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36º aniversario del asesinato de Javier Fernández Quesada: crónica de un crimen sin castigo

El 12 de diciembre de 2013 se cumplieron 36 años del asesinato del estudiante canario Javier Fernández Quesada, que murió por disparos de un guardia civil en las escalinatas del edificio central de la Universidad de La Laguna.

Jamás podré olvidar aquella mañana de un lunes invernal lagunero, en la que se llevaba a cabo una huelga general convocada por sindicatos obreros del sector de transporte, tabaco y frío, como la CCT, el SOC o la FASOU y que apoyaba el estudiantado más combativo, que en aquellos años de fervientes deseos de cambios se convirtió en la vanguardia de las luchas para conquistar las libertades democráticas.

Hacía tan solo unos meses que había dejado mi etapa de estudiante de secundaria, ingresando en la Escuela Normal de La Laguna para estudiar magisterio. Era un joven con nacientes inquietudes, muy pocas de tipo político, al que la curiosidad llevó a estar apoyando aquella huelga general.

Desde temprana hora me presenté en la Universidad para observar, en la distancia y con la seguridad de lo que suponía una segura inmunidad de los campus universitarios, las cargas que “los grises” efectuaban de vez en cuando desde la gasolinera que se encuentra al final de la calle Delgado Barreto. Desde allí disparaban pelotas de goma y botes de humo contra algunos centenares de muchachas y muchachos que desde el campus les lanzaban consignas y algún que otro objeto contundente.

Los antidisturbios de la Policía Nacional se retiraban y todo quedaba en paz, hasta que al cabo de un rato volvían a aparecer a bordo de uno o dos furgones y la misma escena se volvía a repetir como una letanía. Sobre las dos de la tarde “los grises” parecieron retirarse definitivamente y todo volvió a la calma. En esos momentos me encontraba en la azotea del edificio central de la ULL, junto a una veintena de estudiantes, cuando de repente todo el mundo empezó a gritar consignas y a dirigirse hacia la fachada que da al polideportivo universitario. Allí pudimos observar que de dos jeeps se bajaban en torno a una decena de guardias civiles, sin material antidisturbios, la mayoría con subfusiles y alguno de ellos con la pistola desenfundada y en ristre.

La tensión se mascaba y la tragedia se avecinaba por las intenciones que ya manifestaban los uniformados. En la zona de las escalinatas se congregaba en torno a un centenar de estudiantes, que ante la provocación de la presencia de la Guardia Civil, empezaron a proferir gritos y lanzar alguna que otra piedra. Algo parecido hacíamos los que estábamos en la azotea.

Después de saltar las rejas de la entrada al campus y hacer una formación en columna con unos seis o siete agentes que portaban sus armas de repetición colgadas al hombro, uno que ejercía de jefe y empuñaba una pistola dio la orden de avanzar. No podíamos dar crédito a lo que contemplábamos. Los guardias avanzaban disparando fuego real a diestro y siniestro, haciendo barridas con ráfagas de metralleta y avanzando en dirección a las escalinatas que dan acceso a la entrada principal del edificio central de la ULL.

Lo que siguió fueron horas de terror y de tensión. Corrimos como posesos hacia el interior de las instalaciones a buscar protección. Una vez que comprobamos que eso de la inmunidad de las instalaciones universitarias era papel mojado, estábamos convencidos de que los guardias civiles iban a entrar en el edificio a finalizar su misión. Junto a un grupo de otros cuatro o cinco estudiantes me escondí en unos laboratorios de la Facultad de Químicas. Había cesado el sonido atronador de las balas. Nuestras caras reflejaban tensión y terror y estaba convencido de que mis compañeros de refugio podían oír el latido acelerado de mi corazón.

El silencio lúgubre lo rompió el sonido de ambulancias, que presagiaban que el drama se había desatado. Poco a poco empezamos a balbucear palabras, convencidos de que una auténtica carnicería se había producido y como quiera que no teníamos evidencias del asalto al edificio, salimos del laboratorio y nos dirigimos hacia la entrada principal.

Ya los guardias civiles se habían retirado y todo era confusión y caos. Las fachadas de la ULL, del colegio mayor Santa María y de la librería Tinerfeña, parecían coladores que daban fe del intenso tiroteo que se había producido. En esos momentos seguíamos convencidos de que los muertos y heridos tenían que ser numerosos. Pasadas las horas se confirmaba que Javier Fernández Quesada, estudiante de segundo de biología, había muerto por una bala que recibió por la espalda mientras huía por las escalinatas para refugiarse en el interior del edificio central. Otro universitario de 18 años y un escolar de 13, que se hallaba a unos 400 metros en el CP La Aneja, también resultaron heridos de bala. Ante la magnitud de la indiscriminada balacera, esos datos constituían un auténtico milagro.

Volver al cobijo de mi casa fue toda una odisea. Allí, al ver las noticias no podía dar crédito a la versión de los hechos de la muerte del joven estudiante que había sido asesinado apenas a unas decenas de metros de donde me encontraba. La difundía el gobernador civil, Luis Mardones Sevilla, posteriormente eterno diputado de CC y decía: “(…) Pasadas las 15 horas, un grupo considerable de individuos se dirigió agresivamente hacia la zona en la que estaba la Guardia Civil, que al ser agredida y para disuadir a los atacantes efectuó disparos al aire”.

La versión oficial era una copia literal de la que unos días antes, el 4 de diciembre de 1977, había usado Enrique Riverola, gobernador civil de Málaga, para justificar la muerte a manos de “los grises” del obrero malagueño de 19 años Manuel José García Caparrós, en el transcurso de una masiva manifestación para solicitar la autonomía de Andalucía. También fue copiada la respuesta represiva y extremadamente violenta que las fuerzas de seguridad desataron en los días posteriores, creando un un verdadero estado de excepción y de terror en las calles de La Laguna. Policías de una brigada antidisturbios traída expresamente desde Córdoba, en algunos casos y según los testimonios de muchos testigos, bajo el efecto de algún tipo de estimulante de la agresividad, reprimieron sin piedad, no solo a quienes portaban banderas canarias o crespones negros en señal de luto y solidaridad (a algún conductor que los llevada colgados en la antena de su coche se lo hicieron tragar), sino disparando indiscriminadamente pelotas y botes de humo contra las ventanas de viviendas en los aledaños del edificio central de la Universidad.

De golpe y desde ese día, mi compromiso social y político se agigantó. Las clases en la Universidad se suspendieron hasta pasadas las fechas navideñas. Al reiniciarse, una excelente y muy influyente profesora de lengua y literatura española, nos encargó la redacción de un texto libre. Yo hice una especie de crónica de estos acontecimientos, en lo que ahora reconozco como mi primera crónica periodística y una modesta contribución a desenmascarar la versión interesada que de los hechos repetían hasta la saciedad todos los grandes medios de comunicación.

Es obvio que, tanto en Málaga como en La Laguna, desde las alturas de alguno de los poderes fácticos que heredamos del franquismo se dio la orden de tirar a matar. Seguramente se buscaba desestabilizar la incipiente transición política poniendo muchos muertos sobre la mesa. La Guardia Civil nunca reconoció sus graves responsabilidades en el asesinato de Javier Fernández Quesada, ni depuró a los culpables. La versión que dio Mardones Sevilla es la que oficialmente se mantiene hasta la fecha.

Con Javier Fernández Quesada nunca se ha cumplido la memoria histórica y hay un crimen alevoso sin castigo. Todas las canarias y los canarios de bien tenemos el deber moral de no permitir que su memoria quede en el olvido.

José Luis Hernández (Militante de Sí se puede en Aguere)

12-12-2013

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