familia alguien le contestará: “Tus padres y tu hermanita fallecieron porque durante mucho tiempo vivimos por encima de nuestras posibilidades y como castigo ahora hay que vivir muy por debajo de ellas, pidiendo comida podrida, por ejemplo.”

* Juan Luis Valenzuela es coordinador de ELPLURAL.COM en Andalucía

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